Carnet de frases:
diálogos oídos por azar, al pasar
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Diálogos.- Este carnet recoge frases oídas por
azar en lugares públicos a personas desconocidas. El oyente se convierte en
un espectador accidental. La manera impulsiva y desenvuelta de expresarse, la
coincidencia más imprevista, la curiosidad del paseante, el anonimato de los
interlocutores, la burbuja mental de los contertulios, el exhibicionismo
verbal del locutor, la presión de los sentimientos y la inmensa necesidad de
comunicarse, son algunas de las razones de estas palabras cazadas al vuelo. |
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Instantes.- Este
carnet no recoge tanto frases como instantes en los que destellan impulsos de
vida. Quien los plasma experimenta placeres pasivos, seducido brevemente,
apartado de su camino mental, por una palabras que le resultan vehementes,
hermosas, extrañas, ambiguas, provocadoras… Hay en esta recopilación, justo
es reconocerlo, una fascinación por los relatos fragmentarios, por su
desenlace abierto y su zozobra de sentido. Aportaciones.- El carnet de diálogos se nutre de la aportación de
lectores. |
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64. (Simulacro de encuesta) Las dos jóvenes hicieron que con la charla el trayecto
en tren fuera más ligero. El asunto iba sobre las cosas del corazón. Corazón
loco, según la propia interesada. —Hemos quedado bien después de romper. Y ahora somos
tan amigos. Nos vemos y hablamos. Pero es que no sé… Es todo tan raro. La compañera escuchaba y asentía. Al cuarto de hora,
cuando se levantaron para descender, aún no había tomado la iniciativa en la
conversación. —Oye, estoy haciendo una encuesta –continuó la
adolescente locuaz, como si anunciara un trabajo de investigación–. A ver qué te parece. El
otro día en que le vi: a) acabamos como si nada y nos despedimos; b) hubo
algo más; y c) hubo de todo entre nosotros. Casi sin dar tiempo a que la amiga respondiera en voz
baja, superpuso la respuesta. —La ce –y coincidieron en la opción–. Yo es que lo
entiendo, la verdad. Mira que fui yo la que rompió. Como ante un enigma colosal, añadió: “Es todo tan
raro.” En efecto, muy raro. Era una encuesta sorprendente. Pero no por el
contenido, que cada cual sabrá lo que quiere preguntar a los amigos, sino por
el planteamiento. Denominar “encuesta” una confidencia es algo insólito. Esta situación recuerda el chiste sobre un contertulio
muy pesado quien, después de acaparar largamente la conversación, pidió que
en compensación hablaran de cosas del otro. — ¿Qué te ha parecido mi último libro? –le espetó, como
muestra de interés por el compañero. |
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63. (Contante y sonante) —Nooo…, “por favor” no es ninguna
palabra mala –dijo con dulzura la mujer al niño, de tres o cuatro años, que
llevaba de la mano por la calle. El pequeño ya tenía
inquietudes metalingüísticas. Y se había interesado por clasificar las
palabras en buenas y malas. Podrá parecer curioso que comenzara por una
expresión tan bondadosa como “por favor”. No iremos
desencaminados si apreciamos en esa preocupación el interés del niño por un
mundo nuevo y fascinante, el de las palabras malsonantes. Lo admirable de ese
momento es que la criatura inició la exploración con arte y prudencia. No en
vano señaló con una lengua blanca el continente contante y sonante que
despertaba su imaginación. |
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62. (Coloquial, derivado coloquio) La pasajera del autobús interurbano había aprovechado
el tiempo del trayecto para hacer varias llamadas de teléfono. Se había
presentado como abogada para interesarse sobre varios casos. La última
llamada fue a un colaborador o colega próximo. —Nada, Leo, es para saber cómo fue el juicio. Un paisaje hosco, de suburbio, era el telón en
movimiento del despacho improvisado de la letrada. Al parecer, el juicio no
había ido mal con los testigos. —Y la declaración de la perito, ¿cómo fue? Un momento de silencio y llegó la reacción de desagrado
de la pasajera. —Hay que ver, un profesional debería saber qué ha de
decir. Al final de la
conversación la letrada hizo un resumen de la charla. —Oye, Leo, muy bien por el machaque que ha hecho el
testigo principal. Pero, perdona, la psicóloga se ha bajado las bragas. El pasaje no conocía ni a la abogado ni a Leo, ¿leonor o leonardo? Pero supo
que una psicóloga se había “bajado las bragas” en un juicio. La estridencia de la comunicante era mayor porque no encajaba en una conversación
entre juristas, es decir, una entrevista profesional, por muy colegas que
fueran. No es que la metáfora sobre la dejación de funciones o
de dignidad fuera procaz y sexista. Es que tenía saña. Por algo la tradición
oral recomienda que, hagas lo que hagas, te pongas… |
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61. (Inverosímil) El pan es un producto de toda la vida, pero el ramo de
las tahonas reinventa el producto sin parar. La clienta entró en el despacho
de pan atraída por las novedades. Y pidió un tres panecillos
de semillas y dos más aplanados, del tipo ácimo. —Trece –dijo la dependienta mirándola. La clienta se quedó de una pieza. ¿Tanto había subido
