Xavier Laborda Gil

 

Lingüística. Universidad de Barcelona

 

Carnet de frases:

diálogos oídos por azar, al pasar

 

Diálogos.- Este carnet recoge frases oídas por azar en lugares públicos a personas desconocidas. El oyente se convierte en un espectador accidental. La manera impulsiva y desenvuelta de expresarse, la coincidencia más imprevista, la curiosidad del paseante, el anonimato de los interlocutores, la burbuja mental de los contertulios, el exhibicionismo verbal del locutor, la presión de los sentimientos y la inmensa necesidad de comunicarse, son algunas de las razones de estas palabras cazadas al vuelo.

 

 

 

Instantes.- Este carnet no recoge tanto frases como instantes en los que destellan impulsos de vida. Quien los plasma experimenta placeres pasivos, seducido brevemente, apartado de su camino mental, por una palabras que le resultan vehementes, hermosas, extrañas, ambiguas, provocadoras… Hay en esta recopilación, justo es reconocerlo, una fascinación por los relatos fragmentarios, por su desenlace abierto y su zozobra de sentido. Aportaciones.- El carnet de diálogos se nutre de la aportación de lectores.

 

 

 

 

 

41. (Se recomienda pensar antes de hablar)

En el avión de Barcelona a Santiago de Compostela, coincidí con un grupo de chicas gallegas que estaban disfrutando de una Erasmus en Nápoles. Una de ellas le comentaba a otra que estaba sentada a su lado...

—La verdad, yo, estando fuera de casa sólo echo de menos la comida y a mi perro.

Se produjo una pausa mientras la otra asentía, comprensiva. Hasta que, de repente, la primera exclamó:

—Ah, bueno, y a mis padres, claro.

Es posible que dijese lo primero de corazón y que lo segundo fuese una rectificación piadosa. ¿Quién no ha pensado a veces lo mismo? Nos salva reaccionar a tiempo y corregirse antes de hablar.

Si esa chica hubiera pensado lo que iba a decir habría dicho algo “políticamente más correcto”. Es decir, que habría colocado al perro en primer lugar.

(por María Pazos Paz)

 

 

41. (Leyenda urbana confirmada)

—Y cuando se murió resultó que era millonaria, la hija de puta –le contaba a un compañero de trabajo un mozo por la calle, con un tono que oscilaba entre la protesta y la sorpresa.

Por una vez en la vida había comprobado que era una realidad la leyenda urbana de la pordiosera o la pobre de solemnidad que esconde entre cachivaches bolsas de dinero. De ahí la sorpresa y la risa ahogada. Pero, ¿la queja a qué se debía?, ¿al trato cicatero?, ¿a unos derechos naturales traicionados?

Como es sabido, las leyendas urbanas sólo son fantasías y no se dan en la realidad, pero creer sí que creemos en ellas. De ahí que la difunta, en paz descanse, se convirtiera al morir en una hija de puta por el efecto de su fortuna recién descubierta.

 

 

 

 

40. (Secreto a voces, mal secreto)

La tarde al sol en el césped de la piscina era de anuncio publicitario. Las olas del Atlántico llegaban a los pies del muro del hotel. Ascendía el rumor del agua, confundido con unas conversaciones de la cafetería. Era Cádiz, en el mes de mayo.

La voz estridente de una señora cubrió de repente el paisaje sonoro. Hablaba con Marta, que estaba al otro lado del telefonino. La señora dió cuenta de algunas compras, para información de Marta y una decena más de bañistas que tomaban el sol.

—Oye, ¿si te cuento un secreto, me prometes que no lo dirás a nadie? ¿De verdad, me lo prometes por lo más sagrado?

Con qué facilidad se dice un secreto, que la bocina del edificio airea como si hubiera megafonía. ¿Tendrían curiosidad los oídos de esos cuerpos tendidos en las hamacas?

—Bueno, pues... estamos en Cádiz.

