Xavier Laborda Gil

 

Lingüística. Universidad de Barcelona

 

analisis critico del discurso politico:

 

lagrimas de cocodrilo y otros contratos comunicativos

 

Xavier Laborda

 

 

Índice

 

1. Lágrimas y otros efectos de la comunicación

 

2. Promesas de sinceridad

 

3. La política como conversación

 

4. Malas noticias del Sur

 

5. Lágrimas de cocodrilo

 

6. Teatro del mundo

 

7. Conclusión: Contratos comunicativos

 

Fuentes

 

Bibliografía

 

 

 

 

1. Lágrimas y otros efectos de la comunicación

 

 

Este libro contiene cinco estudios de análisis del discurso público, en sus vertientes política, periodística y científica. En sus páginas tratamos de cuestiones como la sinceridad en la comunicación política y la persuasión que ejerce el político cuando se presenta en clave personal. También nos ocupamos del tratamiento de noticias internacionales sobre el Magreb y África Central, como fuentes ambivalentes de información intercultural y de estereotipos dominantes. Y consideramos en último lugar los rasgos discursivos de un trabajo científico en cartografía, como muestra histórica de la representación eurocéntrica del mundo. Son materiales de la comunicación social y de la comunicación del conocimiento que nos brindan la oportunidad de realizar un análisis crítico de sus discursos.

Habríamos de decir, en primer lugar, por qué analizamos discursos. Quitando formalidad al seco término del análisis, podemos añadir que analizar un discurso supone leerlo con atención, con la intención de distanciarse de sus palabras. El distanciamiento y la atención permiten seguir su razonamiento y considerar mejor cuál es la coherencia de sus sentidos, sus generalizaciones o sus inferencias. Analizar, es decir, leer comporta sopesar términos, comparar textos de una misma campaña informativa o publicística, relacionar formatos y reparar en las pautas de los géneros. También significa “descubrir mentiras, confusiones y generalizaciones exageradas, detectar malos usos de la lógica y del sentido común”, como sentencia el teórico de la comunicación Neil Postman (1985).

Los comentarios que proponemos surgen de una perspectiva interpretativa, la del análisis crítico del discurso (Dijk 1993; Fairclough, Wodak 1997). Y tienen por finalidad seguir el hilo de las argumentaciones que se divulgan en discursos institucionales y en medios de comunicación social, para reconocer las relaciones de poder, de desigualdad o de resistencia que se producen en tales discursos. Aplicamos para ello conceptos de la retórica y de la pragmática, dos disciplinas lingüísticas que estudian el uso del lenguaje y los principios que regulan la comunicación. De este modo, el análisis crítico del discurso es interdisciplinar, pues reúne aportaciones de diversas ciencias. Y también tiene un carácter aplicado, es decir, que considera no ya la comunicación en abstracto sino problemas sociales. Por ejemplo, considera cómo se presenta desde la política los roles públicos del político o cómo se defiende y legitima desde la prensa un proyecto ideológico. También puede tratar sobre cuestiones interculturales y de los valores de grupos étnicos o de género, en especial cuando se proyecta en los medios de comunicación una imagen alienante y discriminatoria de éstos como otros, una imagen estereotipada y empobrecedora.

Con estos ejemplos ya damos una noticia del contenido de los capítulos. Los capítulos 2 y 3 tratan de la política y de su presentación en los medios mediante la entrevista periodística. Son las declaraciones del diputado Baltasar Garzón a la prensa en las que trata sobre el rol del político como sujeto comunicativo. ¿Qué debe hacer el buen político cuando se dirige a los ciudadanos? ¿Es lícito hacer promesas? ¿Puede hacer afirmaciones rotundas? Al responder a estas preguntas, Garzón formula un código retórico del político, el código de su responsabilidad discursiva ante los ciudadanos, y que fundamenta en la obligación ética de la sinceridad. De ello tratamos en el capítulo 2, “Promesas de sinceridad”, en el que realizamos unas observaciones pragmáticas sobre la coherencia de la propuesta.

En el siguiente, “La política como conversación”, estudiamos una entrevista del mismo político en que desarrolla una intensa labor ideológica. Defiende en ella un modelo regeneracionista de la política, que ilustra con respuestas reveladoras sobre su persona y su rica experiencia como ex juez y como parlamentario recién llegado. De este interesante discurso de 1993 nos ha interesado destacar tres planos, que enumeramos del más concreto al más abstracto. Por una parte, está la personalidad del locutor y el contenido de sus declaraciones, pues se da el caso de que reúne en su persona el conocimiento de las dos facetas públicas ya indicadas, la judicial y la política, de las cuales habla y compara provechosamente. Por otra parte, hallamos una muestra extraordinaria del género de la entrevista periodística, que pone al político Baltasar Garzón al habla con los lectores, y lo hace en un tono cercano, casi susurrante, que revela la identidad de toda una celebridad en clave personal. Finalmente, está la parte del análisis, pues la interpretación de la entrevista permite describir los nueve principios del análisis crítico del discurso. Decimos que son nueve los principios, aunque su número puede variar según la presentación. Lo importante para nosotros en este caso es utilizar un material discursivo interesante, por su contenido y por su representación del formato de la entrevista, para explicar el sentido de los principios que orientan la interpretación crítica. Estos principios vienen a sostener tres puntos:

 

primero— la realidad se construye discursivamente;

segundo— la intervención del discurso sobre lo real es mediata, es decir, indirecta y compleja, pues inciden mediaciones instrumentales e históricas;

tercero— la investigación discursiva tiene un compromiso crítico, que implica el dominio de técnicas de análisis interdisciplinares, el estudio de problemas sociales y la formación de una consciencia personal.

 

Los capítulos siguientes, 4 y 5, tratan de otro tipo de género discursivo, el de las noticias de prensa, y tienen en común el problema de la interculturalidad o, mejor dicho, el problema de su representación. En “Malas noticias del Sur” tratamos de las noticias aparecidas en diarios españoles sobre el Magreb durante un tercio de la década de los años noventa. Lo que se desprende de la lectura de estos textos es una imagen de conflicto y de desconocimiento, cuando no de rechazo, de los valores culturales de las comunidades del Magreb. En el capítulo 5, “Lágrimas de cocodrilo”, nos ocupamos de las noticias de un período mucho más corto, entre noviembre y diciembre de 1996, en que se produce la crisis de los Grandes Lagos africanos, en Ruanda y el antiguo Zaire, entre otros países, por el desplazamiento de un millón de refugiados. De la campaña periodística sobre el conflicto, nos interesa comentar el uso discursivo que se hace de las fotografías, en especial las de niños. De las observaciones pragmáticas sobre la iconografía extrapolamos algunos juicios sobre la campaña misma, en el sentido de que resulta confusa y engañosa. Resulta así que la tragedia de los refugiados incita a las lágrimas de cocodrilo y, a la vez, da una idea simplista del problema e implícitamente reafirma un estereotipo eurocéntrico y discriminador.

A continuación, el capítulo 6, “Teatro del mundo”, expone una visión de la ciencia como una retórica, como un gran instrumento social de conocimiento de lo real a partir de unas reglas de construcción de sus discursos y de las operaciones previas de exploración y comprobación. Tomamos como motivo de estudio un material de la ciencia del siglo XVII, en concreto, un mapamundi y la portada de un atlas o “teatro del mundo”, dos obras realizadas por el cartógrafo holandés Willem Blaeu. Con esta aproximación historiográfica, reconocemos las filiaciones retóricas de una cartografía esplendorosa en su tiempo y, a pesar de las deficiencias detectadas con posterioridad, vigente todavía en diversos usos y ámbitos de la comunicación. La iconografía de esas láminas expresa una representación científica del mundo físico, y en su admirable gusto artístico se aprecia el indicio de una función suntuaria. En cada uno de estas funciones, la científica y la mundana, hallamos elementos de la ciencia como una construcción retórica, como una construcción discursiva de la realidad, como una tradición que descubre unas raíces históricas muy tenaces.

En las palabras de la “Conclusión: Contratos comunicativos” —capítulo 7— seguimos un plan distinto al del resto de los capítulos, pero complementario. Diseminamos las propuestas prácticas de análisis sobre discursos breves y que corresponden a diferentes géneros, con el propósito de insistir en la convicción de que el análisis es inacabable. Así lo pide la consciencia persuasiva del receptor, que no puede permanecer desatenta ni indiferente a la acción social que se ejerce en la comunicación.