el pan de un día para otro? —¿Cómo?,
¿trece euros? —Trece euros –respondió con una mirada de desconcierto
por la duda de la clienta. En esos escasísimos segundos de balbuceo daría tiempo a
considerar las explicaciones más raras: error aritmético, dislexia, cámara
oculta, crisis mundial de los alimentos… Finalmente, un cliente situado en
segunda línea, detrás de la compradora de los panecillos, reaccionó y se dio
por aludido. Los pasteles que había comprado costaban trece euros. Se deshizo
así una confusión propiciada por el azar y también por la torpeza, ni más ni
menos, que de dos interlocutores: la dependienta y el cliente. Una rara
sincronía. Conclusiones. Es conveniente no atender a más de un
cliente a la vez. Así no habrá confusión posible entre el destinatario del
cobro y el oyente indirecto, que puede recibir una impresión fatal. Y otra
más: no se debe incluir esta anécdota real en un texto literario porque es
inverosímil. Ni el peor guionista la utilizaría. Tampoco un comentarista
lingüístico. Voz en off: Los
panecillos costaron unos tres euros. |
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60. (Noticia amarilla) En la vitrina de anuncios de la facultad está colgado
un cartel que advierte del peligro de la gripe A. Estamos en el 6 de octubre
de 2010. ¡Ya hace 16 meses de la alarma! El cartel es una pieza de museo. Y, si sigue allí,
podrá ser un mensaje incomprensible. Y parecerá una creación artística. Y
nadie podrá imaginar un diálogo así: —No, no, no te puedo besar –dijo la recepcionista al
visitante con un tono de sinceridad. La puerta del gimnasio estaba abierta. Ante ella
discurría una calle peatonal y alguien oyó ese fragmento del diálogo. Era
octubre. Y hace exactamente un año de ello. ¿Qué pretendía el joven?, ¿un beso romántico o de
saludo? Con el mostrador entre medio, el saludo es lo probable. ¿Por qué no
podía besarle? La conjetura nos lleva al viejo cartel de la facultad y a una
posible indicación de la empresa para que no hubiera contactos físicos. Esto
no es sorprendente. Lo sorprendente es imaginar qué medidas podían aplicar en
las salas del gimnasio para evitar contactos. Hoy están de obras en el local. La crisis barrió la
empresa. La gripe A, no. Tampoco la disciplinada empleada, que quizá quería
pero no podía besar. Aunque esta conjetura puede ser una completa y amarilla
equivocación. |
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59. (Boca de hierro) La parada del autobús era una improvisada sala de estar
para las dos pasajeras mientras mataban la espera. —Ah, pues he perdido aquí cinco euros, dijo –e hizo una
pausa para que su compañera se hiciera una idea de la situación. —Eso no se dice –sentenció-. Nos está tratando de
ladrones, como si alguno de nosotros se los ha quedado. Por cinco euros, alguien –el que los echaba de menos-
debía de tener una boca de hierro. También, una mano desmemoriada. Y una bota
de vándalo, metafóricamente hablando. Cuánto bien no viene de una boca sensata y consideraba.
Por cinco euros, todos sospechosos. |
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58. (Evasivas a la adicción) —Bueno, pues quedamos para otro día –dijo el de la
moto. —Sí, eso, nos vemos… –respondió el compañero que estaba
en la acera. —Oye, ¿has dejado de fumar? —No sabes lo que me está costando. La respuesta no le satisfizo. Quería algo claro en vez
de evasivas. —¿Pero
has dejado de fumar o no? —Lo estoy intentado. —¡No has
dejado de fumar! –dijo tajante y el otro no replicó–. Pues no quedamos hasta
que no hayas dejado de fumar. Aceleró el motor y emprendió la marcha en su moto,
mientras el amigo se quedaba solo en la acera junto con su adicción. |
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57. (Historia de una espantapájaros) —¿Dónde
lo has dejado? –preguntó el chico con interés y tacto. Ella resopló casi sin fuerzas. Llevaban cascos de moto
en el brazo y poco peso más. Cabizbajos iban calle abajo,
como si se dejaran llevar por la corriente de un arroyo. —Yo es que tengo muy mala suerte, muy mala suerte –dijo
ella con un tono lastimero. No había respondido a la pregunta. No debía de saber
donde había dejado no se sabe qué. —Yo es que tengo muy mala suerte –volvió a decir. Era la historia de su vida. O más bien, el balance. Una
historia desgraciada. Quizá su vida era muy triste. Quizá estaba equivocada y
sólo había perdido el móvil o las llaves de la motocicleta. Se veía como un
espantapájaros, como alguien que no puede reaccionar. Eso diría el
psicoanalista Boris Cyrulnik (Autobiografia
de un espantapáros, Gedisa,
2009) y perdón por la cita. —¿Y…?
–replicó el acompañante, como si fuera la voz de Cyrulnik. Él no estaba de acuerdo. No estaba de acuerdo con el
juicio o con la actitud de muñeco de trapo ante la adversidad. O con las dos
cosas. |
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56. (Hacienda solvente) Las dos compañeras caminaban despacio, en su descanso de
media mañana. Salían o volvían a alguna oficina. Y su conversación respetaba
ese ritmo pausado, casi de cámara lenta, de quien necesita separarse de la
agitación. —Le pagaba las deudas –dijo una mientras con seriedad, mientras
la otra escuchaba con atención. A pocos metros de allí estaba el edificio de Hacienda.
