Xavier Laborda Gil

 

Lingüística. Universidad de Barcelona

 

 

 

 

“Ironía, sarcasmo y cortesía en el agradecimiento político”, en Oralia, Vol. 5, 2002, p. 313-322.

 

Ironia, sarcasmo y cortesia en el agradecimiento politico

 

Xavier Laborda Gil

 

 

 

 

El alcalde Pasqual Maragall había preparado cuidadosamente su relevo en el Ayuntamiento de Barcelona. El socialista Maragall dejaba su cargo a media legislatura (ejercido de 1982 a 1997) para preparar su candidatura a las elecciones autonómicas de Catalunya. A tal efecto se convocó el plenario del consistorio para el día 26 de septiembre de 1997, una fecha que coincidía con las fiestas de la Merced, la Fiesta Mayor de la ciudad. En aquella sesión solemne, tal como había anunciado, el alcalde Pasqual Maragall pronunció un discurso de renuncia a su cargo.[1] Una de las primeras frases que dijo, provocada por los pitidos de protesta que le habían dedicado trabajadores del ferrocarril metropolitano, fue la siguiente: “Agradecemos esta música que tanto ha acompañado la construcción de la nueva Barcelona”. Y es este enunciado ingenioso y persuasivo el motivo de estudio de nuestro artículo.[2]

 

El ingenio es un motivo tradicional de admiración. Hay que convenir que el canon occidental proclama dos fuentes de admiración: la belleza y la inteligencia. Una manifestación chispeante de esta última es el ingenio. Pero el ingenio más celebrado resulta cuando se conjuga las dos fuentes expresadas —belleza e inteligencia— merced a la fineza cognitiva y la exquisitez expresiva (Garrido Medina 1997:27). Precisamente en esa feliz síntesis del ingenio hallamos reunidas las características de la bella y del bruto, de la seducción y de la estrategia o, lo que viene a ser lo mismo, la conjunción de la cortesía (Leech 1983) en las maneras y de la dureza en los juicios. La ironía (Fernández García 2001) y el sarcasmo, las paradojas y los juegos de palabras, son los recursos retóricos de estos estallidos, en ocasiones vanidosos y frívolos, que cuentan como un autohomenaje; y, en otras ocasiones, son juicios morales disfrazados de mundanidad, que suponen una crítica cabal del objeto de sus dardos.

 

El enunciado del alcalde Maragall, proferido en un acto público y solemne, se recorta como una alusión que afecta doblemente la cortesía. Por una parte, la reacción del orador resulta indirecta, mitigada, precisamente para resultar cortés o para no parecer descortés (Brown y Levinson 1987); en vez de replicar con una descalificación expresa, éste emplea la ironía para pronunciar una valoración muy negativa. Y, por otra parte, mediante la (des)cortés alusión, el político restituye su imagen de control sobre la situación y de legitimidad como autoridad municipal que se ha enfrentado a un largo conflicto sindical. En definitiva, mediante un acto de pseudocortesía el orador trata de disolver el efecto que ha podido producir en la audiencia la acción disruptiva de los manifestantes. Y la ironía sarcástica (Jorgensen 1999) es el recurso del que se vale para conseguirlo.

 

 

Tierras no tan lejanas

 

La literatura, que responde al doble mandato de obrar escenarios de la belleza y de la inteligencia, ofrece un campo inagotable de ejemplos de ingenio. Basta con fijarse en los diálogos para hallar muestras de lo que la retórica interpersonal denominan asertividad y empatía, o bien la misma retórica clásica señala como carisma y eticidad (Laborda 1996:145s). Para nuestro objeto, es asertivo el personaje que afronta una situación adversa con unas manifestaciones contundentes y eficaces.[3] Permítasenos citar un breve diálogo, cuyo interés no radica tanto en su contenido como en que esa muestra exhibe un género artístico, el cinematográfico, muy activo en el imaginario contemporáneo. [4]

 

Cantinero: ¿Qué busca por aquí, forastero?

Vaquero: Nada, forastero.

Cantinero: Yo no soy forastero.

Vaquero: Para mi, sí.

Cantinero: ¿De dónde viene?

Vaquero: Lo he olvidado.

Cantinero: ¿A dónde va?

Vaquero: Quién lo sabe.

Cantinero: Un bonito lugar. Lo conozco.

Vaquero: Yo aún no, paisano.

 

La asertividad que vemos reflejada en esta pugna verbal permite al vaquero mostrarse firme ante el interrogatorio de un cantinero insistente y dado a la sorna. “Quién lo sabe” es un bonito lugar, replica irónicamente el cantinero para manifestar su disconformidad con las respuestas de un vaquero que no acepta la calificación discriminatoria de forastero y que cierra el duelo verbal con una escéptica afirmación: “Yo aún no [conozco ese bello lugar]”. Es una lucha de ingenio, en la que cada cual muestra dos rasgos simbólicos de la pericia de control propia de gente batalladora: determinación y reflejos para reaccionar. Otro diálogo entre el mismo vaquero forastero y el juez local, en el que destaca la humorística e intencionada falta de empatía, expresa la misma voluntad de los personajes de medirse en duelo dialéctico (Laborda 1996:54).

 

Vaquero: ¿Dónde está el sheriff?

Juez: No se encuentra bien.

Vaquero: ¿Grave?

Juez: Sólo muerto.

 

El juez no parece asertivo pues no se muestra interesado por entender el punto de vista de su interlocutor. Pero esta disfunción en la empatía y la desconsideración por el finado supone una forma elaborada de cooperación, ya que comunica un diferente horizonte moral: la muerte violenta es algo habitual; la muerte de un individuo causa menos problemas que la convalecencia de los heridos; la muerte del sheriff no es ninguna excepción a las anteriores suposiciones.