Los ensayos que componen este volumen son la respuesta que he acertado a dar en la docencia de la retórica, la pragmática y la historia de la ideas lingüisticas, en las aulas de la Universidad de Barcelona. Analizan discursos que tienen un evidente valor comunicativo sobre campos diversos, sean éstos los de la política, la información de prensa y el conocimiento cientifico. Pero esos discursos tienen para mi algo más que un interés objetivo, pues he de reconocer que los he escogido impulsado por ciertos efectos de la comunicación: curiosidad, desasosiego, compunción y embeleso. La curiosidad irrefrenable por la celebridad me puso en las manos las entrevistas del diputado Garzón, que guardé en una carpeta con la vaga idea de analizarlas en otro momento. El desasosiego hasta el hastío y la laboriosa plática entre colegas fue la causa del acopio de noticias sobre el Magreb y su seca interpretación. Mis lágrimas de cocodrilo precedieron el trabajo sobre el conflicto de los Grandes Lagos, que quiso ser una respuesta airada pero meditada al descontento con los mensajeros y la compunción por el mensaje. Las láminas de cartografía me fascinaron, en la visita que giré a una exposición que reflejaba el esplendor científico de los Países Bajos en el siglo XVII, y creí que eran un motivo fascinante para pensar en la ciencia como casa de la retórica y como morada de la historiografía. Esos trabajos tomaron cuerpo como artículos en revistas universitarias, como detalladamente consta en la sección de Fuentes, y de algunos de los cuales hemos dado aquí una versión acorde con el propósito de la obra, que es presentar el teatro de la política, de la información y del conocimiento —tres vertientes de la comunicación pública—, bajo el punto de vista del análisis crítico del discurso.

Quiero expresar mi agradecimiento a los atentos y bondadosos lectores de aquellos artículos, pues con sus observaciones y su solicitud han fomentado estas páginas. En primer lugar, la gratitud a los editores de las revistas en que se publicaron los ensayos, Anna M. Mussons, Antonio M. Bañón, María Helena Fernández Prat y Carles Duarte. La valiosa aportación de Anna Fernández Planas, Josep Antoni Clua, Teresa Velázquez y Albert Bastardas permitió enderezar el manuscrito. En último término, pero sin dudar el más importante, deseo agradecer la cordial acogida dispensada a estos ensayos por Catherine Geens, Jesús Tuson, Lourdes Lesteiro y también por los estudiantes e investigadores con que en este tiempo he compartido controversias y afanes.

 

 

 

 

 

2. Promesas de sinceridad

 

 

 

2.1. Un mito romántico en la política

La sinceridad es un valor que está vigente en nuestra imaginación social. El filósofo José María Valverde (1994) señala su raíz histórica y su sentido equívoco. Sobre su origen, tal como concebimos hoy la sinceridad, Valverde indica que es un mito del romanticismo que atribuye a la sinceridad un valor supremo. Y añade algo más sobre su concepto, que considera engañoso.  “¿Hasta dónde tiene sentido preguntarse si los actos de alguien son sinceros, o nacen de una presión social, de un hábito o de un tejido de conveniencias?” Para Valverde, es improcedente que alguien afirme que es sincero, pues tales promesas de sinceridad son idemostrables. Como afirma, lo que sí procede es ser coherente. ¿Qué hemos de preferir entonces?, ¿la coherencia o la sinceridad? Para formanos un juicio, vamos a comparar esta postura con unas declaraciones de un político sobre la veracidad y la sinceridad en la política.

Este capítulo contiene un comentario pragmático de las manifestaciones públicas de un político sobre el tópico de la veracidad discursiva. En ellas, el emisor público que hemos escogido se pregunta qué es mentir y qué es ser honesto. En las correspondientes respuestas se extiende sobre cómo se ha de comportar un político ante su audiencia y cómo puede acogerse a algunas reservas mentales sin que por ello se le trate de mendaz. El asunto es apasionante, ya que en los argumentos esgrimidos se invoca la sinceridad, la franqueza y la coherencia, tres conceptos sobre el comportamiento verbal muy diferentes, que requieren una explicación apropiada. Nos brinda la explicación el diputado Baltasar Garzón.[1]

Hemos entresacado tales manifestaciones de dos entrevistas que mantuvo Baltasar Garzón, a la sazón diputado por el PSOE, con periodistas de El País en julio de 1993 y marzo de 1994, antes de volver a la función judicial en la Audiencia Nacional[2]. Son los enunciados de varios turnos de palabra que se refieren a la verdad, el engaño o la promesa, y que le llevan a concluir con esta proscripción de la mentira en política: “Lo único que la gente no perdona [al político] es la mentira; perdona los errores si se le explican. (...) Nunca hay que mentir, aunque cueste; y si eso es ser un ingenuo en política, voy a seguir siéndolo.”

En el capítulo glosamos la totalidad de los enunciados metadiscursivos de las dos entrevistas, es decir, las afirmaciones referidas al propio lenguaje y a los usos que hacen de él los hablantes. También observamos por qué las apreciaciones de Garzón son asimilables a la máxima de calidad discursiva, aquella que indica que hay que ser veraz. Finalmente, registramos la distinción que estable Garzón entre aseveraciones y promesas, para concluir nuestra aportación con un análisis sobre la coherencia de las ideas que el político expone sobre la comunicación veraz de los agentes públicos. En este sentido, examinamos las definiciones de rol público que se pronuncian y se coteja con lo que paradójicamente resulta un incumplimiento por parte del hablante de su porpio código dialógico.

En conjunto, el objetivo del escrutinio es presentar las aseveraciones de una celebridad, la figura política y judicial de Baltasar Garzón, para considerar la complejidad que caracteriza la cuestión de la veracidad. La conclusión es que Garzón incurre durante la entrevista en siete infracciones, que han de entenderse no ya como indicio de hipocresía o mendacidad, sino como la quiebra de un pensamiento superficial, confuso y reductivo. La indagación lleva a formular las siguientes hipótesis. Por una parte, que el hecho de incurrir en tales infracciones no está necesariamente reñido con la eficacia comunicativa, probablement porque lo que cuenta es la persuasión en el lector de la honda conciencia ética que mueve al orador. Y por la otra, que una causa de esta contradictoria reunión de desacierto conceptual y fortuna comunicativa puede surgir precisamente de la evocación de clichés orales y privados, esto es, de tópicos acríticos e informales que resultan inconsistentes en un debate y descuidados para un contexto público.

Procedemos de la siguiente manera. Pasamos a conocer y a glosar las mencionadas manifestaciones metadiscursivas, asimilables a la máxima de veracidad discursiva. Y a continuación, examinamos las definiciones de rol público que se pronuncian —cómo ha de comportarse el político— y, lo más importante de todo, el cumplimiento que el propio emisor observa de su código en otros pasajes de las entrevistas. Transcribimos estos dos fragmentos. El de la primera entrevista dice:

 

 (P36)— Se le veía cortado [en su primer mitin], como si pensara tanto las palabras que no le salían.

(R36)— Es la consecuencia de ser juez, estás acostumbrado a decir las palabras justas y exactas para no pillarte los dedos. Hacer afirmaciones políticas me daba un miedo terrible. Prometer es duro; si prometo algo, quiero cumplirlo; y desde luego voy a tratar que se cumpla. Cuando veo a tantas personas que cifran su ilusión en el cumplimiento de las propuestas electorales siento que hay que dar la piel, si hace falta, para cumplir lo que has prometido. Y siento la vergüenza que pasaría si me señalaran con el dedo diciendo: me has engañado.

(P37)— ¿Piensa que la gente se cree a pies juntillas todo lo que escucha en campaña electoral?

(R37)— Si no es así, habrá que cambiarlo. Yo he procurado decir aquello a lo que podía comprometerme, ni un àpice más. He intentado transmitir confianza; decir que la voluntad de cambio era cierta, que la regeneración de la vida pública es posible.

 

Y el de la segunda entrevista añade lo siguiente

 

(P7b)— Se le ve ahora más suelto hablando en público.

(R7b)— Las circunstancias te obligan a ello. No es tanto que me vea más suelto sino que quizá tengo más confianza política en la expresión y antes me expresaba más con la racionalidad del juez.

(P8b)— ¿En la política se aprende a mentir con más facilidad?

(R8b)— No. Creo que no se debe mentir y menos aún en la política. Bajo ningún concepto. Todo lo más puedes no decir la verdad.

(P9b)— Que es una forma de mentir.