Quizá fueran funcionarias que comentaban un expediente. —Y… –prosiguió la informadora con una parsimonia que
hizo su conversación se perdiera en otra dirección. Ese “y…” arrastrado expresaba algo diferente del
trabajo. Expresaba resignación. Y un tiempo concluido. Lo cierto es que la
fortuna del deudor al que pagaban las deudas se había acabado. |
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56. (Poema en el pastillero) El hombre manipulaba su cámara fotográfica para ver las
fotos en memoria. Parecía un viejo rockero salido
de una barriada en dirección a la ciudad. Aunque era una mañana de un día
laborable, algo le asociaba a una barra de bar. —La pastilla me ha,,, -dijo a
la vecina de asiento, a pesar de que llevaba auriculares con música
estridente. —Tranquilo –replicó completando la frase, en el sentido
de “la pastilla te ha dejado tranquilo”. —Hecho polvo. Me ha hecho polvo –rectificó él–. Tendría
que haber tomado la mitad o un cuarto del transilium. Tomó uno de los auriculares de la mujer y subió el
volumen. La distorsión del sonido era audible a unos metros. El hombre seguía
el ritmo con una pierna nerviosa. —¿Cuánto falta? –preguntó ella con acento extranjero, eslavo. —A ver… Seis estaciones. Al poco pasó al asiento de enfrente y comenzó a
acariciar las piernas de la mujer, apenas cubiertas por una minifalda o unos
shorts. Luego llamó a alguien por teléfono. —No, no te llamo para pedirte nada. Solo quería saber
cómo estabas. Al poco colgó. Y repitió que la pastilla le había hecho
polvo. —Si bajamos aquí –dijo él antes de llegar a destino–
podrás conocer a mi madre. Está trabajando. La pareja no respondió enseguida. Su laconismo podía
deberse a falta de dominio de la lengua. También a haber recibido muchos
golpes de la vida. —¿Bajamos aquí? ¿Quieres? Asintió y se apresuraron a aperase del convoy. El observador de la escena se preguntó si estaría la
madre preparada para el encuentro. Recapituló: medicación, baja o paro,
temperamento anguloso, relación reciente, mujer baqueteada, interlocutor
telefónico a la defensiva, madre inadvertida… ¿Eran los elementos de una
novela? No, de un poema. |
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55. (Manifiesto embarazoso) La mañana soleada desfilaba ante las ventanillas del
autobús interurbano. Era una terraza que rodaba con suavidad, sin tránsito
fuera y casi sin público dentro. En los cuatro asientos confrontados se
habían sentado una pareja mayor y una joven de abrigo rojo con capucha caída.
Conocidos, viajes en avión, instalaciones artísticas, comidas… fueron asuntos
que salieron en la charla. La joven era la que más hablaba. También de
opciones de vida: —He tenido pareja y me ha gustado. Pero ahora lo que me
apetece es ser madre, no pareja. Los contertulios no estuvieron muy agudos por la
sorpresa de la declaración. —Cuando he estado en pareja no he querido ser madre.
Ahora sí, quiero ser madre. ¿Conocían a Caperucita Roja y sabían de su arrebato
verbal? ¿Quería compartir un anhelo? ¿O era una embarazosa insinuación para
pedir colaboración en ese sentido? ¿Era una contertulia espontánea? ¿Por qué
les dio su teléfono, el 555 555 555? |
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54. (‘Detrás’, adverbio) Dos estudiantes repasaban sus notas sobre anatomía
genital de la mujer. —No hay terminaciones nerviosas en la vagina. El parto
las dañaría. —¿Y
explicaste más cosas? —Salió lo de la fecundación –dijo la joven a su
compañero– . Les comenté que no hacía falta la
penetración para eso… La que preguntó tenía el novio detrás. Y no decía nada
–¿él o ella?. Se abrieron las puertas de tren de cercanías y entraron
más viajeros. Una de ellos exclamó. —¡Hombre,
los de la Gimbernat! –en un saludo a colegas de la
Escuela de Enfermería. Tomó asiento cerca de los dos estudiantes, que eran,
como comentaron, de enfermería social,
mientras que los recién llegados estaban en la rama clínica. Al poco,
los de antes volvieron a su tema. —Pues, bueno, estaban allí. El novio detrás. Y no decía
nada. Y dijo –¿él, ella?–, “por eso prefiero hacerlo
por detrás”. Tanta formación profesional y resultó que el público
estaba al cabo de calle de las prácticas preferibles. Por eso la
interlocutora se moría de ganas de contarlo y ni la interrupción le desvió
del punto. |
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53. (Ubi sunt?) Les habían visto en su esplendor, con ropa cara y gesto
de mando. Los clientes acudían solícitos y leían con resignación las ofertas.
