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      Xavier Laborda Gil

Lingüística. Universidad de Barcelona

Carnet de frases:

diálogos oídos por azar, al pasar

 

Diálogos.- Este carnet recoge frases oídas por azar en lugares públicos a personas desconocidas. El oyente se convierte en un espectador accidental. La manera impulsiva y desenvuelta de expresarse, la coincidencia más imprevista, la curiosidad del paseante, el anonimato de los interlocutores, la burbuja mental de los contertulios, el exhibicionismo verbal del locutor, la presión de los sentimientos y la inmensa necesidad de comunicarse, son algunas de las razones de estas palabras cazadas al vuelo.

 

 

 

juliol 25 (25) a z

Instantes.- Este carnet no recoge tanto frases como instantes en los que destellan impulsos de vida. Quien los plasma experimenta placeres pasivos, seducido brevemente, apartado de su camino mental, por una palabras que le resultan vehementes, hermosas, extrañas, ambiguas, provocadoras… Hay en esta recopilación, justo es reconocerlo, una fascinación por los relatos fragmentarios, por su desenlace abierto y su zozobra de sentido. Aportaciones.- El carnet de diálogos se nutre de la aportación de lectores.

 

58. (Evasivas a la adicción)

—Bueno, pues quedamos para otro día –dijo el de la moto.

—Sí, eso, nos vemos… –respondió el compañero que estaba en la acera.

—Oye, ¿has dejado de fumar?

—No sabes lo que me está costando.

La respuesta no le satisfizo. Quería algo claro en vez de evasivas.

—¿Pero has dejado de fumar o no?

—Lo estoy intentado.

—¡No has dejado de fumar! –dijo tajante y el otro no replicó–. Pues no quedamos hasta que no hayas dejado de fumar.

Aceleró el motor y emprendió la marcha en su moto, mientras el amigo se quedaba solo en la acera junto con su adicción.

57. (Historia de una espantapájaros)

—¿Dónde lo has dejado? –preguntó el chico con interés y tacto.

Ella resopló casi sin fuerzas. Llevaban cascos de moto en el brazo y poco peso más. Cabizbajos iban calle abajo, como si se dejaran llevar por la corriente de un arroyo.

—Yo es que tengo muy mala suerte, muy mala suerte –dijo ella con un tono lastimero.

No había respondido a la pregunta. No debía de saber donde había dejado no se sabe qué.

—Yo es que tengo muy mala suerte –volvió a decir.

Era la historia de su vida. O más bien, el balance. Una historia desgraciada. Quizá su vida era muy triste. Quizá estaba equivocada y sólo había perdido el móvil o las llaves de la motocicleta. Se veía como un espantapájaros, como alguien que no puede reaccionar. Eso diría el psicoanalista Boris Cyrulnik (Autobiografia de un espantapáros, Gedisa, 2009) y perdón por la cita.

—¿Y…? –replicó el acompañante, como si fuera la voz de Cyrulnik.

Él no estaba de acuerdo. No estaba de acuerdo con el juicio o con la actitud de muñeco de trapo ante la adversidad. O con las dos cosas.

56. (Hacienda solvente)

Las dos compañeras caminaban despacio, en su descanso de media mañana. Salían o volvían a alguna oficina. Y su conversación respetaba ese ritmo pausado, casi de cámara lenta, de quien necesita separarse de la agitación.

—Le pagaba las deudas –dijo una mientras con seriedad, mientras la otra escuchaba con atención.

A pocos metros de allí estaba el edificio de Hacienda. Quizá fueran funcionarias que comentaban un expediente.

—Y… –prosiguió la informadora con una parsimonia que hizo su conversación se perdiera en otra dirección.

Ese “y…” arrastrado expresaba algo diferente del trabajo. Expresaba resignación. Y un tiempo concluido. Lo cierto es que la fortuna del deudor al que pagaban las deudas se había acabado.

56. (Poema en el pastillero)

El hombre manipulaba su cámara fotográfica para ver las fotos en memoria. Parecía un viejo rockero salido de una barriada en dirección a la ciudad. Aunque era una mañana de un día laborable, algo le asociaba a una barra de bar.

—La pastilla me ha,,, -dijo a la vecina de asiento, a pesar de que llevaba auriculares con música estridente.

—Tranquilo –replicó completando la frase, en el sentido de “la pastilla te ha dejado tranquilo”.

—Hecho polvo. Me ha hecho polvo –rectificó él–. Tendría que haber tomado la mitad o un cuarto del transilium.

Tomó uno de los auriculares de la mujer y subió el volumen. La distorsión del sonido era audible a unos metros. El hombre seguía el ritmo con una pierna nerviosa.

—¿Cuánto falta? –preguntó ella con acento extranjero, eslavo.

—A ver… Seis estaciones.

Al poco pasó al asiento de enfrente y comenzó a acariciar las piernas de la mujer, apenas cubiertas por una minifalda o unos shorts. Luego llamó a alguien por teléfono.

—No, no te llamo para pedirte nada. Solo quería saber cómo estabas.

Al poco colgó. Y repitió que la pastilla le había hecho polvo.

—Si bajamos aquí –dijo él antes de llegar a destino– podrás conocer a mi madre. Está trabajando.