¡Acabáramos!, para contar ese secreto no hacía falta abrir la boca. Ya lo conocían los presentes, menos Marta, que también está a su modo, pero que sin duda vivía ausente.

—Hemos cogido las maletas esta mañana y nos hemos venido a Cádiz. Es porque no lo sepa Marita, como no la vamos a ver...

Ese sí era un secreto. No iba a ver a Marita, que debía de vivir en Cádiz; o en Puerto Real o Jerez o Chipiona. Pero ya no contó más.

Si la señora sonaba a una pechugona de sesenta años, con brío y carácter, ¿cómo debía de ser la tal Marita?

 

 

39. (“Tachar”, en el sentido de reservar)

—Sí, oye, ¿qué?, ¿entras a trabajar?...Vale, pues nada...

El pasajero del autobús parecía un prejubilado, aunque podría ser una impresión engañosa. Eran poco más de las tres de la tarde, a principios de febrero, y su comunicante volvía al trabajo. Habían hablado ya unos minutos de cosas banales.

—Ah, bueno, una cosa: el día 17, táchalo. Me caso. Así que ese día déjalo a parte.

Acababa de comunicarle su boda y, de un modo oblicuo, la invitación a asistir a la celebración.

—No, nada, yo ya no estoy para esas cosas. Déjate de despedidas.

Se refería a la despedida de soltero. La cita era sólo para el 17, probablemente el 17 de ese mes de febrero, sin fiesta de hombres solos la vigila.

—Tacha el 17 –insistió, para indicar que reservara esa fecha.

Mentalmente dimos nuestra felicitación al novio.

 

 

 

 

38. (No soy ni me llamo tú)

María nos ha contado esta situación:

Durante la pasada navidad, estaba con mi madre en una tienda de mi pueblo, en Galicia, cuando entró uno de sus alumnos, de 3 años. Pablo, que así se llama, esperó junto a su madre mientras ella hacía las compras pertinentes y de vez en cuando la dependienta se dirigía a él con la típica voz con la que se dirigen algunos adultos a los niños, como si fuesen tontos.

Total, que cuando la compra ya estaba en una bolsa, la dependienta se volvió a dirigir a Pablo y le dijo con la mejor de sus sonrisas: "¿La bolsa, quieres llevarla tú?" A lo que Pablo, mientras alargaba la mano para coger la bolsa, contestó con cara de aburrimiento: "Vale, pero yo no me llamo tú".

(por María Pazos Paz)

 

 

 

37. (Argumento para un relato burgués)

El paseo suele excitar el deseo de explicar historias.

—Pues, fíjate, se fueron de viaje de novios a Suecia –contaba la mujer a su amiga.

—Hacía tan mal tiempo –continuó diciendo– que no podían salir del hotel.

Y después de una pausa, reveló el verdadero nudo de la historia:

—Y allí, en el hotel conocieron a otra pareja...

 

 

 

36. (No era ni es)

—No era feo–dice la chica a una compañera–. Pero... tampoco es guapo.

Sin duda, la gramática y los tiempos verbales están al servicio de la comunicación. ¿Por qué, si no, habla la joven en pasado y en presente para describir una misma realidad? Lo que era ya ha pasado, pero sigue sin mejorar.

 

 

35. (Descuido imposible)

El avión había tomado tierra y la azafata dio la última indicación por megafonía:

—Por favor, recuerden llevarse sus defectos personales al bajar del avión.

El lapsus es perdonable. Cualquiera se equivoca alguna vez. Pero los lapsus desvelan nuestro subconsciente y el de la auxiliar de vuelo era adorable, por el optimismo que rebosaba. Como si olvidarse de los defectos y desembarazarse de ellos fuera tan fácil.

(por María Pazos Paz)

 

34. (Función lúdico-creativa y lengua)

En el andén del metro, la comunicante se mostraba alterada y hablaba con energía por el teléfono.