Eran delfines a comisión. Pero todo había cambiado. Los comerciales menguaron
y sólo quedaban ya un par de ellos. Salían a la calle a fumar desaliñados y
torpes. —Se lo he dicho –comentó una de ellas a su colega–, yo
hago lo que puedo. Apuró el cigarrillo antes de tirarlo con desgana a la
acera, para que hiciera compañía a otras colillas. Acera de la amargura. —Y si no le gusta... Regresaron a sus puestos de la inmobiliaria. La bonanza
económica encumbró estas águilas comerciales y la crisis los redujo a criaturas
grises y atemorizadas. ¿Dónde quedaron aquellas alegrías del boom
inmobiliario? ¿Qué se hizo del cuerno de la abundancia en diezmos y
comisiones? ¿Dónde están?, había preguntado el jefe a la comercial que hacía
lo que podía por traerlas de nuevo. |
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52. (Dadá) Se echó a reír y la compañera se sorprendió. ¿Qué había
dicho mal? Esto: —He comprado una vela de serafina y no me ha durado
nada. —Pues claro, si fuera de cera te cundiría, pero las de parafina
no duran nada –le explicó con énfasis. La amiga aceptó la corrección como si fuera latín, sin
entender el matiz de los nombres. Serafina o parafina, ¿qué más daría? Pero
sí comprendió el fenómeno de la invención surrealista porque le vino a la
memoria un caso afín. —Mi tía entró en una cafetería para comer algo. Ya
sabes que tienen flautas, esos bocadillos estrechos. Algo le sonaba, más o
menos. Le dijo al camarero: “Póngame una trompeta”. Y se quedó tan ancha. Y luego dicen que el lenguaje se empobrece. ¡Si hasta la tía de Serafina usa la neonimia
y respira poética de Dada, es decir, papá. |
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48. (Reina
desnuda) Algunos clientes hacían cola para pagar en
la caja del supermercado. La cajera era joven y guapa. Maquillada y con un
corte de pelo reciente, parecía una reina de fiestas fuera de lugar. Es más,
con su actitud manifestaba que se sentía fuera de lugar. Pasaba los artículos
con desgana y sus gestos traslucían desdén. Ni siquiera miraba a la gente
porque su mirada estaba en la prisión de algún pensamiento. Qué duro es el mundo que nos somete al
hastío del trabajo. Un sentimiento coherente con ese juicio podría estar
experimentando aquella tarde, como todas las tarde anteriores, mientras
contaba los productos de una clienta. —¿Por qué estás enfadada? -espetó con voz
blanquísima el hijo de la clienta, un niño de no más de tres años. —¿Qué dice? -replicó la cajera,
sorprendida, pero aún así incapaz de mirar al niño ni a la madre. La clienta sonrió discretamente. Se
dirigió a su hijo y le animó de modo asertivo. —Díle lo que
has dicho. —¿Por qué estás enfadada? -repitió el niño
mirando fijamente a la dependienta. —Yo no estoy enfadada -respondió con
embarazo, como si hablara al vacío. —Puede que esté cansada o preocupada por
algo... -dijo la madre al niño, para satisfacer su pregunta. No se atenuó la sensación de desnudez de
la candidadta a Miss Camiseta Mojada. Y un
sentimiento de complicidad recorrió la fila de clientes. |
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47. (Moderno sin
abuela) —Soy moderno pero… Lo dijo sin ninguna vacilación. Lo dijo con jactancia. Lo dijo
como elogio pleno de sí mismo. Lo dijo como antesala a una crítica visceral, sin
concesiones, de vete a saber quién. El paseante tuvo suerte. No pudo escuchar cuál era el asunto
sobre el que se preparaba para lanzarse en plancha el hombre que hablaba con
dos compañeros. Esa información le habría distraído del movimiento de ataque.
Era un movimiento tan cortante e impúdico sólo puede ser de alguien que no
tiene abuela. La fórmula de la demagogia consiste en proclamar la modernidad
de uno y contrapornerla a la estulticia de otros. |
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46. (Naaada es mucho) —¿Éste? —No, el otro –rectificó la mujer a su compañera y reafirmó con
un gesto de la mano, que saltó de un punto a otro–. ¡Y no voy a hacer naaada! –afirmó con una satisfacción que iluminaba las
vocales, como si fueran lagartos al sol. Era jueves, por la tarde, y las empleadas, que charlaban en un
descanso, quizá palpaban con la imaginación la rosada figura del fin de
semana. Pero no, tal vez fuera este paseante quien en realidad pensaba en el
tren de los días. Le permitió interpretar esa “naaada”
no como una negación o un vacío, sino como la plenitud a la que puede aspirar
una mujer con doble jornada, en la oficina y el hogar. ¿Cuándo vendrá aquel tiempo glorioso? ¿Este fin de semana? No,
el otro. |
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45. (Manual popular de autoayuda) —Mi madre..., cualquier problema lo arregla con cuatro pedos
—contó la joven a sus dos amigas con una voz más que audible para un servidor
y otros peatones de la plaza de la estación. —¿Y si no puedes? —objetó la más sensata, con una pregunta que
delataba aceptación del remedio y la pena por una impotencia pedorra. —Porque estás en la calle... —añadió la tercera, como explicación
de la imposibilidad de aplicarse la panacea de los problemas. Flotó en el aire la impresión de un acuerdo completo y la
dificultad de administrar el remedio. Debía de ser una madre resuelta, que
usaba el árnica de la ventosidad encadenada, en familia y donde fuere. La madre era, también, una buena conocedora de la tradición
popular y del refrán que dice: “Mea claro, pee fuerte y ríete de la muerte”.
Otra cuestión es que confundiera un síntoma de salud y buen ánimo con una
solución universal. Si así fuera, si los pedos tuvieran un poder
solucionador, los refrescos de cola y gas indicarían ese efecto terapéutico
en los envases. Para esas jóvenes, de aspecto extravagante y popular, el secreto
familiar era algo digno de consideración. No lo pusieron en práctica sobre la
marcha seguramente porque no tenían problemas, acababa de empezar el verano e
iban al encuentro de una fiesta. |
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44. (Estoica) En el paseo vespertino por la calle Real de San Fernando, Cádiz,
la mujer dijo calmosamente algo tremendo a su pareja. —Bueno..., aunque pierda la cabeza —¿por
amor?, ¿negocios?, ¿una vocación? —, como las cosas son como son... La pareja continuó su marcha guardando las pausas de silencio que
correspondían a un acuerdo sobre un tema tan peliagudo. La fuerza del
estoicismo ve un destino reconfortante en el principio de realidad. Para que
luego digan que la razón y la ciencia no son una forma de fe. |
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43. (Ojeador) Cuando alguien afirma que es sincero, nos emplaza ante algo imposible
de comprobar. ¿Quién puede entrar en la intimidad mental del interlocutor?