La pareja no respondió enseguida. Su laconismo podía deberse a falta de dominio de la lengua. También a haber recibido muchos golpes de la vida.

—¿Bajamos aquí? ¿Quieres?

Asintió y se apresuraron a aperase del convoy.

El observador de la escena se preguntó si estaría la madre preparada para el encuentro. Recapituló: medicación, baja o paro, temperamento anguloso, relación reciente, mujer baqueteada, interlocutor telefónico a la defensiva, madre inadvertida… ¿Eran los elementos de una novela? No, de un poema.

 

 

55. (Manifiesto embarazoso)

La mañana soleada desfilaba ante las ventanillas del autobús interurbano. Era una terraza que rodaba con suavidad, sin tránsito fuera y casi sin público dentro. En los cuatro asientos confrontados se habían sentado una pareja mayor y una joven de abrigo rojo con capucha caída. Conocidos, viajes en avión, instalaciones artísticas, comidas… fueron asuntos que salieron en la charla. La joven era la que más hablaba. También de opciones de vida:

—He tenido pareja y me ha gustado. Pero ahora lo que me apetece es ser madre, no pareja.

Los contertulios no estuvieron muy agudos por la sorpresa de la declaración.

—Cuando he estado en pareja no he querido ser madre. Ahora sí, quiero ser madre.

¿Conocían a Caperucita Roja y sabían de su arrebato verbal? ¿Quería compartir un anhelo? ¿O era una embarazosa insinuación para pedir colaboración en ese sentido? ¿Era una contertulia espontánea? ¿Por qué les dio su teléfono, el 555 555 555?

 

 

54. (‘Detrás’, adverbio)

Dos estudiantes repasaban sus notas sobre anatomía genital de la mujer.

—No hay terminaciones nerviosas en la vagina. El parto las dañaría.

—¿Y explicaste más cosas?

—Salió lo de la fecundación –dijo la joven a su compañero– . Les comenté que no hacía falta la penetración para eso… La que preguntó tenía el novio detrás. Y no decía nada –¿él o ella?.

Se abrieron las puertas de tren de cercanías y entraron más viajeros. Una de ellos exclamó.

—¡Hombre, los de la Gimbernat! –en un saludo a colegas de la Escuela de Enfermería.

Tomó asiento cerca de los dos estudiantes, que eran, como comentaron, de enfermería social,  mientras que los recién llegados estaban en la rama clínica. Al poco, los de antes volvieron a su tema.

—Pues, bueno, estaban allí. El novio detrás. Y no decía nada. Y dijo –¿él, ella?–, “por eso prefiero hacerlo por detrás”.

Tanta formación profesional y resultó que el público estaba al cabo de calle de las prácticas preferibles. Por eso la interlocutora se moría de ganas de contarlo y ni la interrupción le desvió del punto.

 

 

 

53. (Ubi sunt?)

Les habían visto en su esplendor, con ropa cara y gesto de mando. Los clientes acudían solícitos y leían con resignación las ofertas. Eran delfines a comisión. Pero todo había cambiado. Los comerciales menguaron y sólo quedaban ya un par de ellos. Salían a la calle a fumar desaliñados y torpes.

—Se lo he dicho –comentó una de ellas a su colega–, yo hago lo que puedo.

Apuró el cigarrillo antes de tirarlo con desgana a la acera, para que hiciera compañía a otras colillas. Acera de la amargura.

—Y si no le gusta...

Regresaron a sus puestos de la inmobiliaria. La bonanza económica encumbró estas águilas comerciales y la crisis los redujo a criaturas grises y atemorizadas. ¿Dónde quedaron aquellas alegrías del boom inmobiliario? ¿Qué se hizo del cuerno de la abundancia en diezmos y comisiones? ¿Dónde están?, había preguntado el jefe a la comercial que hacía lo que podía por traerlas de nuevo.

 

 

52. (Dadá)

Se echó a reír y la compañera se sorprendió. ¿Qué había dicho mal? Esto:

—He comprado una vela de serafina y no me ha durado nada.

—Pues claro, si fuera de cera te cundiría, pero las de parafina no duran nada –le explicó con énfasis.

La amiga aceptó la corrección como si fuera latín, sin entender el matiz de los nombres. Serafina o parafina, ¿qué más daría? Pero sí comprendió el fenómeno de la invención surrealista porque le vino a la memoria un caso afín.

—Mi tía entró en una cafetería para comer algo. Ya sabes que tienen flautas, esos bocadillos estrechos. Algo le sonaba, más o menos. Le dijo al camarero: “Póngame una trompeta”. Y se quedó tan ancha.

Y luego dicen que el lenguaje se empobrece. ¡Si hasta la tía de Serafina usa la neonimia y respira poética de Dada, es decir, papá.

 

51. (Aprendizaje de lenguas)

—El médico le dijo: “No creas que eres un conejillo de indias”.

—¿No?

—Bueno –replicó para reintroducir la voz del médico-, “lo que han probado otras mujeres hace diez años es lo que ahora os va bien a vosotras y lo que probéis ahora será bueno para mujeres dentro de diez años”.

—Ya, claro.