(R9b)— Sí, es una forma de mentir. Yo soy de la opinión de que si no quieres contestar a algo es mejor decir que no quieres contestar que dar la impresión de que no lo sabes o enganar al interlocutor.

 

El motivo de nuestra elección es presentar las aseveraciones de una celebridad para considerar la complejidad que caracteriza la cuestión, aparentemente simple si nos atenemos a la prescrición de no mentir nunca. Sin embargo, como tendremos ocasión de señalar, Garzón incurre durante la entrevista en siete infracciones, lo cual no ha de interpretarse como indicio de hipocresía o mendacidad, sino como la quiebra de un pensamiento superficial. Precisamente, nos llamó la atención el presente material lingüístico por lo que de confuso y reductivo tiene, aunque también puede ser un mérito de persuasión política. Según nuestra hipótesis, la paradójica reunión de desacierto conceptual y logro comunicativo surge de la evocación de clichés orales y privados, esto es, de tópicos acríticos e informales que resultan inconsistentes en un debate y descuidados para un contexto público.

2.2. Notas sobre pragmática del discurso político

Puestos a comparar los dos fragmentos, las coincidencias son notables. Éstos arrancan con (i) la referencia a la actuación en público del político, pasan por (ii) la definición de los roles discursivos de juez y político, y acaban con (iii) la cuestión de fondo sobre la verdad y la mentira. La curiosa identidad del esquema no sorprende cuando se coteja los dos discursos en su totalidad[3], actividad que arroja un saldo de similitudes. Anotamos los contenidos de las tres secciones indicadas.

 

                (i) Actuación en público del político

La calificación que merecen sus intervenciones mejora en la segunda ocasión: “se le ve más suelto” que antes, en que “se le veía cortado”. Los términos coloquiales “suelto” y “cortado” resultan chocantes en una entrevista con un cargo de la Administración, a no ser que se entienda que el marco conversacional acordado es revelatorio o franco, lo cual implica dos factores dialógicos: la ficción de la paridad entre los interlocutores y el trato familiar con la celebridad. A la vista está la incompatilibidad de los factores, puesto que la presencia de la celebridad determina una diferencia de roles y la disparidad o relación asimétrica entre los hablantes. No obstante ello, sucede que el político se aviene al mencionado fingimiento, pues es una convención que incrementa su capital persusivo ante el público[4].

Importa también anotar que los adjetivos “suelto” y “cortado” están en relación con un patrón de elocuencia específico, el del discurso epidíctico o espectacular, como es el caso del mitin de campaña electoral o un acontecimiento político y partidista. Como describió la retórica clásica, el discurso epidíctico busca la adhesión del auditorio, para lo cual se vale de recursos verbales canónicos o de repertorio. Así, en un mitin se considera elocuente hablar con fluidez, vehemencia, claridad y progresión. Por todo ello se entiende que, según los entrevistadores, el ex juez no ha tenido unas actuaciones adecuadas a la situación, aunque este extremo personal sea banal para nuestro comentario.

 

                (ii) Roles de los agentes públicos

La explicación que ofrece Garzón de su laconismo involucra un segundo género discursivo —forense—, al tiempo que apela a una circunstancia personal. El género forense y, en concreto, el de la autoridad que da un veredicto, es secundario e impersonal, es decir, opuesto al anterior. Decimos que es secundario porque el magistrado dictamina después de que hablen las partes, de modo que durante la mayor parte del tiempo es oyente y durante la menor, representante. Y se predica la impersonalidad porque se juzga sobre cosa ajena, con la obligada exhibición de maneras ponderadas y circunspectas. Así, el patetismo del juez o su identificación y solidaridad con los presentes invalidaría un proceso, por la misma razón que la parsimonia y la fría argumentación puede arruinar un acto electoral por parecer inseguridad e indiferencia, de lo que se extrae que la elocuencia de un género se trueca en estolidez en el otro, si se aplica ciegamente.

Por otra parte, la circunstancia de su actuación es un homenaje a dichos géneros, con la particularidad de que su torpeza podría ser una querencia, una preferencia. Como reconoce, “antes me expresaba más con la racionalidad del juez” (R7b), defecto que ha superado al conseguir “más confianza política en la expresión” (aunque debería decir “más confianza en la expresión política”). La justificación que ofrece Garzón no se ciñe a su caso sino que se vuelve sobre los mismos géneros, para enjuiciarlos severamente. Sin denostar abiertamente lo epidíctico, elogia las maneras judiciales. La racionalidad de éstas contrasta implícitamente con la emotividad de lo político, y la precisión del veredicto (“las palabras justas y exactas”, R36) con el capcioso instrumento epidíctico de la promesa (“prometer es duro; si prometo algo, quiero cumplirlo”, R36). O sea, el control de la razón frente al desorden del sentimiento, la fiabilidad de los enunciados constativos frente a la precariedad de los enuncidados compromisivos, todo lo cual reanima un esquema tópico que está reñido con la perspicacia.

Releyendo las entrevistas se comprueba que Garzón hace extensivo su reparto de elogios y reproches a los respectivos agentes. Sin embargo, es evidente que los recursos del discurso judicial son inapropiados para lograr los fines de adhesión e identificación política, como el de “transmitir confianza e ilusión” por un movimiento de “regeneración de la vida política” (R37).

 

                (iii) Máxima de cualidad o veracidad en política

El primer elemento de la cuestión es la mención que Garzón hace del engaño (“me has engañado”, R36), como efecto o perlocución de una estrategia de la mentira, la promesa electoral incumplida. A continuación, la periodista ensancha el asunto con la referencia al escepticismo del público:

 

(P37)— ¿Piensa que la gente se cree a pies juntillas todo lo que escucha en campaña electoral?

(R37)— Si no es así, habrá que cambiarlo. Yo he procurado decir aquello a lo que podía comprometerme...

 

La argumentación del diálogo presupone la creencia de que los políticos mienten a menudo, lo cual queda bien claro en la segunda entrevista (P8b). Sin embargo, el lector ha de objetar algo a la resolución de Garzón de acabar con la incredulidad del votante, y es que de la erradicación de la promesa mendaz —como parece que propone— no se sigue necesariamente que los políticos recuperen la credibilidad, por la simple razón de que una cosa es argumentar o prometer con honradez y otra es convencer o persuadir, puesto que  la intención no asegura el efecto.

Y una objeción más. Es razonable que Garzón sugiera restringir las promesas a aquello que es factible y cuyo cumplimiento está en el ánimo del político. Pero esta noción de sentido común no sólo hace caso omiso de la naturaleza compromisiva de toda campaña electoral, sino también de la inseparable posibilidad de prevaricación, esto es, la capacidad de mentir o decir cosas sin sentido. Vayamos por partes. Nuestra crítica general consiste en señalar la superficialidad del razonamiento del entrevistado: asevera algo tan evidente como gratuito. Más concretamente, si la prevaricación es un rasgo del lenguaje, ¿acaso justifica ello que el hablante reitere sus recelos sobre la veracidad en todo acto comunicativo? Hemos de entender que la sospecha de Garzón recae en la promesa y en las afirmaciones políticas (“hacer afirmaciones políticas me daba un miedo terrible”, R36). Ahora bien, los lances de los comicios —de los discursos en campo abierto, como calificaba Manuel Azaña, presidente de la II República— se valen fundamentalmente de esos recursos: la promesa y la aseveración sobre la realidad. En concreto, se promete cuando se propone realizar futuras acciones de gobierno que serán de interés o en beneficio del público. Y, también, se formula aseveraciones políticas cuando se esgrimen unas razones legitimadoras y se promueve el sentimiento o la conciencia de unas identidades colectivas.

Pero dejemos estas acotaciones críticas y pasemos a enunciar los elementos de la máxima de verdad que extraemos de las respuestas del diputado Garzón arriba reproducidas. Su propuesta se resume en no mentir, un mandamaiento que admite ciertos matices, como el de la reserva mental (cláusula 1) y de la prudencia ante los compromisos (cláusula 2). Lo que el político propone es esto:

 

máxima: No mientas.

cláusula 1) Si no quieres decir toda la verdad, di que no quieres contestar.

cláusula 2) Si prometes o haces afirmaciones políticas, di aquello a lo que puedas comprometerte, ni un ápice más.