Sólo los hechos y el patrón de la conducta aporta
indicios sobre la sinceridad de alguien. Por contra hay realidades objetivas que se pueden calibrar bien
si se tiene ojo. Era el caso de un de los jubilados que un sábado por ka mañana consumía las horas en la plaza mayor. El
trasiego de clientes en el cajero automático de una caja de ahorros le movió
a manifestar lo que para él era una evidencia. —No sé yo por qué la gente tiene esa manía de sacar dinero por
sacar. El compañero de corro no respondió porque tampoco debía de saber
por qué la gente tiene esa manía. |
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42. (Precocidad) La madre y el niño de unos seis años entran en casa, número 69 de
la Calle Real, de una población gaditana. Es de noche, las 10, y la hora de
la cena quizá ya se ha rebasado. Entre la cancela y la puerta del edifico de
pisos, la mujer tiene ocasión de darle una escueta recomendación: —Ni media palabra a tu hermana. La apelación al silencio es una exigencia apta para hablantes
maduros y responsables. El niño no replicó ni pidió una explicación. Su
sorprendente silencio fue la muestra de su precocidad. Ante esa escena de complicidad, el enigma del asunto que quedaba
vedado a la hermana resulta una bagatela. |
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41. (Se recomienda pensar antes de
hablar) En el avión de Barcelona a Santiago de Compostela, coincidí con
un grupo de chicas gallegas que estaban disfrutando de una Erasmus en Nápoles.
Una de ellas le comentaba a otra que estaba sentada a su lado... —La verdad, yo, estando fuera de casa sólo echo
de menos la comida y a mi perro. Se produjo una pausa mientras la otra asentía, comprensiva. Hasta
que, de repente, la primera exclamó: —Ah, bueno, y a mis padres, claro. Es posible que dijese lo primero de corazón y que lo segundo
fuese una rectificación piadosa. ¿Quién no ha pensado a veces lo mismo? Nos
salva reaccionar a tiempo y corregirse antes de hablar. Si esa chica hubiera pensado lo que iba a decir habría dicho algo
“políticamente más correcto”. Es decir, que habría colocado al perro en
primer lugar. (por María Pazos Paz) |
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41. (Leyenda urbana confirmada) —Y cuando se murió resultó que era millonaria, la hija de puta
–le contaba a un compañero de trabajo un mozo por la calle, con un tono que
oscilaba entre la protesta y la sorpresa. Por una vez en la vida había comprobado que era una realidad la
leyenda urbana de la pordiosera o la pobre de solemnidad que esconde entre
cachivaches bolsas de dinero. De ahí la sorpresa y la risa ahogada. Pero, ¿la
queja a qué se debía?, ¿al trato cicatero?, ¿a unos derechos naturales
traicionados? Como es sabido, las leyendas urbanas sólo son fantasías y no se
dan en la realidad, pero creer sí que creemos en ellas. De ahí que la
difunta, en paz descanse, se convirtiera al morir en una hija de puta por el
efecto de su fortuna recién descubierta. |
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40. (Secreto a voces, mal secreto) La tarde al sol en el césped de la piscina era de anuncio
publicitario. Las olas del Atlántico llegaban a los pies del muro del hotel.
Ascendía el rumor del agua, confundido con unas conversaciones de la
cafetería. Era Cádiz, en el mes de mayo. La voz estridente de una señora cubrió de repente el paisaje
sonoro. Hablaba con Marta, que estaba al otro lado del telefonino.
La señora dió cuenta de algunas compras, para
información de Marta y una decena más de bañistas que tomaban el sol. —Oye, ¿si te cuento un secreto, me prometes que no lo dirás a
nadie? ¿De verdad, me lo prometes por lo más sagrado? Con qué facilidad se dice un secreto, que la bocina del edificio
airea como si hubiera megafonía. ¿Tendrían curiosidad los oídos de esos
cuerpos tendidos en las hamacas? —Bueno, pues... estamos en Cádiz. ¡Acabáramos!, para contar ese secreto no hacía falta abrir la
boca. Ya lo conocían los presentes, menos Marta, que también está a su modo,
pero que sin duda vivía ausente. —Hemos cogido las maletas esta mañana y nos hemos venido a Cádiz.
Es porque no lo sepa Marita, como no la vamos a
ver... Ese sí era un secreto. No iba a ver a Marita,
que debía de vivir en Cádiz; o en Puerto Real o Jerez o Chipiona.