—Pues, sí, tía, sí que estoy enfadada. ¿Cómo no voy a estarlo, si tienes una lengua bípeda?

De acuerdo, tenía un oído descuidado, que desconocía el detalle de la expresión “lengua viperina” –de víbora–o “bífida” –partida en dos–. Pero su mérito era haber inventado una expresión tan lógica como creativa, la de una lengua con dos pies. Como es sabido, dos pies dan más patadas que uno. La poesía es un don del pueblo.

(por María Pazos Paz)

 

 

33. (El río de la vida)

Un matrimonio con una edad cercana a la jubilación cruza la calle y sortea obstáculos: un coche aparcado, el alcorque la estrecha acera.

—De médico en médico..., esto es un no parar –lamenta con resignación el marido.

El río de la vida les lleva de consulta en consulta. Es como el discurso, un suma y sigue: cada día se bañan en un río distinto. Ese siervo de Heráclito desearía cambiar el flujo de las cosas por su permanencia. Y pronuncia la jaculatoria “de médico en médico” para que le escuche Parménides.

 

 

 

32. (Cortesías aparte)

—Y yo se lo dije. Le dije: “Porque tú, aparte de tener una cara de feto malayo,…”

Con una introducción tan vehemente, aun a pie derecho en la esquina, ¿cómo no iba a atender con interés el relato su oyente? Y el paseante que acertó a escuchar sólo esto se quedó discurriendo sobre cuál podría ser el agravio, “aparte de tener una cara de feto malayo”.

 

 

 

31. (Hablar es querer comunicar)

La mujer acompañaba a un niño de unos siete años a la escuela porque habrían perdido el autobús escolar.

—¿Y qué digo?, preguntó preocupado.

—Pues la verdad, hijo: que nos hemos dormido. La verdad, siempre la verdad.

Estaban sentados en dos asientos confrontados, pero en diagonal, con pasajeros alrededor. No parecía un lugar para comentar cosas privadas. No obstante, las circunstancias no parecieron limitar la charla.

—Cuando yo nací, ¿qué edad tenías?

—Tenía veintinueve, hijo.

El niño no podía imaginar lo inconveniente que es hablar de las edades de los adultos. Por ello prosiguió con su indagación.

—¿Y papá?

—Papá tenía treinta y uno.

Pero la conversación derivó hacia un problema de lógica.

—¿Y yo cuanto años tenía?

—Pues tú no tenías años. Naciste.

­—¿Tenía un mes cuando nací?

—Hijo, tenías cero meses. Aquel día naciste.

Como en una buena narración, lo más interesante estaba por llegar.

—Y papá, cuando murió, ¿qué había hecho?

—Pues papá, lo que había hecho es tenerte.

—¿Y qué más?

­—Más cosas...

—¿Trabajar?

—Más cosas.

—¿Tener una mujer?

—Más cosas.

—¿Tener un coche?

—Mas cosas. Cuando seas mayor te contaré todas las cosas que hizo papá.

 

 

30. (¿Literal o figurado?)

Un grupo de cuatro jóvenes paseaba al anochecer por una calle peatonal. Quizá fueran dependientas que van hacia su transporte para la periferia. Una de ellas continuó la conversación:

—O también hacen falta toros para engendrar tantas vacas...

¿De qué estaban hablando?, ¿de vacuno o de hombres y mujeres? La ciudad no es taurina ni por asomo. Las jóvenes no eran ganaderas. Si el tema del que hablaban era literal, el oyente había tenido el azar de hallar una aguja en un pajar.

 

 

 

 

 

29. (Día Internacional de la Mujer)

Era el día ocho de marzo.

—No es normal que tengas que dedicarle tanta atención. No es normal…, ¿no lo ves? —dijo una universitaria a quien estaba al otro lado del telefonino.

Por la coincidencia de la celebración del Día de la Mujer, el oyente pensó en consejos de amigas sobre cosas de pareja.