 

El articulado de la máxima introduce una cláusula (1) contra la ambigüedad y una especificación profesional (2) relativa a los actos de habla más frecuentes. Esta última se corresponde con las submáximas de Grice que prescriben no decir lo que se crea falso ni aquello de lo que no se tenga certeza. También cabe destacar que Garzón adopta la enunciación negativa para la máxima (no mientas), a diferencia de la tradición pragmática sobre la cooperación y la cortesía, que presenta máximas positivas (sé veraz). La omisión de otras máximas sobre orden, cantidad y relación comporta dos consecuencias. Primera: la cualidad o verdad es el único contenido del principio de cooperación dialógica. Y segunda, que con un principio tan estrecho las contradicciones son flagrantes e inevitables, como pasamos a indicar en el siguiente epígrafe de infracciones.

2.3. Ambigüedad y reticencia

La cláusula contra la ambigüedad (1) dispone que, si no quieres decir toda la verdad, di que no quieres contestar, porque incluso callar da pie a equívocos, pues “es una forma de mentir” (R9b). Así lo corrobora el entrevistado, con una severidad que se ha de tornar contra él, si confrontamos su código con estos cinco enunciados infractores.

 

Enunciado infractor 1

A la pregunta sobre su futuro destino en el Gobierno responde que carece de información. De ser cierto lo que dice, se habrá sentido incómodo cuando, cinco días después de publicarse la entrevista, es nombrado delegado del Gobierno del Plan Nacional sobre Drogas. La situación parece inverosímil si se tiene en cuenta que el organismo del Plan Nacional sobre Drogas se crea según el proyecto de Garzón:

 

 (P1)— ¿Se le destinará finalmente a ese organismo para la lucha contra la criminalidad organizada del que se ha hablado?

(R1)— No tengo más indicios de que se creará dicho organismo que el hecho de que aparezca en el programa del PSOE. Trabajo en la idea de lo que puede ser su plasmación legislativa. Pero no sé si pedirán mi colaboración.

 

Enunciado infractor 2

Interrogado sobre su posición respecto de la corrupción política, un asunto principal en su campaña de regeneración política, se muestra reacio a aclarar el sentido de sus palabrar y el rol desde el que habla:

 

(P54)— (...) Dígame, ¿qué se hace con Filesa [un caso de financiación ilegal del PSOE]?

(R54)— Cada político sabe qué responsabilidad le corresponde en este tema; hay una investigación judicial, y cuando se establezcan las conclusiones, se podrá hacer valoraciones.

(P55)— ¿Está contestando sólo el juez?

(R55)— Estoy diciendo que cada político tendrá que asumir la parte de responsabilidades que le competa en una situación como ésta. Y de ahí saca las conclusiones que quieras.

 

Enunciado infractor 3

Los parlamentarios suelen votar lo que indica su partido, bajo una estricta disciplina de sanciones y expulsión en el caso de no plegarse a esta práctica. La periodista tantea con escasa fortuna el grado de independencia del diputado:

 

(P34)— En el grupo parlamentario pueden pedir su voto para cosas que no le gusten, ¿qué hará?

(R34)— Habrá que esperar que eso se produzca. He dicho que mantendré mi independencia; pero será la mía, no la que quieran indicarme desde fuera. Puede pasar que, siendo coherente conmigo mismo, algunos sectores digan que estoy quebrantando mi independencia.

 

Enunciado infractor 4

Corrupción política y coherencia ideológica, una combinación de los asuntos de los puntos 2 y 3 que merece por respuesta una adivinanza algo adusta:

 

(P34b)— ¿Qué opinión le merece el eventual indulto de los policías Amedo y Domínguez condenados por su pertenencia a los GAL?

(R34b)— Es un tema que aún no se ha planteado. (...) Pero, personalmente, creo que no se debe otorgar. En cualquier caso, si se produce esta circunstancia, tendré que ser coherente con mis principios y mis planteamientos.

(P35b)— ¿Quiere decir que dimitirá?

(R29b)— Que seré coherente.

 

Enunciado infractor 5

La entrega gratuita de droga o la forma de escamotear lo que momentos antes ofecía:

 

(P14b)— ¿En qué está pensando?

(R14b)— Me estoy refiriendo al debate (...) sobre la entrega controlada y gratuita de sustancias estupefacientes cuando fracasen los métodos de recuperación tradicionales, de los programas libres de drogas.

(P15b)— ¿Es partidario de ellos?

(R15b)— No, no estoy diciendo esto, sino que es necesario abordar ese problema para ver si es necesario adoptar medidas de este tipo.

 

En estos cinco pasajes hallamos causa para dudar de la veracidad del entrevistado, a la luz de su código. No acepta los términos de las preguntas ni tampoco manifiesta su deseo de no contestar. Sea por azar o por arte de la periodista, los casos 1 y 2 corresponden a la primera y última priegunta de la entrevista de julio de 1993, por lo que el lector bien puede apercibirse de una simetría: la renuencia que muestra el político al inicio y al cierre de la conversación. La ambigüedad del ejemplo 2, que se vale de un juicio obvio y a la vez enigmático, nos brinda el dilema de si expresa la elocuencia de un orador incisivo o el marasmo del interlocutor desorientado.

La tautología “mantendré mi independencia, pero será la mía” —ejemplo 3— oscurece el concepto de independencia y siembra la zozobra en el lector cuando advierte que, haga lo que haga, siempre habrá quien dude de su integridad. En los fragmentos 4 y 5, extraídos de la entrevista de marzo de 1994, los periodistas dejan rastros de su sensación de estar hablando con un político elusivo, esquivo; nos referimos a sus peticiones de aclaración: ¿Quiere decir que dimitirá? / ¿En qué está pensando? / ¿Es partidario de ellos? No obstante su insistencia, sería aventurado decir que le sonsacan alguna respuesta cierta.

2.4. Afirmaciones y promesas

También suscita algunas observaciones la segunda cláusula de la máxima, que reza así: si prometes o haces afirmaciones políticas, di aquello a lo que puedas comprometerte, ni un ápice más. En realidad, las infracciones de los casos precedentes se desvanecen cuando suprimimos la exigencia de la primera cláusula y las recalificamos como negociaciones de asertos políticos. Serían, por lo tanto, manifestaciones de prudencia política que proponen respuestas abiertas —quizá titubeantes, si no timoratas— en asuntos de iniciativas legislativas, depuración política y asistencia a drogadictos. El riesgo de la precaución es que se la confunda con la astucia de politico artero. Pero cuesta comprender, por señalar un ejemplo, cómo se arriesga a mencionar los “programas libres de droga” si no puede precisar otra cosa que una tibia hipótesis. La reconvención es oportuna si consideramos que el Delegado gubernamental del Plan Nacional sobre Drogas bien podría tener un juicio formado sobre una opción que no es una novedad.

Escogemos una muestra de cada tipo de acto de habla, una aseveración y una promesa, para considerar si respetan la submáxima antedicha.

 

Enunciado infractor 6

Definición del concepto política:

 

(P38)— Usted ya sabe que la política es el arte de lo posible, que (sic) a veces es difícil cumplir todo lo que se dice.

(R38)— Debemos aspirar a lo imposible. No siempre se obtienen todos los objetivos, pero lo que no se puede es actuar dando por hecho desde el principio que no se va a conseguir, y que por tanto no vas a luchar. Hay que hacer lo contrario, y si no se llega a la meta, que no sea por falta de voluntad.

 

En el primer epígrafe reproducimos las respuestas que preceden a ésta, de cuya consulta se puede extraer un curioso encadenamiento de intervenciones. El político acaba de exponer la submáxima 2 (R36) y de proclamar que él la respeta escrupulosamente (R37), en el sentido de que no afirma o promete en vano, como, por ejemplo, “que la regeneración de la vida política es posible”. A continuación (P38), la periodista aprovecha el término “posible” para hacer una réplica admirable, a pesar de la desmañada sintaxis de subordinación. El calado de dicha réplica varía según consideremos que incluye todas o alguna de los siguientes juicios:

 

(a) Usted no siempre podrá cumplir lo que promete.

(b) Que algo sea posible, como la regeneración política, no implica que sea factible; y, si es legítimo aseverar que algo es posible o conveniente, también es excusable no lograr todo lo propuesto.

(c) Por consiguiente, la submáxima segunda es inapropiada.