Pero ya no contó más. Si la señora sonaba a una pechugona de sesenta años, con brío y
carácter, ¿cómo debía de ser la tal Marita? |
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39. (“Tachar”, en el sentido de
reservar) —Sí, oye, ¿qué?, ¿entras a trabajar?...Vale, pues nada... El pasajero del autobús parecía un prejubilado, aunque podría ser
una impresión engañosa. Eran poco más de las tres de la tarde, a principios
de febrero, y su comunicante volvía al trabajo. Habían hablado ya unos
minutos de cosas banales. —Ah, bueno, una cosa: el día 17, táchalo. Me caso. Así que ese
día déjalo a parte. Acababa de comunicarle su boda y, de un modo oblicuo, la
invitación a asistir a la celebración. —No, nada, yo ya no estoy para esas cosas. Déjate de despedidas. Se refería a la despedida de soltero. La cita era sólo para el
17, probablemente el 17 de ese mes de febrero, sin fiesta de hombres solos la
vigila. —Tacha el 17 –insistió, para indicar que reservara esa fecha. Mentalmente dimos nuestra felicitación al novio. |
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38. (No soy ni me llamo tú) María nos ha contado esta situación: Durante la pasada navidad, estaba con mi madre en una tienda de
mi pueblo, en Galicia, cuando entró uno de sus alumnos, de 3 años. Pablo, que
así se llama, esperó junto a su madre mientras ella hacía las compras
pertinentes y de vez en cuando la dependienta se dirigía a él con la típica
voz con la que se dirigen algunos adultos a los niños, como si fuesen tontos. Total, que cuando la compra ya estaba en una bolsa, la
dependienta se volvió a dirigir a Pablo y le dijo con la mejor de sus
sonrisas: "¿La bolsa, quieres llevarla tú?" A lo que Pablo,
mientras alargaba la mano para coger la bolsa, contestó con cara de
aburrimiento: "Vale, pero yo no me llamo tú". (por María Pazos Paz) |
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37. (Argumento para un relato burgués) El paseo suele excitar el deseo de explicar historias. —Pues, fíjate, se fueron de viaje de novios a Suecia –contaba la
mujer a su amiga. —Hacía tan mal tiempo –continuó diciendo– que no podían salir del
hotel. Y después de una pausa, reveló el verdadero nudo de la historia: —Y allí, en el hotel conocieron a otra pareja... |
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36. (No era ni es) —No era feo–dice la chica a una compañera–. Pero... tampoco es
guapo. Sin duda, la gramática y los tiempos verbales están al servicio
de la comunicación. ¿Por qué, si no, habla la joven en pasado y en presente
para describir una misma realidad? Lo que era ya ha pasado, pero sigue sin
mejorar. |
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35. (Descuido imposible) El avión había tomado tierra y la azafata dio la última
indicación por megafonía: —Por favor, recuerden llevarse sus defectos personales al bajar
del avión. El lapsus es perdonable. Cualquiera se equivoca alguna vez. Pero
los lapsus desvelan nuestro subconsciente y el de la auxiliar de vuelo era
adorable, por el optimismo que rebosaba. Como si olvidarse de los defectos y
desembarazarse de ellos fuera tan fácil. (por
María Pazos Paz) |
34. (Función lúdico-creativa y lengua) En el andén del metro, la comunicante se
mostraba alterada y hablaba con energía por el teléfono. —Pues, sí, tía, sí que estoy enfadada. ¿Cómo no voy a estarlo, si
tienes una lengua bípeda? De acuerdo, tenía un oído descuidado, que desconocía el detalle
de la expresión “lengua viperina” –de víbora–o “bífida” –partida en dos–.
Pero su mérito era haber inventado una expresión tan lógica como creativa, la
de una lengua con dos pies. Como es sabido, dos pies dan más patadas que uno.
La poesía es un don del pueblo. (por
María Pazos Paz) |
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33. (El río de la vida) Un matrimonio con una edad cercana a la jubilación cruza la calle
y sortea obstáculos: un coche aparcado, el alcorque la estrecha acera. —De médico en médico..., esto es un no parar –lamenta con
resignación el marido. El río de la vida les lleva de consulta en consulta. Es como el
discurso, un suma y sigue: cada día se bañan en un
río distinto. Ese siervo de Heráclito desearía cambiar el flujo de las cosas
por su permanencia. Y pronuncia la jaculatoria “de médico en médico” para que
le escuche Parménides. |
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32. (Cortesías aparte) —Y yo se lo dije. Le dije: “Porque tú, aparte de tener una cara
de feto malayo,…” Con una introducción tan vehemente, aun a pie derecho en la
esquina, ¿cómo no iba a atender con interés el relato su oyente? Y el
paseante que acertó a escuchar sólo esto se quedó discurriendo sobre cuál
podría ser el agravio, “aparte de tener una cara de feto malayo”. |
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31. (Hablar es querer comunicar) La mujer acompañaba a un niño de unos siete años a la escuela porque
habrían perdido el autobús escolar. —¿Y qué digo?, preguntó preocupado. —Pues la verdad, hijo: que nos hemos dormido. La verdad, siempre
la verdad. Estaban sentados en dos asientos confrontados, pero en diagonal,
con pasajeros alrededor. No parecía un lugar para comentar cosas privadas. No
obstante, las circunstancias no parecieron limitar la charla. —Cuando yo nací, ¿qué edad tenías? —Tenía veintinueve, hijo. El niño no podía imaginar lo inconveniente que es hablar de las
edades de los adultos. Por ello prosiguió con su indagación. —¿Y papá? —Papá tenía treinta y uno. Pero la conversación derivó hacia un problema de lógica. —¿Y yo cuanto años tenía? —Pues tú no tenías años. Naciste. —¿Tenía un mes cuando nací? —Hijo, tenías cero meses. Aquel día naciste. Como en una buena narración, lo más interesante estaba por
llegar. —Y papá, cuando murió, ¿qué había hecho? —Pues papá, lo que había hecho es tenerte. —¿Y qué más? —Más cosas... —¿Trabajar? —Más cosas. —¿Tener una mujer? —Más cosas. —¿Tener un coche? —Mas cosas.