Hablaron algo más de tratamiento con sobrentendidos porque la plataforma del tren de cercanías iba llena. Llamaba la atención el gusto por el estilo directo, por la invocación de voces que probablemente nunca habían escuchado en persona. La mujer debía de contar a su amiga lo que habría escuchado de la paciente. Pero una pegunta delicada superó su capacidad y sólo acertó a pronunciar una sentencia:

—Para decir el nombre de la clínica hay que aprender inglés.

El oyente indiscreto recordó la dificultad con la lengua del recluta que acudió a por las cartas del cuartel y ante el mostrador de apartados de correos voceó como si le quemara la garganta “Guàa Ráa”. El funcionario le entregó los efectos del cuartel barcelonés de Wad-Ras, indiferente a la batalla rifeña del mismo nombre y a la forzada pronunciación del soldado, para distanciarse de lo que le parecía una grosería.

Se mire como se mire, eran conejitos de indias de la onomástica colonial, la española en tierra bereber o la inglesa en todo tipo de terreno. De la investigación médica, también.

50. (Para concluir)

¡Cuántas intimidades se comparten tan descuidadamente con los pasajeros!

—Si se fue, no puede ir ahora a por los niños. ¡Qué le vamos a hacer!

El tren rápido devoraba tramos y la presurización del vagón sumía el interior en un apacible silencio. La mujer continuó con el tema por su telefonino:

—Esto tenía que haberlo pensado. Ella abandonó el hogar familiar y ahora no puede pedir los niños, si él no se los da.

Hablaba con la distancia de alguien poco implicado. Pero estaba a favor de la madre. Como el asunto daba vueltas sin remedio, descabezó la cuestión con una sentencia que debió de instruir al resto de los pasajeros.

—Mira… la ley está hecha para los sinvergüenzas.

¿Cuántos pasajeros oyeron su juicio sumarísimo de la ley? Quizá todos llevaban puestos auriculares para escuchar la película del monitor o la música del aparato personal. Quizá en el vagón viajara algún juez, de vuelta de una reunión en la que se preparaba la inminente huelga de jueces, y sintió la necesidad de apearse en la primera parada para aliviar su sofoco.

49. (Estadísticas de psiquiatra)

Arriba y abajo por el tranvía, mientras hablaba por teléfono. El joven se movía como si estuviera en la calle. “Yo esperaba aprobar”, comentaba a su oyente. “Del grupo de la mañana, de 120 han aprobado 24 y del otro, de 80 han pasado 16”, añadió con aparente frialdad. Su extraño deambular por el vehículo debía de ser un movimiento involuntario para desahogar su inquietud.

“Creo que he suspendido”, escuché en uno de sus pases. Calculé que había aprobado el 20 por ciento, que es el mínimo legal exigido al profesor. Y recordé una sentencia del rector de la Politécnica de Valencia:

—El profesor que suspende el veinte por ciento de sus alumnos debería ir al psiquiatra. Y los alumnos de un curso en el que sólo aprueban entre el veinte y el sesenta por ciento deberían ir al psiquiatra para rehacerse del trauma.

El estudiante del tranvía se encontraba en esos dos supuestos. ¿Le habrán advertido de sus derechos legales y de asistencia profesional?

48. (Reina desnuda)

Algunos clientes hacían cola para pagar en la caja del supermercado. La cajera era joven y guapa. Maquillada y con un corte de pelo reciente, parecía una reina de fiestas fuera de lugar. Es más, con su actitud manifestaba que se sentía fuera de lugar. Pasaba los artículos con desgana y sus gestos traslucían desdén. Ni siquiera miraba a la gente porque su mirada estaba en la prisión de algún pensamiento.

Qué duro es el mundo que nos somete al hastío del trabajo. Un sentimiento coherente con ese juicio podría estar experimentando aquella tarde, como todas las tarde anteriores, mientras contaba los productos de una clienta.

—¿Por qué estás enfadada? -espetó con voz blanquísima el hijo de la clienta, un niño de no más de tres años.

—¿Qué dice? -replicó la cajera, sorprendida, pero aún así incapaz de mirar al niño ni a la madre.

La clienta sonrió discretamente. Se dirigió a su hijo y le animó de modo asertivo.

—Díle lo que has dicho.

—¿Por qué estás enfadada? -repitió el niño mirando fijamente a la dependienta.

—Yo no estoy enfadada -respondió con embarazo, como si hablara al vacío.

—Puede que esté cansada o preocupada por algo... -dijo la madre al niño, para satisfacer su pregunta.

No se atenuó la sensación de desnudez de la candidadta a Miss Camiseta Mojada. Y un sentimiento de complicidad recorrió la fila de clientes.

 

 

 

47. (Moderno sin abuela)

—Soy moderno pero…

Lo dijo sin ninguna vacilación. Lo dijo con jactancia. Lo dijo como elogio pleno de sí mismo. Lo dijo como antesala a una crítica visceral, sin concesiones, de vete a saber quién.

El paseante tuvo suerte. No pudo escuchar cuál era el asunto sobre el que se preparaba para lanzarse en plancha el hombre que hablaba con dos compañeros. Esa información le habría distraído del movimiento de ataque. Era un movimiento tan cortante e impúdico sólo puede ser de alguien que no tiene abuela.