 

Deducimos, pues, que la crítica puede referirse a (a) la acción personal del interlocutor , (b) las contingencias y límites de las acción colectiva o (c) el enunciado metalingüístico o submáxima. De todos los puntos, el último tiene un interés mayor, porque es resumen del conjunto y expresión de un grado superior de abstracción. En efecto, si pretende desestimar o al menos revisar la submáxima, la alusión contendrá una concesión y una  impugnación. Sea la concesión: es justo instar al cumplimiento de las obligaciones discursivas, para no incurrir en la prevaricación y el infortunio. Y sea la impugnación: si bien las afirmaciones y promesas pueden incurrir en tales infracciones, su discernimiento en el discurso político no es inmediato ni preciso.

Es decir, que la crítica de la periodista podría rechazar la cláusula por su futilidad. Para decirlo de otra manera, nos permitimos apelar al conocido refrán “para este viaje no hace falta alforjas”, pues Garzón recuerda algo obvio —la reprensión de la promesa irrealizable o sin intención de cumplir—, equipara desacertadamente el discurso político al habla interpersonal y deja las cosas en la confusión. Como menosprecia la complejidad de la producción del discurso político, plantea un principio inaceptable, cosa que demuestra él mismo con una reducción al absurdo de la que quizá no es consciente. Volvamos al ejemplo 6. La periodista define la política: “es el arte de lo posible” (P38); y a continuación el diputado Garzón afirma lo contrario: “debemos aspirar a lo imposible” (R38) o, lo que viene a ser lo mismo, “la política ha de ser el arte de lo imposible”. Cuando se asevera a y no a, sin que cunda la alarma, es que nos hallamos ante una realidad ideológica, que se construye discursivamente y que es una forma de acción social[5]. Sin embargo, si nos atenemos al rpincipio de Garzón, uno de los dos interlocutores está siendo irresponsable. ¿Qué hemos de inferir?, ¿que la política es el pragmatismo de lo posible o la utopía de lo imposible? ¿O bien se plantea elegir entre conformismo y ambición?, ¿entre prudencia y atrevimiento?

Hay que notar una diferencia temporal entre ambas definiciones. La periodista se refiere al presente y describe una tradición, mientras que el diputado indica el deber de un futuro cambiante, todo lo cual, a la postre, no refleja sino la diversidad de la realidad. Y comporta una consecuencia: nos disuade de confiar en fórmulas simples pero ilusorias[6]. Algo de este razonamiento es aplicable al código que examinamos. Es más, si las afirmaciones políticas están ligadas a un sistema de valores y a una concepción de la acción, las promesas son su expresión canónica, es decir, de aplicación ordinaria, como podemos apreciar en el siguiente ejemplo de Baltasar Garzón.

 

Enunciado infractor 7

Sobre su iniciativa de lucha contra la droga ilegal:

 

(P4)— Ningún país acaba con las organizaciones [del narcotráfico]. Falcone decía que a lo sumo podemos aspirar a tener un cierto control.

(R4)— Pero hay que intentarlo, el único modo de lograrlo es con una coordinación firme y decidida. Y debemos saber que no vamos a acabar con el problema de la droga, ni con el narcotráfico; pero que al menos lo encauzaremos hacia unos límites que no nos desborden. Así tendremos controlado al monstruo dentro de una jaula más o menos amplia. Otra posibilidad, además de utópica, no se ajusta a la realidad.

 

Para enjuiciar el compromiso o promesa que encierra este turno de palabra (R4), debemos recordar que Garzón propone durante la campaña electoral crear un organismo estatal contra las drogas, que se hace realidad en el ya mencionado Plan Nacional sobre Drogas, para atender a los drogodependientes y atacar las mafias del narcotráfico. En ello se cifra su principal interés político y su ofrecimiento como especialista en la persecución penal de los narcos[7]. Cerramos el comentario intertextual, afecto a la dimensión histórica del discurso, y volvemos al texto reproducido, en el que distinguimos dos tipos de actos, que son una afirmación política y una promesa.

 

1. Afirmación: “Lo que hay que hacer es desmantelar las organizaciones” del narcotráfico (R3).

1.2. Antítesis o réplica de la periodista: “Ningún país acaba con las organizaciones” (P4).

1.3. Síntesis: “Pero hay que intentarlo” (R4).

1.4. Y concesión: “No vamos a acabar con el problema de la droga, ni del narcotráfico” (R4).

 

2. Promesa: “Pero al menos lo encauzaremos [el problema] hacia unos límites que no nos desborden”.

2.1. Confirmación: “Así tendremos controlado el monstruo dentro de una jaula más o menos amplia”.

2.2. Desestimación: “Otra posibilidad, además de utópica, no se ajusta a la realidad”.

 

Obsérvese en la desestimación (2.2) cómo, según el emisor, en la lucha contra la droga ilegal no es pertinente vindicar una política utópica o que ambicione conseguir lo que se cree imposible (R38). Esta flagrante contradicción deja al lector en la ignorancia sobre qué significa “aspirar a lo imposible”, ya que Garzón no da ninguna pista y, además, sólo trata a efectos prácticos del narcotráfico. Trancurridos los meses, tantea un cambio de tal desestimación con la idea del reparto de droga gratuita a sujetos con historial dedependencia crónica (R14b).

 

Por su parte, la promesa expresa una voluntad y una capacidad.

Primero—  Encauzaremos: voluntad de control del problema, lo cual implica que en la actualidad el problema nos desborda o está a punto de hacerlo.

Segundo— Límites: la capacidad de control es originalmente relativa a unos límites, de cuya magnitud no tenemos más referencia que la ambigua metáfora de “una jaula más o menos amplia” (2.1).

 

En definitiva, disponemos de dos metáforas como enunciados proposicionales de la promesa, lo cual lleva la cuestión a un ámbito figurado que resulta tan sugestivo como impreciso. Las imágenes de la riada que precisa ser encauzada o de la del monstruo que ha de ser enjaulado presenta dos fenómenos catastróficos, connotados de una naturalidad que incita a soslayar la revisión de sus causas. Sea como fuere, esa discutible noción de estragos por la furia del agua o de un ser anómalo no aclara qué podemos entender por cauce y jaula, es decir, por límites aceptables. Sin dudar de la buena intención del político, hemos de concluir que, si prometer significa “obligarse a hacer, decir o dar alguna cosa”, su ofrecimiento no le obliga a nada determinado. Al menos, a nada que tenga unas referencias precisas de comprobación.

Garzón podría refutar esta censura con una premisa verosímil, que figura en sus declaraciones periodísticas: nuevas leyes y una mejor coordinación de jueces y gobierno pueden comportar que el narcotráfico esté más controlado. Pero la fuerza persuasora de esta nueva aseveración política dependerá de si aceptamos antes todos los extremos de la otra afirmación (1) y la promesa (2), lo cual podría ser mucho suponer. En todo caso, lo que importa es preguntarse si la promesa de Garzón es un acto responsable, tal como predica en su código, o bien se trata de un acto gratuito, en el que se confunden la imposibilidad de cumplimiento y la de comprobación.

2.5. Aseveraciones, promesas y veracidad

Los siete ejemplos aducidos como infracciones del propio código discursivo nos sugieren una explicación, necesariamente breve por razón de espacio. En realidad, según criterios de la máxima de relevancia de cooperación dialógica, tales ejemplos no merecerían ser censurados si se demuestra la propiedad o relación de estas estrategias: ejemplo 1/ respeto de la confidencialidad; 2/ prudencia política ante un asunto judicial; 3 y 4/ suspensión del juicio ante un futurible; 5/ coherencia con el contendio del ejemplo siete; 6/ afirmación del regeneracionismo como recurso contra la corrupción política; 7/ prohibicionismo y penalidad, como compromiso de acción.

Lo que se deduce es que Garzón no atenta contra las máximas usuales de comunicación en política, pero si manifiesta falta de perspicacia cuando prescribe normas dialógicas. Por la ingenuidad de la inexperiencia o por una arrogancia redentorista, hace caso omiso de las reglas de los géneros y se adentra en un campo inconsistente porque sus normas se reducen a la máxima de veracidad e, implícitamente, remiten a los confusos tópicos de la franqueza y la sinceridad, propios de una conversación desorientada. La paradoja está en que mientras desdeña metadiscursivamente la tradición, con su irregular actuación respeta los géneros epidíctico y deliberativo. En conclusión, tenemos aquí las palabras de un político que exhibe suficiencia discursiva junto a impericia metadiscursiva, fórmula sin duda descompensada que merma su capital retórico.