 

 

 

28. (De dos en dos)

Un espectador ingenuo leyó con atención un mensaje aparecido en el canal de chat del televisor:

“Busko xica joven con pexos grandes para amistad”.

 

27. (Límites a la economía de la verdad)

Hablaba por teléfono. Y dijo en tono de complicidad a su interlocutor:

—No sé, yo creo que a veces es mejor decir la verdad. Y en este caso...

El hablante debía de ser un seguidor del humorista Mark Twain, de quien es célebre este aforismo: “La verdad es el bien más preciado que tenemos. Economicémosla.” Sólo que en este caso, como excepción, creía que el principio de la mendacidad, el disimulo y la hipocresía podía dejarse al margen.

 

 

26. (Cortesía turbadora)

Un mensaje electrónico recibido por el editor decía así:

—Tema del mensaje: “Buenas noches, doctor Laborda”.

El remitente le era desconocido. Por otra parte, la formalidad del tratamiento de doctor contrastaba con la personalización del “buenas noches”. Hablar de noche es algo que connota cosas muy diferentes a hacerlo de día.

Por todo ello, ante un mensaje con un título inquietante, el destinatario se sintió perplejo. Decidió no abrirlo y lo borró . Sin embargo, ha recordado en ocasiones ese mensaje y se ha preguntado qué sentido podía tener el “buenas noches, doctor Laborda”, un texto turbador e inocente a la vez.

 

25. (Ideo[teo]logía inconsciente)

—Y, como dijo Jesús…–manifestó el concejal que oficiaba su primera boda civil, pero se detuvo antes de explicar la frase, porque la madre de la novia había comenzado a llorar en ese momento con honda pena.

En la parte del discurso sobre el matrimonio, el concejal se proponía evocar un pasaje del Nuevo Testamento. El sentimiento de tristeza de la madre y de otras mujeres que se sumaron a la expansión, quizá las tías de la novia, le recordó ya a destiempo que parte de la familia había tenido que transigir con la boda civil.

La novia era una de las primeras que se acogía al recién regulado matrimonio civil, a comienzos de la transición democrática española. Así que el concejal improvisó una salida al delicado conflicto entre lo religioso y lo civil.

—¡Bueno, lo dijo Jesucristo… como lo podía haber dicho cualquiera! –continuó, esperando así quitar hierro a la situación.

Pero consiguió el efecto opuesto. Al escuchar de nuevo el nombre del hijo de Dios, las dolientes pasaron del llanto al sollozo. Y la sala consistorial parecía cualquier cosa menos un lugar de fiesta.

 

24. (Realidad fractal)

—Es el hermano de su propia suegra –comentaba a la amiga, que escuchaba con interés.

—Y tío-abuelo de su hija –continuó la misma con la descripción de lo que sonaba a adivinanza.

Administraba las pausas con sentido melodramático, pero en realidad las necesitaba para pensar lo que decía.

—Fíjate que la abuela de la niña era también su tía.

—Y la bisabuela era a la vez abuela de la misma criatura –remató.

—¡Ui, quée líiiio! –replicó con regocijo la amiga.

Meses después de escuchar esta incomprensible retahíla de relaciones familiares, el oyente vio en un programa rosa de la cadena de televisión vasca ETB2 la entrevista a un tío y una sobrina, que estaban felizmente casados y tenían una hija.

 

 

 

 

 

 

23. (Juicio abreviado)

—Ella le ha cogido, pero más adelante lo dejará por otro.

—Ya lleva una buena tanda –confirmó la señora a su marido.

—No quiere casarse. No le gustan los niños.

—¿Y por qué está con ella?

—Le tiene dominado. Es un mediocre.

Y los apacibles jubilados pasaron a otro asunto. Habían apurado el juicio de unos conocidos, quizá familiares, con la indolencia con que se escoge una barra de pan.