La fórmula de la demagogia consiste en proclamar la modernidad de uno y contrapornerla a la estulticia de otros.

 

 

 

46. (Naaada es mucho)

—¿Éste?

—No, el otro –rectificó la mujer a su compañera y reafirmó con un gesto de la mano, que saltó de un punto a otro–. ¡Y no voy a hacer naaada! –afirmó con una satisfacción que iluminaba las vocales, como si fueran lagartos al sol.

Era jueves, por la tarde, y las empleadas, que charlaban en un descanso, quizá palpaban con la imaginación la rosada figura del fin de semana. Pero no, tal vez fuera este paseante quien en realidad pensaba en el tren de los días. Le permitió interpretar esa “naaada” no como una negación o un vacío, sino como la plenitud a la que puede aspirar una mujer con doble jornada, en la oficina y el hogar.

¿Cuándo vendrá aquel tiempo glorioso? ¿Este fin de semana? No, el otro.

 

 

45. (Manual popular de autoayuda)

—Mi madre..., cualquier problema lo arregla con cuatro pedos —contó la joven a sus dos amigas con una voz más que audible para un servidor y otros peatones de la plaza de la estación.

—¿Y si no puedes? —objetó la más sensata, con una pregunta que delataba aceptación del remedio y la pena por una impotencia pedorra.

—Porque estás en la calle... —añadió la tercera, como explicación de la imposibilidad de aplicarse la panacea de los problemas.

Flotó en el aire la impresión de un acuerdo completo y la dificultad de administrar el remedio. Debía de ser una madre resuelta, que usaba el árnica de la ventosidad encadenada, en familia y donde fuere.

La madre era, también, una buena conocedora de la tradición popular y del refrán que dice: “Mea claro, pee fuerte y ríete de la muerte”. Otra cuestión es que confundiera un síntoma de salud y buen ánimo con una solución universal. Si así fuera, si los pedos tuvieran un poder solucionador, los refrescos de cola y gas indicarían ese efecto terapéutico en los envases.

Para esas jóvenes, de aspecto extravagante y popular, el secreto familiar era algo digno de consideración. No lo pusieron en práctica sobre la marcha seguramente porque no tenían problemas, acababa de empezar el verano e iban al encuentro de una fiesta.

44. (Estoica)

En el paseo vespertino por la calle Real de San Fernando, Cádiz, la mujer dijo calmosamente algo tremendo a su pareja.

—Bueno..., aunque pierda la cabeza ­—¿por amor?, ¿negocios?, ¿una vocación? —, como las cosas son como son...

La pareja continuó su marcha guardando las pausas de silencio que correspondían a un acuerdo sobre un tema tan peliagudo. La fuerza del estoicismo ve un destino reconfortante en el principio de realidad. Para que luego digan que la razón y la ciencia no son una forma de fe.

43. (Ojeador)

Cuando alguien afirma que es sincero, nos emplaza ante algo imposible de comprobar. ¿Quién puede entrar en la intimidad mental del interlocutor? Sólo los hechos y el patrón de la conducta aporta indicios sobre la sinceridad de alguien.

Por contra hay realidades objetivas que se pueden calibrar bien si se tiene ojo. Era el caso de un de los jubilados que un sábado por ka mañana consumía las horas en la plaza mayor. El trasiego de clientes en el cajero automático de una caja de ahorros le movió a manifestar lo que para él era una evidencia.

—No sé yo por qué la gente tiene esa manía de sacar dinero por sacar.

El compañero de corro no respondió porque tampoco debía de saber por qué la gente tiene esa manía.

42. (Precocidad)

La madre y el niño de unos seis años entran en casa, número 69 de la Calle Real, de una población gaditana. Es de noche, las 10, y la hora de la cena quizá ya se ha rebasado. Entre la cancela y la puerta del edifico de pisos, la mujer tiene ocasión de darle una escueta recomendación:

—Ni media palabra a tu hermana.

La apelación al silencio es una exigencia apta para hablantes maduros y responsables. El niño no replicó ni pidió una explicación. Su sorprendente silencio fue la muestra de su precocidad.

Ante esa escena de complicidad, el enigma del asunto que quedaba vedado a la hermana resulta una bagatela.

41. (Se recomienda pensar antes de hablar)

En el avión de Barcelona a Santiago de Compostela, coincidí con un grupo de chicas gallegas que estaban disfrutando de una Erasmus en Nápoles. Una de ellas le comentaba a otra que estaba sentada a su lado...

—La verdad, yo, estando fuera de casa sólo echo de menos la comida y a mi perro.

Se produjo una pausa mientras la otra asentía, comprensiva. Hasta que, de repente, la primera exclamó:

—Ah, bueno, y a mis padres, claro.

Es posible que dijese lo primero de corazón y que lo segundo fuese una rectificación piadosa. ¿Quién no ha pensado a veces lo mismo? Nos salva reaccionar a tiempo y corregirse antes de hablar.

Si esa chica hubiera pensado lo que iba a decir habría dicho algo “políticamente más correcto”. Es decir, que habría colocado al perro en primer lugar.