Cuando seas mayor te contaré todas las cosas que hizo papá. |
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30. (¿Literal o figurado?) Un grupo de cuatro jóvenes paseaba al
anochecer por una calle peatonal. Quizá fueran dependientas que van hacia su
transporte para la periferia. Una de ellas continuó la conversación: —O también hacen falta toros para
engendrar tantas vacas... ¿De qué estaban hablando?, ¿de vacuno o de hombres y mujeres? La
ciudad no es taurina ni por asomo. Las jóvenes no eran ganaderas. Si el tema
del que hablaban era literal, el oyente había tenido el azar de hallar una
aguja en un pajar. |
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29. (Día Internacional de la Mujer) Era el día ocho de marzo. —No es normal que tengas que dedicarle tanta atención. No es
normal…, ¿no lo ves? —dijo una universitaria a quien
estaba al otro lado del telefonino. Por la coincidencia de la celebración del Día de la Mujer, el
oyente pensó en consejos de amigas sobre cosas de pareja. |
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28. (De dos en dos) Un espectador ingenuo leyó con atención un mensaje aparecido en
el canal de chat del televisor: “Busko xica
joven con pexos grandes para amistad”. |
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27. (Límites a la economía de la verdad) Hablaba por teléfono. Y dijo en tono de complicidad a su
interlocutor: —No sé, yo creo que a veces es mejor decir la verdad. Y en este
caso... El hablante debía de ser un seguidor del humorista Mark Twain, de quien es célebre este aforismo: “La verdad es el
bien más preciado que tenemos. Economicémosla.” Sólo que en este caso, como
excepción, creía que el principio de la mendacidad, el disimulo y la
hipocresía podía dejarse al margen. |
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26. (Cortesía turbadora) Un mensaje electrónico recibido por el editor decía así: —Tema del mensaje: “Buenas noches, doctor Laborda”. El remitente le era desconocido. Por otra parte, la formalidad
del tratamiento de doctor contrastaba con la personalización del “buenas
noches”. Hablar de noche es algo que connota cosas muy diferentes a hacerlo
de día. Por todo ello, ante un mensaje con un
título inquietante, el destinatario se sintió perplejo. Decidió no abrirlo y
lo borró . Sin embargo, ha recordado en ocasiones
ese mensaje y se ha preguntado qué sentido podía tener el “buenas noches,
doctor Laborda”, un texto turbador e inocente a la vez. |
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25. (Ideo[teo]logía inconsciente) —Y, como dijo Jesús…–manifestó el juez que oficiaba su primera
boda civil, pero se detuvo antes de explicar la frase, porque la madre de la novia
había comenzado a llorar en ese momento con honda pena. En la parte del discurso sobre el matrimonio, su señoría se
proponía evocar un pasaje del Nuevo Testamento. El sentimiento de tristeza de
la madre y de otras mujeres que se sumaron a la expansión, quizá las tías de
la novia, le recordó ya a destiempo que parte de la familia había tenido que
transigir con la boda civil. La novia era una de las primeras que se acogía al recién regulado
matrimonio civil, a comienzos de la transición democrática española. Así que
el concejal improvisó una salida al delicado conflicto entre lo religioso y
lo civil. —¡Bueno, lo dijo Jesucristo… como lo podía haber dicho cualquiera!
–continuó, esperando así quitar hierro a la situación. Pero consiguió el efecto opuesto. Al escuchar de nuevo el nombre
del hijo de Dios, las dolientes pasaron de la llantina al sollozo. Y la sala
consistorial parecía cualquier cosa menos un lugar de fiesta. |
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24. (Realidad fractal) —Es el hermano de su propia suegra –comentaba a la amiga, que
escuchaba con interés. —Y tío-abuelo de su hija –continuó la misma con la descripción de
lo que sonaba a adivinanza. Administraba las pausas con sentido melodramático, pero en
realidad las necesitaba para pensar lo que decía. —Fíjate que la abuela de la niña era también su tía. —Y la bisabuela era a la vez abuela de la misma criatura –remató. —¡Ui, quée líiiio!
–replicó con regocijo la amiga. Meses después de escuchar esta incomprensible retahíla de
relaciones familiares, el oyente vio en un programa rosa de la cadena de
televisión vasca ETB2 la entrevista a un tío y una sobrina, que estaban
felizmente casados y tenían una hija. |
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23. (Juicio abreviado) —Ella le ha cogido, pero más adelante lo dejará por otro. —Ya lleva una buena tanda –confirmó la señora a su marido. —No quiere casarse. No le gustan los niños. —¿Y por qué está con ella? —Le tiene dominado. Es un mediocre. Y los apacibles jubilados pasaron a otro asunto. Habían apurado
el juicio de unos conocidos, quizá familiares, con la indolencia con que se
escoge una barra de pan. |
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22. (Mejora del ofrecimiento) —Te pago el billete hasta mi casa –ofreció la joven a su
acompañante. Como él no reaccionó, mejoró la oferta. —Y te hago la cena. De nuevo, el silencio. —¡Una buena cena! Y su conversación se perdió entre los grupos que salían del
campus. |
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21. (Hipérbole y litotes) —Me cago en todo –exclamó ella entre dientes, mientras miraba con
desgana el patio de la facultad. —Sí –añadió el chico que estaba sentado en el mismo banco–, es
bastante informal. |
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20. (Plurilingüismo) A hombros de su cuidadora va una niña de unos tres años camino
del jardín de infancia. A la vista de un cartel, la niña dijo: —¡Guau, guau! —¿Quién dise eso? –replica la
cuidadora, con acento de español de América Central. —El gos [el perro, en catalán]. Las lenguas de los hombres y de los animales, si se acepta la
simplificación, se alternan en el diálogo. Y resuenan quedamente sus mensajes
en la calle. |
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19. (Cambio de lección) —Me ha enseñado a sufrir. Le he dicho que ahora le toca enseñarme
otras cosas. Una joven escuchaba la confidencia de su amiga como si fuera la
plegaria a un dios desatento. Envuelto en un frío silencio, pasó volando el
espíritu del escepticismo. |
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18. (Cuna de oradores) Un niño asomado al balcón de un primer piso miraba cómo su madre
salía del portal para tirar la basura en el contenedor. Y le dedicó esta
frase: —¡Te quiero! Cogida por sorpresa, la madre volvió la cabeza para esbozar de
modo contenido una sonrisa de gratitud. Quién sabe si su sonrisa era
contenida por una humildad natural en la mujer, por sentirse cohibida ante
esos transeúntes que pudieron escuchar la declaración o bien por la ironía de
estar involucrados gestos tan desaparejados como tirar la basura y proclamar
amor. En cualquier caso, su orgullo estaba fundado: el hijo sabía llamar su
atención -y de qué manera- hasta en esas circunstancias. |
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17. (Tener
nombre) A la puerta de casa, el ama de casa se exclamaba ante un
representante comercial que intenta aplacarla. —No pueden hacer eso. ¡Yo no he firmado nada! ¿Cómo se atreven?