Volvemos al punto de arranque del capítulo y al problema de la sinceridad como mito del imaginario colectivo. Sobre ello hablaba el filósofo. Evocando el pensamiento de José María Valverde (1994: 66), comprobamos la lucidez y precisión de su crítica de la idea de sinceridad. Transcribimos sus palabras, que nos brindan una lección sobre las promesas de sinceridad:

 

Ya era hora de que la crítica literaria (...) revisara el mito romántico de la sinceridad como valor supremo del arte. Si se mira de cerca, la sinceridad es algo de que no se debería hablar jamás: ¿cómo podemos decir que un escritor es sincero si no sabemos lo que siente y piensa, antes y al margen de su obra? Y da la casualidad de que su obra es el único camino de que disponemos para asomarnos al interior de su espíritu (aún dando por supuesto -que es lo más dudoso de todo- que el escritor sea capaz de conocer plenamente su sentir).

En cualquier caso, nadie podrá asomarse a su fuero interno si no es a través de lo que nos diga él mismo. Pero, ¿es eso lo que pedimos, la sinceridad? ¿No es más bien una coherencia interna en el sentido de su obra —y por tanto, una armónica estructura—, aunque él no lo sienta de veras y no esté adherido a ello en el secreto de su personalidad moral, e incluso, aunque él mismo se engañe y crea estar diciendo otra cosa?

De hecho, el problema acaba siendo el mismo en todos los hombres: ¿hasta dónde tiene sentido preguntarse si los actos de alguien son sinceros, o nacen de una presión social, de un hábito o de un tejido de conveniencias?

 

 

 

 

 

3. La política como conversación

 

 

 

3.1. Al habla con la celebridad

Hay declaraciones de políticos que, con independencia del peso institucional o de la importancia ideológica que alcancen, algunos de nosotros leemos o escuchamos con vivo interés. La razón es doble, por la forma que tienen de expresarse y por las ideas que nos proponen. Sus palabras francas y algo apasionadas despiertan nuestra atención. Y complacen un íntimo deseo nuestro de comunicación con el proyecto público de aquellas celebridades. Esa es la experiencia que tuve cuando leía una entrevista del entonces ex juez y recién elegido diputado Baltasar Garzón (El País Semanal, 25-07-1993) y que parcialmente hemos comentado en el capítulo anterior. La entrevista, que lleva por título “Garzón: el último boy scout”, trata en un tono informal de la doble faceta política y jurídica del entrevistado, quien aprovecha la oportunidad para realizar una persuasiva justificación personal e ideológica.[8]

Los aspectos principales de este capítulo son el material de análisis —la entrevista— y el punto de vista interpretativo que guía nuestra exposición. En efecto, por una parte, tenemos la entrevista, en la que los interlocutores hablan de actividades políticas y de las relaciones con los medios de comunicación, de la ley y el orden democrático. De su provechoso contenido llama en particular la atención las didácticas explicaciones del diputado y jurista sobre la retórica del discurso público y las relaciones dialógicas entre los agentes del poder y los ciudadanos. Por otra parte, y considerando que un texto es un proceso inacabado porque necesita de la participación del lector para alcanzar un sentido, aplicamos en este trabajo las prácticas y principios del análisis crítico del discurso. Dicho análisis es una rama interdisciplinar de la interpretación, mediante la cual los investigadores clarifican el sentido de las prácticas discursivas de políticos y otros agentes a través de los medios de comunicación con el fin de avivar la conciencia de quienes soportan sus efectos de presión y dominio.

Tras una introducción, el estudio se refiere a cada uno de los ocho principios que orientan las actividades del análisis crítico del discurso, explicados en cada apartado junto con los comentarios sobre la entrevista y sobre los procedimientos retóricos utilizados en ella. Estos ocho principios son: el análisis crítico trata de problemas sociales, las relaciones de poder son discursivas, el discurso constituye la sociedad, el discurso realiza una tarea ideológica, el discurso es histórico, la relación entre texto y sociedad es mediata, el análisis del discurso es interpretativo y explicativo, y el discurso es una forma de acción social.

3.2. El punto de vista del análisis crítico del discurso (ACD)

Por una larga tradición en la ciencia, que al menos se remonta al dualismo cartesiano, se considera que hay elementos y propósitos que caen fuera de la investigación y el conocimiento. Es decir, que son incompatibles con el espíritu científico. Este es el caso del compromiso político y de los análisis dirigidos a entender y superar luchas sociales, ya que no sería ortodoxo reunir propósitos personales y valores sociales —que forman una dimensión vivencial del sujeto— con la tarea cognoscitiva y neutra del descubrimiento de realidades objetivas. Sin embargo, en la década de los años noventa una comunidad creciente de investigadores, entre los cuales se cuentan sociólogos, lingüistas, psicólogos y otros más, dedican sus capacidades intelectuales a la consecución de objetivos como los que mencionábamos, y ello a pesar de que pudieran parecer absurdos y ajenos al programa científico. Estos investigadores se proponen estudiar enunciados y discursos, preferentemente pronunciados por emisores públicos, para descubrir desigualdades o injusticias, para desmitificar estructuras de poder y para desnaturalizar ideologías (Wodak 1995: 204). El estudio comporta interpretar y comprender los sentidos de prácticas discursivas de políticos y otros agentes a través de los medios de comunicación social, con el fin de avivar la consciencia de los que padecen sus efectos de presión y dominio.

Como se podrá entender a continuación, la mención que hacemos de la línea de investigación en análisis crítico del discurso o ACD[9] tiene aquí una función positiva y central, ya que permite delimitar el marco de nuestro estudio, al tiempo que ejemplifica la naturaleza ideológica de la ciencia. Comenzando por este último punto de la retoricidad de la ciencia —por el que nos interesamos específicamente en el penúltimo capítulo—, comprobamos que los conceptos de objetividad y de veritación, que hasta ahora exigían el desconocimiento del contexto y de las convenciones que regulan la propia investigación, son rebatibles o, como poco, revisables. En definitiva, lo que argumentamos es la naturaleza retórica de toda disciplina científica, o sea, la reducción del saber a un conjunto de instrumentos discursivos, los cuales generan los objetos de las disciplinas y las reglas de verificación y validación. El debate que evocan las líneas inmediatas quiebra la hegemonía epistemológica y sitúa el problema del conocimiento en el campo de la construcción social y de la antropología cultural.[10]

En segundo lugar, conviene delimitar las características de nuestro estudio, encuadrado en el análisis crítico del discurso y sus principios interpretativos. Según Fairclough y Wodak (1997: 271-280), los ocho principios que orientan las actividades del análisis crítico del discurso presentan un programa de investigación interdisciplinar y que está referido a problemas sociales. El objetivo último de tal programa es una teoría crítica del lenguaje, que aspira formular a partir de los estudios particulares. El enunciado de los principios es como sigue:

 

1. El análisis crítico del discurso trata de problemas sociales.

2. Las relaciones de poder son discursivas.

3. El discurso constituye la sociedad y la cultura.

4. El discurso realiza una tarea ideológica.

5. El discurso es histórico.

6. La relación entre texto y sociedad es mediata.

7. El análisis crítico del discurso es interpretativo y explicativo.

8. El discurso es una forma de acción social.

 

Vamos a explicar el contenido de estos principios en este mismo orden de la lista y, lo que nos parece más interesante, de una manera práctica, al hilo de la lectura de la entrevista de Baltasar Garzón. No obstante ello, es oportuno en este punto dar cuenta de su sentido global. Consideramos que tres rasgos ofrecen una semblanza útil del conjunto. Son los rasgos de (i) la construcción, (ii) las mediaciones y (iii) el compromiso, que definimos de manera sucinta.

 

(i) Construcción discursiva de la realidad

La realidad, que es una construcción en continuo proceso, se vale del instrumento complejo del discurso. En otras palabras, el discurso es acción. Un aspecto principal de esta producción social es la lucha política para abarcar y controlar las fuentes públicas de comunicación y de creación ideológica.

(ii) Mediaciones discursivas

La intervención del discurso sobre el mundo es indirecta, ya que actúa en la historicidad de las épocas  y de los instrumentos comunicativos. Para entender el poso temporal de las épocas se precisa de una perspectiva histórica. Y para hacer otro tanto con los instrumentos hay que examinar los géneros discursivos y los mas media, en los cuales se concentra la poderosa industria de la conciencia.