(por María Pazos Paz)

41. (Leyenda urbana confirmada)

—Y cuando se murió resultó que era millonaria, la hija de puta –le contaba a un compañero de trabajo un mozo por la calle, con un tono que oscilaba entre la protesta y la sorpresa.

Por una vez en la vida había comprobado que era una realidad la leyenda urbana de la pordiosera o la pobre de solemnidad que esconde entre cachivaches bolsas de dinero. De ahí la sorpresa y la risa ahogada. Pero, ¿la queja a qué se debía?, ¿al trato cicatero?, ¿a unos derechos naturales traicionados?

Como es sabido, las leyendas urbanas sólo son fantasías y no se dan en la realidad, pero creer sí que creemos en ellas. De ahí que la difunta, en paz descanse, se convirtiera al morir en una hija de puta por el efecto de su fortuna recién descubierta.

40. (Secreto a voces, mal secreto)

La tarde al sol en el césped de la piscina era de anuncio publicitario. Las olas del Atlántico llegaban a los pies del muro del hotel. Ascendía el rumor del agua, confundido con unas conversaciones de la cafetería. Era Cádiz, en el mes de mayo.

La voz estridente de una señora cubrió de repente el paisaje sonoro. Hablaba con Marta, que estaba al otro lado del telefonino. La señora dió cuenta de algunas compras, para información de Marta y una decena más de bañistas que tomaban el sol.

—Oye, ¿si te cuento un secreto, me prometes que no lo dirás a nadie? ¿De verdad, me lo prometes por lo más sagrado?

Con qué facilidad se dice un secreto, que la bocina del edificio airea como si hubiera megafonía. ¿Tendrían curiosidad los oídos de esos cuerpos tendidos en las hamacas?

—Bueno, pues... estamos en Cádiz.

¡Acabáramos!, para contar ese secreto no hacía falta abrir la boca. Ya lo conocían los presentes, menos Marta, que también está a su modo, pero que sin duda vivía ausente.

—Hemos cogido las maletas esta mañana y nos hemos venido a Cádiz. Es porque no lo sepa Marita, como no la vamos a ver...

Ese sí era un secreto. No iba a ver a Marita, que debía de vivir en Cádiz; o en Puerto Real o Jerez o Chipiona. Pero ya no contó más.

Si la señora sonaba a una pechugona de sesenta años, con brío y carácter, ¿cómo debía de ser la tal Marita?

39. (“Tachar”, en el sentido de reservar)

—Sí, oye, ¿qué?, ¿entras a trabajar?...Vale, pues nada...

El pasajero del autobús parecía un prejubilado, aunque podría ser una impresión engañosa. Eran poco más de las tres de la tarde, a principios de febrero, y su comunicante volvía al trabajo. Habían hablado ya unos minutos de cosas banales.

—Ah, bueno, una cosa: el día 17, táchalo. Me caso. Así que ese día déjalo a parte.

Acababa de comunicarle su boda y, de un modo oblicuo, la invitación a asistir a la celebración.

—No, nada, yo ya no estoy para esas cosas. Déjate de despedidas.

Se refería a la despedida de soltero. La cita era sólo para el 17, probablemente el 17 de ese mes de febrero, sin fiesta de hombres solos la vigila.

—Tacha el 17 –insistió, para indicar que reservara esa fecha.

Mentalmente dimos nuestra felicitación al novio.

38. (No soy ni me llamo tú)

María nos ha contado esta situación:

Durante la pasada navidad, estaba con mi madre en una tienda de mi pueblo, en Galicia, cuando entró uno de sus alumnos, de 3 años. Pablo, que así se llama, esperó junto a su madre mientras ella hacía las compras pertinentes y de vez en cuando la dependienta se dirigía a él con la típica voz con la que se dirigen algunos adultos a los niños, como si fuesen tontos.

Total, que cuando la compra ya estaba en una bolsa, la dependienta se volvió a dirigir a Pablo y le dijo con la mejor de sus sonrisas: "¿La bolsa, quieres llevarla tú?" A lo que Pablo, mientras alargaba la mano para coger la bolsa, contestó con cara de aburrimiento: "Vale, pero yo no me llamo tú".

(por María Pazos Paz)

37. (Argumento para un relato burgués)

El paseo suele excitar el deseo de explicar historias.

—Pues, fíjate, se fueron de viaje de novios a Suecia –contaba la mujer a su amiga.

—Hacía tan mal tiempo –continuó diciendo– que no podían salir del hotel.

Y después de una pausa, reveló el verdadero nudo de la historia:

—Y allí, en el hotel conocieron a otra pareja...

36. (No era ni es)

—No era feo–dice la chica a una compañera–. Pero... tampoco es guapo.

Sin duda, la gramática y los tiempos verbales están al servicio de la comunicación. ¿Por qué, si no, habla la joven en pasado y en presente para describir una misma realidad? Lo que era ya ha pasado, pero sigue sin mejorar.

35. (Descuido imposible)

El avión había tomado tierra y la azafata dio la última indicación por megafonía:

—Por favor, recuerden llevarse sus defectos personales al bajar del avión.