 

 

22. (Mejora del ofrecimiento)

—Te pago el billete hasta mi casa –ofreció la joven a su acompañante.

Como él no reaccionó, mejoró la oferta.

—Y te hago la cena.

De nuevo, el silencio.

—¡Una buena cena!

Y su conversación se perdió entre los grupos que salían del campus.

 

21. (Hipérbole y litotes)

—Me cago en todo –exclamó ella entre dientes, mientras miraba con desgana el patio de la facultad.

—Sí –añadió el chico que estaba sentado en el mismo banco–, es bastante informal.

 

 

 

 

 

 

 

20. (Plurilingüismo)

A hombros de su cuidadora va una niña de unos tres años camino del jardín de infancia. A la vista de un cartel, la niña dijo:

—¡Guau, guau!

—¿Quién dise eso? –replica la cuidadora, con acento de español de América Central.

—El gos [el perro, en catalán].

Las lenguas de los hombres y de los animales, si se acepta la simplificación, se alternan en el diálogo. Y resuenan quedamente sus mensajes en la calle.

 

19. (Cambio de lección)

—Me ha enseñado a sufrir. Le he dicho que ahora le toca enseñarme otras cosas.

Una joven escuchaba la confidencia de su amiga como si fuera la plegaria a un dios desatento. Envuelto en un frío silencio, pasó volando el espíritu del escepticismo.

 

18. (Cuna de oradores)

Un niño asomado al balcón de un primer piso mira cómo su madre sale del portal para tirar la basura en el contenedor. Y le dedicó esta frase:

—¡Te quiero!

Cogida por sorpresa, la madre volvió la cabeza para esbozar de modo contenido una sonrisa de gratitud. Quien sabe si su sonrisa era contenida por una humildad natural en la mujer, por sentirse cohibida ante esos transeúntes que pudieron que escuchar la declaración o bien por la ironía de estar involucrados gestos tan desaparejados como tirar la basura y proclamar amor. En cualquier caso, su orgullo estaba fundado: el hijo sabía llamar su atención -y de qué manera- hasta en esas circunstancias.

 

 

 

17. (Tener nombre)

A la puerta de casa, el ama de casa se exclamaba ante un representante comercial que intenta aplacarla.

—No pueden hacer eso. ¡Yo no he firmado nada! ¿Cómo se atreven? No tiene nombre lo que han hecho.

—Tiene razón, tiene razón —asentía con un hilo de voz el comercial.

—No quiero volver a saber nada de la empresa. Eso no tiene nombre. ¡Es un abuso de confianza!

 

16. (Prenda)

La joven pasajera del tren de cercanías respondió a la llamada de su móvil.

—No sé si podré. ¿A tu casa? No, a tu casa yo no voy —dijo más por prevención que por molestia—. ¡No soy bordeee! —replicó con suavidad—. Me llamas luego y ya lo veremos. Si puedo, bien y, si no, pues me iré a tomar una cocacola con mis amigos, que ya he quedado.

Colgó el telefonino y dijo a una acompañante:

—Menos mal que no le he quemado el DNI.

 

 

15. (Exhibicionismo)

Un mediodía del viernes, en un vagón de cercanías con pocos y silenciosos viajeros. Y comienzó a oírse con claridad la voz de una mujer de mediana edad, que conversaba por el telefonino.

— Holaaa, ¿qué haces? ¿Trabajando? ¿Yo?, en el tren, para casa. No, no, no puedo ir. Iría a trabajar, a ayudarte. Soy una mujer seria… ¿Que qué llevo…? Llevo una blusa transparente y una falda corta, muy corta. Sí, voy para casa. Hoy ha sido un día muy pesado. Esta noche he quedado con Ana y Dolores y… Si quieres venir, nos podemos encontrar en .... [un lugar]. Mira, yo llevaré puesta una chaqueta oscura…

La conversación no se prolongó mucho más. Un par de estaciones después de que acabara de hablar la mujer, el oyente ocasional se incorporó para bajar del tren y no pudo reconocer a nadie que respondiera a las señas de la que habló por teléfono.