(iii) Compromiso de la investigación

En tercer lugar, una vez configurado socialmente lo que nos circunda y sus problemas —el objeto de estudio—, entra en escena la investigación y su perspectiva científica, que definimos como comprometida, aplicada, interdisciplinar y crítica. El compromiso comporta rechazar, per falaz, el tópico de la neutralidad investigadora. Más aún, comporta la constitución de un nuevo objeto científico: el estudio de relaciones de poder y de desigualdades en los discursos. Por lo tanto, tiene una naturaleza aplicada, porque se orienta hacia problemas sociales; y una naturaleza también interdisciplinar, porque orquesta las aportaciones de gentes de diferentes campos de estudio. Finalmente, quiere adquirir una función crítica puesto que, en su búsqueda de una teoría holística del lenguaje,[11] fusiona reflexivamente técnica y conciencia personal.

3.3. Discurso analizado: entrevista con el político franco

La periodista Soledad Alameda entrevista a Baltasar Garzón cuando éste apenas se ha estrenado como diputado independiente, avalado por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE).[12] Antes de las elecciones parlamentarias el señor Garzón ya era un personaje público, per su tarea como juez de la Audiencia Nacional y la difusión en los medios de comunicación de resonantes sumarios que él había incoado sobre narcotráfico y terrorismo. Era un “juez estrella”, según había sido bautizado por los media. Como el interés informativo sobre su persona se mantiene en esta nueva etapa pública, ahora en las funciones de político y legislador, la entrevistadora indaga sobre las actitudes y los proyectos del ex juez Garzón, a la vez que le propone comparar las dos vertientes que ha conocido en su persona, la judicial y la política, para hacer con ello finalmente un balance profesional.

La entrevista consta de dos partes, la de la presentación y la del interrogatorio. La presentación se vale de un encabezamiento o lead, a modo de resumen de la situación, y de una pieza introductoria que describe en un tono elogioso la figura del diputado Baltasar Garzón. A continuación siguen cincuenta y cinco preguntas o intervenciones de la periodista, con las correspondientes respuestas, esta vez sin comentarios al margen o sobrepuestos por Alameda. Desde el punto de vista textual es, por lo tanto, una entrevista al uso, diríamos que canónica, lo cual significa que hay una elaboración notable del discurso y que tal elaboración puede pasar desapercibida tras el hábito inmemorial de la conversación y bajo el manto de la autenticidad que teje dicho hábito.

Hallamos un indicio menor, pero no por ello menos significativo, de esta elaboración en la presencia de tres tipos de material complementario, ya que la entrevista se acompaña de dos fotografías de gran formato en las que aparece Garzón posando en solitario en el hemiciclo de los diputados, además de diversos recortes de prensa —extraídos de la hemeroteca del diario— y de un inserto o texto independiente sobre la corrupción política. Hay que desmentir, en consecuencia, con tal relación de elementos semióticos, la impresión de aparente simplicidad del mensaje a la que nos inducen una excelente redacción y una compendiosa maquetación. Tanteando la envergadura de una lectura crítica del material, tan sólo el análisis de las imágenes podría acaparar disponible. Pero es prioritario el examen del texto a partir de los principios del ACD, y en ese cometido nos centramos. Los epígrafes que siguen expresan el contenido de tales principios, comenzando por el primero, referido a la relación entre análisis crítico y los problemas sociales.

3.4. El análisis crítico trata de problemas sociales

Esta entrevista a una celebridad elogiada y también vituperada por los media tiene una intención reveladora, ya que nos presenta al político en clave personal. “El ex superjuez descubre sus inquietudes políticas”, leemos en el esquemático resumen que figura en el índice de la revista. Así, la periodista realiza una indagación existencial, es decir, una aproximación al verdadero proyecto del diputado Garzón, y éste responde en un registro de conversación y unos términos casi informales, lo cual produce la sensación de una comunicación fluida y muy franca. Hallamos el anuncio de este guión de confidencias en el encabezamiento o entradilla del texto:

 

Garzón: el último ‘boy scout’. Ha sido el ‘superjuez’. Puso al Gobierno contra las cuerdas con el proceso contra los GAL., encabezó la mayor operación contra el narcotráfico y despertó pasiones contradictorias por formar parte de las listas electorales del PSOE. Ahora, desde el Parlamento y con el Gobierno, le llega su otra hora de la verdad.

 

Las líneas precedentes, además de identificar el tenor que rezuma la entrevista, son un meticuloso índice de los tres asuntos que se tratan, a saber, la lucha contra la delincuencia organizada, los aspectos políticos del paso de un juez al Parlamento y las críticas que ha recibido su persona por alguna de estas actividades. Tales tópicos reciben un tratamiento temporal propio de la demostración (el presente) y la deliberación (el futuro). Importa lo inmediato, lo que sucede ahora o está a punto de suceder, y los interlocutores se desinteresan del pasado y de lo que supera este contexto histórico tan próximo. Y es comprensible que obren así, puesto que la acción política en curso de la nueva legislatura resulta claramente noticiable. El gran cambio de rol político del protagonista y su incorporación a las disputas partidistas de los grupos parlamentarios son de por sí un asunto de actualidad. La incógnita que probablemente quiere resolver la periodista es el futuro inmediato de Garzón. Sin embargo, y a pesar de la concesión que hacen estas breves reflexiones, la elección de ese presente inmediato no favorece una conversación crítica sobre cosas mencionadas en la entradilla que acabamos de leer, por ejemplo, respecto de los GAL y las acusaciones de corrupción y terrorismo contra el Estado español.

Sabemos que una entrevista no es un debate, si bien la voz de la entrevistadora puede hacer creer que adopta un punto de vista contradictorio e inquisidor. Por una razón de género periodístico, entre Alameda y Garzón hay un acuerdo dialógico previo, que consiste en delimitar un marco de discusión, quizá también un tenor. En el caso que nos ocupa, el marco temático es el futuro de un parlamentario destinado a asumir ciertas tareas en el poder ejecutivo. Así pues, en el transcurso de la entrevista se combina presente y futuro, es decir, que se habla sobre quién es Garzón y, también, qué quiere hacer. Las manifestaciones que hablan de quién se vinculan al género discursivo epidíctico o demostrativo, particularmente idóneo para el elogio o la denostación.[13] Dicho de otro modo, hablar de su perfil psicológico y de su bagaje profesional es un procedimiento de presentación de una figura ética, ya sea para considerarla digna de credibilidad (elogio) o indigna (denostación). Las convenciones periodísticas prescriben la inhibición del periodista, en favor del juicio independiente del lector, si bien se otorga a la primera la función de proveedora de los medios retóricos convenientes para juzgar. Por un lado, pues, la entrevista retara o describe un estado de cosas, actual y dinámico, que se denomina la personalidad del emisor, el diputado Garzón. Por otro lado, y no separadamente, se plantean aspectos de futuro, proyectos y razonamientos de la acción, cosas todas ellas ligadas a la deliberación. Son las dos vertientes de una misma realidad, la vertiente personal y la pública. La exposición de la primera orienta y confiere credibilidad a los proyectos políticos de Baltasar Garzón.

La presencia en clave personal del político personaliza la política, le atribuye sentimientos, virtudes, voluntad y valores (Arfuch 1995: 117). Y la despoja de la nefasta idea de pugna sorda entre facciones o de la opacidad que surge de la concurrencia de aparatos de partido y de sistemas jurídicos. Es el simulacro de la política de la persona, mejor dicho, de la personalidad, de esa celebridad que se expresa llanamente, con la facilidad de los ejemplos cotidianos, las expresiones populares y las imágenes familiares. Es la divulgación política, que simplifica los términos, adelgaza las explicaciones y remite finalmente a la persona el sentido del mensaje. La celebridad, además, se siente apeada de la obligación del rigor y la coherencia, a cambio de la creación de efectos espectaculares, de la complicidad en la fascinación mediática. Y ello, a pesar de que paradójicamente se sienta utilizado por los medios de comunicación.

Hay también un punto que aglutina y trasciende estos aspectos particulares de la personalidad y de los proyectos legislativos de un diputado. En efecto, contra el trasfondo de la descripción psicológica y del programa político, se perfila la representación de una ideología de Estado y, concretamente, de unos poderes y de los agentes, de la jerarquía de problemas y de cómo resolver los conflictos que amenazan dicho Estado. En consecuencia, el asunto global de la entrevista no es tanto un perfil personal como la explicación concisa y práctica que propone esta persona sobre qué significa impartir justicia, emprender iniciativas legislaturas y ejecutar programas gubernamentales.