No tiene nombre lo que han hecho. —Tiene razón, tiene razón —asentía con un hilo de voz el
comercial. —No quiero volver a saber nada de la empresa. Eso no tiene
nombre. ¡Es un abuso de confianza! |
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16. (Prenda) La joven pasajera del tren de cercanías respondió a la llamada de
su móvil. —No sé si podré. ¿A tu casa? No, a tu casa yo no voy —dijo más
por prevención que por molestia—. ¡No soy bordeee!
—replicó con suavidad—. Me llamas luego y ya lo
veremos. Si puedo, bien y, si no, pues me iré a tomar una cocacola
con mis amigos, que ya he quedado. Colgó el telefonino y dijo a una
acompañante: —Menos mal que no le he quemado el DNI . |
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15. (Exhibicionismo) Un mediodía del viernes, en un vagón de cercanías con pocos y
silenciosos viajeros. Y comienzó a oírse con claridad
la voz de una mujer de mediana edad, que conversaba por el telefonino. — Holaaa, ¿qué haces? ¿Trabajando?
¿Yo?, en el tren, para casa. No, no, no puedo ir. Iría a trabajar, a
ayudarte. Soy una mujer seria… ¿Que qué llevo…? Llevo una blusa transparente
y una falda corta, muy corta. Sí, voy para casa. Hoy ha sido un día muy
pesado. Esta noche he quedado con Ana y Dolores y… Si quieres venir, nos
podemos encontrar en .... [un
lugar]. Mira, yo llevaré puesta una chaqueta oscura… La conversación no se prolongó mucho más. Un par de estaciones
después de que acabara de hablar la mujer, el oyente ocasional se incorporó
para bajar del tren y no pudo reconocer a nadie que respondiera a las señas
de la que habló por teléfono. |
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14. (Confidencia) Dos vecinas, aún jóvenes: —Cuando te veo con él, es que me acojono…
No puedo. |
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13. (Neonimia) El niño, inexperto en unidades de medida y sus fracciones, había
oído hablar de un tercio y creó un híbrido: —Aquello mide dos [unidades] y un serterzo
[por tercio]. |
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12. (Coraje
o esclavitud) Ella, al novio: —Prefiero salir y que me dé una paliza de muerte a quedarme
encerrada en casa. |
11. (Mestizaje
de géneros) Un joven, a sus compis: —Le envié un mensaje [por telefonino] y
le decía “Estás ZZZZZ”, por eso de los cómics cuando alguien está durmiendo”. |
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10. (Primeros
años) Dos chicos tomaban un refresco y uno de ellos rememoraba: —Estuve con ella por primera vez cuando (ella) tenía dieciséis
años. Diecinueve, dieciocho, diecisiete, dieciséis… Sí, yo tenía diecisiete y
ella dieciséis. Nos conocimos cuando ella tenía quince. |
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9. (Declaración) Tres universitarios, en un descanso, buscaban en su diálogo la
piedra filosofal sobre la pareja: Ella —¡Es que a mí sólo me interesa una
cosa! Él —Ya, claro, ¡el amor! Ella —¿Qué amor, amor? Ni el amor… ni el
sexo. A mí sólo me interesa una cosa [de la pareja]. Él —¿Controlarle? Ella — … |
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8. (Dicho
llanamente) Dos madres que caminaban hacia el colegio: —Te quedas en el paro y te dan una mierda. |
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7 (Satisfecho de sí) El estudiante, oscilando entre la inseguridad y la suficiencia,
se sincera con el compañero: —La gente tiene más confianza en mí de la que yo tengo en mí
mismo. |
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6 (Orgullo macho) El joven, sentencioso y engreído, instruía a otro: —El hombre, aunque sea feo, sigue siendo un hombre. |
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5 (Anunciación) Dos madres acababan de dejar a sus hijos en la escuela. Una de
ellas se exclamó con una contenida indignación: —Todo el día en el hospital… Y él, como si nada, el egoísta. Ya
verás tú cómo yo se lo digo, ya lo creo que se lo digo…, aunque se fastidie.
Porque es que le importa un bledo. Y me está dando por el culo. ¡Se lo digo,
eh |
4 (Actualidad
de la filosofía) Un estudiante de unos diecisiete años, mientras accedía al andén
de la estación, dijo con entusiasmo a su compañero: —¡Me interesan tantas cosas y me gustan tanto, que no me decido por
ninguna! ¡Es que no soy capaz de escoger! (Reverdece cada primavera el dilema filosófico de Buridán y la
indecisión de su asno, consumido por la incapacidad de escoger entre dos
alimentos igualmente apetecibles.) |
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3 (La
fuerza del destino) Una mujer de mediana edad atravesaba la plaza y hablaba por el telefonino: —Será mejor que vaya porque si no lo irán a buscar. ¡Que acuda! |
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2. (Fantasmas) Un mozo le espetó a otro: —¡El Peko, tú y el Águila! ¡Cada vez que esté
con ella, leche, veré vuestras caras! Como os la habéis tirado... |
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1 (Eco) Una pareja joven paseaba por la calle, él con la criatura en
brazos y ella empujando el cochecito de niños desocupado. Ella —¿Tú, para qué quieres una mujer?
¿Para que diga esto o aquello?, ¿lo que tú quieras? |
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Invitación: En este
carnet de diálogos participan los lectores, que pueden enviar sus notas con el
título “Carnet de frases” a la dirección del editor: xlaborda
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