El lapsus es perdonable. Cualquiera se equivoca alguna vez. Pero los lapsus desvelan nuestro subconsciente y el de la auxiliar de vuelo era adorable, por el optimismo que rebosaba. Como si olvidarse de los defectos y desembarazarse de ellos fuera tan fácil.

(por María Pazos Paz)

34. (Función lúdico-creativa y lengua)

En el andén del metro, la comunicante se mostraba alterada y hablaba con energía por el teléfono.

—Pues, sí, tía, sí que estoy enfadada. ¿Cómo no voy a estarlo, si tienes una lengua bípeda?

De acuerdo, tenía un oído descuidado, que desconocía el detalle de la expresión “lengua viperina” –de víbora–o “bífida” –partida en dos–. Pero su mérito era haber inventado una expresión tan lógica como creativa, la de una lengua con dos pies. Como es sabido, dos pies dan más patadas que uno. La poesía es un don del pueblo.

(por María Pazos Paz)

33. (El río de la vida)

Un matrimonio con una edad cercana a la jubilación cruza la calle y sortea obstáculos: un coche aparcado, el alcorque la estrecha acera.

—De médico en médico..., esto es un no parar –lamenta con resignación el marido.

El río de la vida les lleva de consulta en consulta. Es como el discurso, un suma y sigue: cada día se bañan en un río distinto. Ese siervo de Heráclito desearía cambiar el flujo de las cosas por su permanencia. Y pronuncia la jaculatoria “de médico en médico” para que le escuche Parménides.

32. (Cortesías aparte)

—Y yo se lo dije. Le dije: “Porque tú, aparte de tener una cara de feto malayo,…”

Con una introducción tan vehemente, aun a pie derecho en la esquina, ¿cómo no iba a atender con interés el relato su oyente? Y el paseante que acertó a escuchar sólo esto se quedó discurriendo sobre cuál podría ser el agravio, “aparte de tener una cara de feto malayo”.

31. (Hablar es querer comunicar)

La mujer acompañaba a un niño de unos siete años a la escuela porque habrían perdido el autobús escolar.

—¿Y qué digo?, preguntó preocupado.

—Pues la verdad, hijo: que nos hemos dormido. La verdad, siempre la verdad.

Estaban sentados en dos asientos confrontados, pero en diagonal, con pasajeros alrededor. No parecía un lugar para comentar cosas privadas. No obstante, las circunstancias no parecieron limitar la charla.

—Cuando yo nací, ¿qué edad tenías?

—Tenía veintinueve, hijo.

El niño no podía imaginar lo inconveniente que es hablar de las edades de los adultos. Por ello prosiguió con su indagación.

—¿Y papá?

—Papá tenía treinta y uno.

Pero la conversación derivó hacia un problema de lógica.

—¿Y yo cuanto años tenía?

—Pues tú no tenías años. Naciste.

­—¿Tenía un mes cuando nací?

—Hijo, tenías cero meses. Aquel día naciste.

Como en una buena narración, lo más interesante estaba por llegar.

—Y papá, cuando murió, ¿qué había hecho?

—Pues papá, lo que había hecho es tenerte.

—¿Y qué más?

­—Más cosas...

—¿Trabajar?

—Más cosas.

—¿Tener una mujer?

—Más cosas.

—¿Tener un coche?

—Mas cosas. Cuando seas mayor te contaré todas las cosas que hizo papá.

30. (¿Literal o figurado?)

Un grupo de cuatro jóvenes paseaba al anochecer por una calle peatonal. Quizá fueran dependientas que van hacia su transporte para la periferia. Una de ellas continuó la conversación:

—O también hacen falta toros para engendrar tantas vacas...

¿De qué estaban hablando?, ¿de vacuno o de hombres y mujeres? La ciudad no es taurina ni por asomo. Las jóvenes no eran ganaderas. Si el tema del que hablaban era literal, el oyente había tenido el azar de hallar una aguja en un pajar.

 

 

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29. (Día Internacional de la Mujer)

Era el día ocho de marzo.

—No es normal que tengas que dedicarle tanta atención. No es normal…, ¿no lo ves? —dijo una universitaria a quien estaba al otro lado del telefonino.

Por la coincidencia de la celebración del Día de la Mujer, el oyente pensó en consejos de amigas sobre cosas de pareja.

28. (De dos en dos)

Un espectador ingenuo leyó con atención un mensaje aparecido en el canal de chat del televisor:

“Busko xica joven con pexos grandes para amistad”.

27. (Límites a la economía de la verdad)

Hablaba por teléfono. Y dijo en tono de complicidad a su interlocutor:

—No sé, yo creo que a veces es mejor decir la verdad. Y en este caso...

El hablante debía de ser un seguidor del humorista Mark Twain, de quien es célebre este aforismo: “La verdad es el bien más preciado que tenemos. Economicémosla.” Sólo que en este caso, como excepción, creía que el principio de la mendacidad, el disimulo y la hipocresía podía dejarse al margen.

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26. (Cortesía turbadora)

Un mensaje electrónico recibido por el editor decía así:

—Tema del mensaje: “Buenas noches, doctor Laborda”.

El remitente le era desconocido. Por otra parte, la formalidad del tratamiento de doctor contrastaba con la personalización del “buenas noches”. Hablar de noche es algo que connota cosas muy diferentes a hacerlo de día.