Según esta concepción de la entrevista concedida por el diputado Garzón, lo que se vierte son valoraciones sobre la ley, el orden y un gobierno fuerte y atento a los peligros que asedian el sistema democrático, de manera que se proporciona una definición ideológica muy interesante. El interés de esta propuesta ideológica yace en el hecho de que sobrepasa el ámbito personal de quien lo esboza y sintoniza o evoca una concepción tan dilatada que resulta de difícil catalogación. Es asumida por su grupo parlamentario, el socialista, pero también podría encajar en el ideario de diferentes grupos políticos de centro y conservadores. El hecho de que las afirmaciones de Garzón no parezcan distintivas de su grupo parlamentario puede deberse a dos razones. La primera consiste en el carácter independiente del diputado: no está afiliado al PSOE y, además, declara que ejercerá su libertad de voto. La otra podría responder a las limitaciones de la entrevista, en cuanto al espacio disponible y también al orden discursivo que marcan las preguntas. Pero lo cierto es que el proyecto resulta impreciso, carente como está de referencias y de un plan de desarrollo de sus objetivos. Más allá de las proclama abstracta de una voluntad regeneracionista, los objetivos se reducen a uno solo, el de la lucha contra el narcotráfico.

Sin embargo, no hemos de pensar que la ambigüedad y la constricción del discurso de Garzón sean un defecto sino, bien al contrario, su misma expresión de la fuerza de un proyecto cuyo alcance es transparlamentario. Es decir, que el rasgo más destacado del proyecto radica en su idoneidad para un gran arco parlamentario de partidos. He aquí, pues, el sentido de una propuesta ideológica que puede suscitar un amplio consenso y que se fundamenta en tres líneas de argumentación implícitas: la conservadora, la romántica y la populista. Se apela a la tradición conservadora cuando se pone el énfasis en la ley y el gobierno fuerte como solución de los problemas sociales, sean los de la drogodependencia y las mafias del tráfico de estupefacientes. Esta razonamiento reafirma la preeminencia del circuito que se establece entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial, y descarta o infravalora otras opciones, a pesar de las observaciones que denuncian la ineficacia de la política represiva. En segundo lugar, la proclama de la independencia del diputado Garzón invoca el principio romántico de la independencia del individuo. Con este argumento seductor —y sin embargo equívoco— basa el compromiso ético de la campaña contra la corrupción. Y es equívoco porque fomenta un ideal del liberalismo que se contradice con el modelo institucional del punto precedente y con la práctica grupal que lo caracteriza, al votar los parlamentarios según el criterio de su grupo. Finalmente, se puede observar en las manifestaciones del entrevistado elementos de estilo, como por ejemplo coloquialismos y referencias a la vida cotidiana que facilitan la identificación popular con el personaje. En conjunto, el proyecto ideológico del diputado Garzón es una pieza de un ideario neoliberal, que predica un reparto de instancias estatales y de libre iniciativa personal y empresarial, según los asuntos en cuestión.

3.5. Las relaciones de poder son discursivas

Las relaciones de poder no se dan en abstracto, sino que son negociadas y ejercidas en el seno del discurso. Y, en la cultura de masas, el formato discursivo más influyente es el mediático. Los políticos usan los media y a su vez los media los usan a ellos, lo cual no quiere decir que haya una relación transitiva sino que entre estos dos polos se establecen luchas y acuerdos para fijar el poder de cada cual. No importa tanto saber si los políticos explotan a los media o si por el contrario los media poseen el dominio efectivo; no importando tanto ello —los hechos pueden ser más complejos y remitirnos a una invención conjunta— como dilucidar los procesos de negociación entre las dos partes.

En una entrevista periodística destacan diversos aspectos relacionados con el poder. En primer lugar, cuenta la accesibilidad al medio de comunicación. No aparece en él quien quiere sino quien puede y esa capacidad de hacerse presente, como cuerpo y diálogo, en unas páginas está relacionada con la proyección pública del personaje político.[14] En segundo lugar, “el poder sobre el discurso es también una cuestión de capacidad para controlar y cambiar las normas básicas de las prácticas discursivas” (Fairclough y Wodak 1997: 237), lo cual significa que el orden y los elementos de la entrevista que mantienen la periodista y el diputado son el resultado de la tradición periodística, pero también de las relaciones de poder entre ellos dos, en el claustro específico del encuentro. A la periodista y a la empresa editora les corresponde escoger la extensión de la comunicación (cuánto), los asuntos (qué) y el tratamiento (cómo). De todos estos, el tratamiento acoge el aspecto más hondo de la autonomía mediática, puesto que el tono con que se presentan las manifestaciones del político y la estrategia o el hilo que sigue la periodista en el interrogatorio determinan el sentido global. Una muestra de los recursos de tratamiento de la información se halla en el exordio que realiza Sol Alameda. Lo forman tres párrafos de presentación, el primero de los cuales dice así:

 

Pasará tiempo antes de que la costumbre convierta al juez Garzón en el diputado Garzón. Pero la osadía, la fortaleza y la capacidad de trabajo que le hicieron más famoso que una estrella de rock, según escribió un corresponsal extranjero, se pusieron en duda el mismo día (sic.) que se anunció que quería ser diputado del PSOE. Él, que no cree que la buena fe sea virtud de todo el mundo, a pesar de tener nombre de rey mago, se sorprendió de la virulencia de la crítica. Tras ser estandarte de la honradez y la independencia, la representación del cargo público decente se transformó de la noche a la mañana en un Macbeth; el más ambicioso y más traidor de los personajes literarios. (p. 13)

 

Es fácilmente interpretable el fragmento como una síntesis de los hechos recientemente acaecidos, y que cumple con el requisito de informar sobre el contexto, sin olvidar algo tan substancial como la estimulación del interés en el lector, lo cual consigue al invocar dos cosas: la celebridad del personaje y los conflictos en que se ve inmerso. El marco que abraza toda la información se asemeja a una trama de suspense, que insufla el conflicto entre la bonanza o plenitud del pasado y las dificultades del nuevo destino. No es, sin embargo, una incertidumbre hiriente, ya que el personaje queda definido según unos rasgos psicológicos fuertes y positivos. Posiblemente, como se lee en el lector párrafo de la presentación —si continuamos con el texto—, su probidad y determinación le conducirán con acierto en la “regeneración de la vida política”, porque:

 

como creyente tibio piensa dejarse la piel en ello. Eso le salva de cualquier tentación de vanidad, le redime de la ambición que, seguramente, también anida en su corazón. Su cuerpo, sólido como una proa de granito, anuncia lo intransigente que se puede poner el juez si lo que él piensa que se prometió cumplir termina por no cumplirse.

 

La destacable solemnidad con que se describe la situación, en un tono épico, puede resultar desmesurada y sospechosa a los ojos del lector. Para deshacer esta posible sensación de desapego, la periodista inserta expresiones coloquiales, que presentan un brusco contraste de registros. Es cuando escribe que “le hicieron más famoso que una estrella de rock”, que era “el juez de moda” y “un tipo que necesita retos”, y por ello Felipe González “le lanzó una idea que era como un caramelo de fresa”. El cromatismo estilístico, por decirlo de un modo benigno, va acompañado de discordancias semánticas, como sucede en la primera frase del fragmento precedente: “como un creyente tibio piensa dejarse la piel”; o bien esta otra, de una ingenuidad pragmática sorprendente: “no cree que la buena fe sea virtud de todo el mundo, a pesar de tener nombre de rey mago”. Como todos saben, es incoherente relacionar el nombre de la persona con las cualidades del referente religioso, de la misma manera que resulta irrelevante demostrar el compromiso de alguien (“dejarse la piel”) aduciendo su condición no ya de creyente sino de creyente tibio. Sin embargo, haríamos bien en descartar el examen aislado y meticuloso de los enunciados, ya que su sentido se desprende del tono general o, como queríamos ejemplificar, del tratamiento que se aplica a la información y al personaje.

Si el tratamiento —elogioso y enfático, aquí— es un mecanismo de la autonomía de la periodista, al entrevistado, por su parte, le corresponden otros procedimientos de poder. Uno, de carácter infractor, consiste en la desestimación de las pautas que propone la periodista; por ejemplo, no cediendo la palabra o bien transformando una conversación en un discurso político. Otro procedimiento, positivo esta vez o manifiestamente cooperativo, se basará en el uso de la capacidad persuasiva, verdadero capital cultural amasado por el hablante. Fácil es imaginar la necesidad de estos procedimientos cuando el entrevistado se halle ante una pregunta inconveniente —es decir, no pr