 

14. (Confidencia)

Dos vecinas, aún jóvenes:

—Cuando te veo con él, es que me acojono… No puedo.

13. (Neonimia)

El niño, inexperto en unidades de medida y sus fracciones, había oído hablar de un tercio y creó un híbrido:

—Aquello mide dos [unidades] y un serterzo [por tercio].

 

 

 

12. (Coraje o esclavitud)

Ella, al novio:

—Prefiero salir y que me dé una paliza de muerte a quedarme encerrada en casa.

11. (Mestizaje de géneros)

Un joven, a sus compis:

—Le envié un mensaje [por telefonino] y le decía “Estás ZZZZZ”, por eso de los cómics cuando alguien está durmiendo”.

 

 

 

10. (Primeros años)

Dos chicos tomaban un refresco y uno de ellos rememoraba:

—Estuve con ella por primera vez cuando (ella) tenía dieciséis años. Diecinueve, dieciocho, diecisiete, dieciséis… Sí, yo tenía diecisiete y ella dieciséis. Nos conocimos cuando ella tenía quince.

 

 

9. (Declaración)

Tres universitarios, en un descanso, buscaban en su diálogo la piedra filosofal sobre la pareja:

Ella —¡Es que a mí sólo me interesa una cosa!

Él —Ya, claro, ¡el amor!

Ella —¿Qué amor, amor? Ni el amor… ni el sexo. A mí sólo me interesa una cosa [de la pareja].

Él —¿Controlarle?

Ella — …

 

8. (Dicho llanamente)

Dos madres que caminaban hacia el colegio:

—Te quedas en el paro y te dan una mierda.

7 (Satisfecho de sí)

El estudiante, oscilando entre la inseguridad y la suficiencia, se sincera con el compañero:

—La gente tiene más confianza en mí de la que yo tengo en mí mismo.

 

 

 

6 (Orgullo macho)

El joven, sentencioso y engreído, instruía a otro:

—El hombre, aunque sea feo, sigue siendo un hombre.

 

 

 

5 (Anunciación)

Dos madres acababan de dejar a sus hijos en la escuela. Una de ellas se exclamó con una contenida indignación:

—Todo el día en el hospital… Y él, como si nada, el egoísta. Ya verás tú cómo yo se lo digo, ya lo creo que se lo digo…, aunque se fastidie. Porque es que le importa un bledo. Y me está dando por el culo. ¡Se lo digo, eh

 

4 (Actualidad de la filosofía)

Un estudiante de unos diecisiete años, mientras accedía al andén de la estación, dijo con entusiasmo a su compañero:

—¡Me interesan tantas cosas y me gustan tanto, que no me decido por ninguna! ¡Es que no soy capaz de escoger!

(Reverdece cada primavera el dilema filosófico de Buridán y la indecisión de su asno, consumido por la incapacidad de escoger entre dos alimentos igualmente apetecibles.)

 

3 (La fuerza del destino)

Una mujer de mediana edad atravesaba la plaza y hablaba por el telefonino:

—Será mejor que vaya porque si no lo irán a buscar. ¡Que acuda!

 

2. (Fantasmas)

Un mozo le espetó a otro:

—¡El Peko, tú y el Águila! ¡Cada vez que esté con ella, leche, veré vuestras caras! Como os la habéis tirado...

 

1 (Eco)

Una pareja joven paseaba por la calle, él con la criatura en brazos y ella empujando el cochecito de niños desocupado.

Ella —¿Tú, para qué quieres una mujer? ¿Para que diga esto o aquello?, ¿lo que tú quieras?

 

 

 

 

 

 

Invitación: En este carnet de diálogos participan los lectores, que pueden enviar sus notas con el título “Carnet de frases” a la dirección del editor: xlaborda EN ub.edu

 

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