Por todo ello, ante un mensaje con un título inquietante, el destinatario se sintió perplejo. Decidió no abrirlo y lo borró . Sin embargo, ha recordado en ocasiones ese mensaje y se ha preguntado qué sentido podía tener el “buenas noches, doctor Laborda”, un texto turbador e inocente a la vez.

25. (Ideo[teo]logía inconsciente)

—Y, como dijo Jesús…–manifestó el juez que oficiaba su primera boda civil, pero se detuvo antes de explicar la frase, porque la madre de la novia había comenzado a llorar en ese momento con honda pena.

En la parte del discurso sobre el matrimonio, su señoría se proponía evocar un pasaje del Nuevo Testamento. El sentimiento de tristeza de la madre y de otras mujeres que se sumaron a la expansión, quizá las tías de la novia, le recordó ya a destiempo que parte de la familia había tenido que transigir con la boda civil.

La novia era una de las primeras que se acogía al recién regulado matrimonio civil, a comienzos de la transición democrática española. Así que el concejal improvisó una salida al delicado conflicto entre lo religioso y lo civil.

—¡Bueno, lo dijo Jesucristo… como lo podía haber dicho cualquiera! –continuó, esperando así quitar hierro a la situación.

Pero consiguió el efecto opuesto. Al escuchar de nuevo el nombre del hijo de Dios, las dolientes pasaron de la llantina al sollozo. Y la sala consistorial parecía cualquier cosa menos un lugar de fiesta.

24. (Realidad fractal)

—Es el hermano de su propia suegra –comentaba a la amiga, que escuchaba con interés.

—Y tío-abuelo de su hija –continuó la misma con la descripción de lo que sonaba a adivinanza.

Administraba las pausas con sentido melodramático, pero en realidad las necesitaba para pensar lo que decía.

—Fíjate que la abuela de la niña era también su tía.

—Y la bisabuela era a la vez abuela de la misma criatura –remató.

—¡Ui, quée líiiio! –replicó con regocijo la amiga.

Meses después de escuchar esta incomprensible retahíla de relaciones familiares, el oyente vio en un programa rosa de la cadena de televisión vasca ETB2 la entrevista a un tío y una sobrina, que estaban felizmente casados y tenían una hija.

 

 

 

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23. (Juicio abreviado)

—Ella le ha cogido, pero más adelante lo dejará por otro.

—Ya lleva una buena tanda –confirmó la señora a su marido.

—No quiere casarse. No le gustan los niños.

—¿Y por qué está con ella?

—Le tiene dominado. Es un mediocre.

Y los apacibles jubilados pasaron a otro asunto. Habían apurado el juicio de unos conocidos, quizá familiares, con la indolencia con que se escoge una barra de pan.

 

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22. (Mejora del ofrecimiento)

—Te pago el billete hasta mi casa –ofreció la joven a su acompañante.

Como él no reaccionó, mejoró la oferta.

—Y te hago la cena.

De nuevo, el silencio.

—¡Una buena cena!

Y su conversación se perdió entre los grupos que salían del campus.

21. (Hipérbole y litotes)

—Me cago en todo –exclamó ella entre dientes, mientras miraba con desgana el patio de la facultad.

—Sí –añadió el chico que estaba sentado en el mismo banco–, es bastante informal.

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20. (Plurilingüismo)

A hombros de su cuidadora va una niña de unos tres años camino del jardín de infancia. A la vista de un cartel, la niña dijo:

—¡Guau, guau!

—¿Quién dise eso? –replica la cuidadora, con acento de español de América Central.

—El gos [el perro, en catalán].

Las lenguas de los hombres y de los animales, si se acepta la simplificación, se alternan en el diálogo. Y resuenan quedamente sus mensajes en la calle.

19. (Cambio de lección)

—Me ha enseñado a sufrir. Le he dicho que ahora le toca enseñarme otras cosas.

Una joven escuchaba la confidencia de su amiga como si fuera la plegaria a un dios desatento. Envuelto en un frío silencio, pasó volando el espíritu del escepticismo.

18. (Cuna de oradores)

Un niño asomado al balcón de un primer piso miraba cómo su madre salía del portal para tirar la basura en el contenedor. Y le dedicó esta frase:

—¡Te quiero!

Cogida por sorpresa, la madre volvió la cabeza para esbozar de modo contenido una sonrisa de gratitud. Quién sabe si su sonrisa era contenida por una humildad natural en la mujer, por sentirse cohibida ante esos transeúntes que pudieron escuchar la declaración o bien por la ironía de estar involucrados gestos tan desaparejados como tirar la basura y proclamar amor. En cualquier caso, su orgullo estaba fundado: el hijo sabía llamar su atención -y de qué manera- hasta en esas circunstancias.

17. (Tener nombre)

A la puerta de casa, el ama de casa se exclamaba ante un representante comercial que intenta aplacarla.

—No pueden hacer eso. ¡Yo no he firmado nada! ¿Cómo se atreven? No tiene nombre lo que han hecho.

—Tiene razón, tiene razón —asentía con un hilo de voz el comercial.

—No quiero volver a saber nada de la empresa. Eso no tiene nombre. ¡Es un abuso de confianza!

16. (Prenda)

La joven pasajera del tren de cercanías respondió a la llamada de su móvil.

—No sé si podré. ¿A tu casa? No, a tu casa yo no voy —dijo más por prevención que por molestia—. ¡No soy bordeee! —replicó con suavidad—. Me llamas luego y ya lo veremos. Si puedo, bien y, si no, pues me iré a tomar una cocacola con mis amigos, que ya he quedado.

Colgó el telefonino y dijo a una acompañante:

—Menos mal que no le he quemado el DNI

.

 

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15. (Exhibicionismo)

Un mediodía del viernes, en un vagón de cercanías con pocos y silenciosos viajeros. Y comienzó a oírse con claridad la voz de una mujer de mediana edad, que conversaba por el telefonino.

— Holaaa, ¿qué haces? ¿Trabajando? ¿Yo?, en el tren, para casa. No, no, no puedo ir. Iría a trabajar, a ayudarte. Soy una mujer seria… ¿Que qué llevo…? Llevo una blusa transparente y una falda corta, muy corta. Sí, voy para casa. Hoy ha sido un día muy pesado. Esta noche he quedado con Ana y Dolores y… Si quieres venir, nos podemos encontrar en .... [un lugar]. Mira, yo llevaré puesta una chaqueta oscura…

La conversación no se prolongó mucho más. Un par de estaciones después de que acabara de hablar la mujer, el oyente ocasional se incorporó para bajar del tren y no pudo reconocer a nadie que respondiera a las señas de la que habló por teléfono.

14. (Confidencia)

Dos vecinas, aún jóvenes:

—Cuando te veo con él, es que me acojono… No puedo.

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13. (Neonimia)

El niño, inexperto en unidades de medida y sus fracciones, había oído hablar de un tercio y creó un híbrido:

—Aquello mide dos [unidades] y un serterzo [por tercio].

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12. (Coraje o esclavitud)

Ella, al novio:

—Prefiero salir y que me dé una paliza de muerte a quedarme encerrada en casa.

11. (Mestizaje de géneros)

Un joven, a sus compis:

—Le envié un mensaje [por telefonino] y le decía “Estás ZZZZZ”, por eso de los cómics cuando alguien está durmiendo”.

10. (Primeros años)

Dos chicos tomaban un refresco y uno de ellos rememoraba:

—Estuve con ella por primera vez cuando (ella) tenía dieciséis años. Diecinueve, dieciocho, diecisiete, dieciséis… Sí, yo tenía diecisiete y ella dieciséis. Nos conocimos cuando ella tenía quince.

 

 

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9. (Declaración)

Tres universitarios, en un descanso, buscaban en su diálogo la piedra filosofal sobre la pareja:

Ella —¡Es que a mí sólo me interesa una cosa!

Él —Ya, claro, ¡el amor!

Ella —¿Qué amor, amor? Ni el amor… ni el sexo. A mí sólo me interesa una cosa [de la pareja].

Él —¿Controlarle?

Ella — …

8. (Dicho llanamente)

Dos madres que caminaban hacia el colegio:

—Te quedas en el paro y te dan una mierda.

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7 (Satisfecho de sí)

El estudiante, oscilando entre la inseguridad y la suficiencia, se sincera con el compañero:

—La gente tiene más confianza en mí de la que yo tengo en mí mismo.

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6 (Orgullo macho)

El joven, sentencioso y engreído, instruía a otro:

—El hombre, aunque sea feo, sigue siendo un hombre.

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5 (Anunciación)

Dos madres acababan de dejar a sus hijos en la escuela. Una de ellas se exclamó con una contenida indignación:

—Todo el día en el hospital… Y él, como si nada, el egoísta. Ya verás tú cómo yo se lo digo, ya lo creo que se lo digo…, aunque se fastidie. Porque es que le importa un bledo. Y me está dando por el culo. ¡Se lo digo, eh

4 (Actualidad de la filosofía)

Un estudiante de unos diecisiete años, mientras accedía al andén de la estación, dijo con entusiasmo a su compañero:

—¡Me interesan tantas cosas y me gustan tanto, que no me decido por ninguna! ¡Es que no soy capaz de escoger!

(Reverdece cada primavera el dilema filosófico de Buridán y la indecisión de su asno, consumido por la incapacidad de escoger entre dos alimentos igualmente apetecibles.)

3 (La fuerza del destino)

Una mujer de mediana edad atravesaba la plaza y hablaba por el telefonino:

—Será mejor que vaya porque si no lo irán a buscar. ¡Que acuda!

2. (Fantasmas)

Un mozo le espetó a otro:

—¡El Peko, tú y el Águila! ¡Cada vez que esté con ella, leche, veré vuestras caras! Como os la habéis tirado...

 

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1 (Eco)

Una pareja joven paseaba por la calle, él con la criatura en brazos y ella empujando el cochecito de niños desocupado.

Ella —¿Tú, para qué quieres una mujer? ¿Para que diga esto o aquello?, ¿lo que tú quieras?

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Invitación: En este carnet de diálogos participan los lectores, que pueden enviar sus notas con el título “Carnet de frases” a la dirección del editor: xlaborda EN ub.edu

 

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