 

 

La pasión de los fuertes

 

Es prudente aclarar que la situación en que se produjo el parlamento del alcalde dimisionario Pasqual Maragall alcanzó un tono incomparable con los duelos de los westerns. No es nuestro propósito comparar estos dos extremos sino indicar la presencia común de recursos asertivos para desembarazarse de conflictos.

En aquellos días, como hemos indicado, la ciudad celebraba su Fiesta Mayor. Y, en el Ayuntamiento, había acuerdo político de la coalición gubernamental y, además, en los grupos de la oposición se veía con resignación la continuidad política de la legislatura. Por otra parte, y esa era la razón de la dimisión, se vislumbraba un nuevo frente de pugna del carismático Maragall por la presidencia del gobierno de la Generalitat de Catalunya (Mauri, Uría 1998:480). La semana de fiestas patronales en honor a la Mercè era, pues, un marco exultante y congruente con el traspaso de la vara de mando a Joan Clos, también del Partido Socialista de Catalunya. Quizá se deba a estas circunstancias plácidas la razón por la que un periodista quiso destacar un hecho anecdótico, la pitada de los trabajadores del Metro, como único contraste en el aire de suficiencia que respiraba el equipo de gobierno. Decía el cronista:

 

Pasqual Maragall se despidió de los barceloneses fiel a ese estilo intimista, coloquial, familiar que ha caracterizado la mayoría de sus discursos. Llegó a la tribuna del Saló de Cent y aludió a los pitidos —trabajadores del Metro— que había oído. “Agradecemos esta música que tanto ha acompañado la construcción de la nueva Barcelona”.[5]

 

La respuesta de Maragall —hemos de creer que improvisada— es una muestra de capacidad retórica, de oficio, de ingenio y de reflejos, para incorporar a su discurso lo que molesta, el contra discurso, y aprovecharlo en beneficio propio. Es la respuesta del fuerte a la travesura de unos recién llegados de bajo perfil. También, la réplica con la autoridad que le confiere el cargo y una personalidad sociable y extravertida, así como los instrumentos y la tipología del uso de la palabra en una alocución: micrófono, tribuna y protocolo. En definitiva, aquí hallamos un escenario y un enunciado propios de la “pasión de los fuertes” por el discurso público.

 

Es norma de cortesía y un motivo de distinción agradecer los favores o beneficios recibidos. Dar las gracias es un acto de los denominados expresivos, en el cual el emisor manifiesta un estado de ánimo de reconocimiento y gratitud. La forma para expresarlo estereotipadamente es “¡gracias!”, cuando el beneficio es pequeño o la situación convierte en evidente la intención de quien habla; por ejemplo, las “gracias” que da el camarero por la propina. O también puede ser un enunciado sintácticamente complejo, como aquel con que se precisa quién agradece a quién y por qué beneficio recibido (Gutiérrez 1999:34). Sin embargo, en la proferencia maragaliana no se da ni una ni otra posibilidad, sino que se aplica una tercera vía: la estructura predicativa simplificada. En ella falta el sujeto que agradece y el dativo o el objeto personal del agradecimiento.[6] El siguiente cuadro ejemplifica los tres tipos de enunciados:

 

estructura nominal

¡Gracias!

estructura predicativa

Alguien

da las gracias

a otra persona

por alguna razón

enunciado de Maragall

Ø [Nosotros]

Agradecemos

Ø

esta música…

 

Hablemos de los sintagmas ausentes en el enunciado de Maragall: quién y a quién. ¿Quién agradece? Por la deixis verbal, hemos de responder que quien agradece es “nosotros”. Como sólo habla el alcalde, el sujeto plural que se enuncia explota sabiamente la ambigüedad. ¿El hablante se manifiesta con modestia? ¿O tiene quizá un sentido de colectivo, aplicable al gobierno, al consistorio, a la ciudad?

 

Cualquiera de las interpretaciones que se brinde puede ser acertada, por la sencilla razón de que el sujeto sugerido ambiguamente presiona el fantástico mecanismo de la inclusión. Es decir, que ofrece a la audiencia la posibilidad de identificarse con el orador y sentirse que forma parte de un colectivo extenso y cohesionado.

 

Por otra parte, llama la atención el silencio de Maragall respecto de quiénes son los merecedores de su agradecimiento. Por la situación, se ha de entender que se trata de aquellos que le han pitado durante la sesión plenaria. Pero esta explicación es insatisfactoria, porque el conjunto (el colectivo de trabajadores del Metro) es superior a las partes (gente que protesta con una pitada) y porque la protesta no representa la totalidad de las acciones sindicales reivindicativas durante años.

 

Al evitar Maragall dar nombre a los emisores de la “música” juega con sagacidad pues evita con ello concederles entidad colectiva y sentido a su ruidosa intervención. Sin rostro y sin nombre, los manifestantes apenas son una molestia pasajera e insubstancial. Es cierto que la elipsis camufla la identidad de los alborotadores, pero aún más interesante resulta el hecho de que esta licencia sintáctica refuerce el sentido irónico de las manifestaciones del político. ¿Por qué habría de mencionar a quien desea censurar?

 

 

Misión de audaces

 

La ironía es un juego de la inteligencia verbal que consiste en dar a entender un sentido contrario del que se expresa.[7] Pasqual Maragall emplea términos positivos, los de “agradecer” y “música” para comunicar un reproche por una disonancia no tanto sonora como social. Observemos que la elección de términos placenteros para manifestar unos hechos desagradables beneficia al orador, cuya eticidad o imagen queda revalidada. El efecto humorístico que pueda provocar la figura de la ironía se basa en el contraste entre dos ámbitos, que, en los inusuales términos de Port-Royal, son el “discurso externo” o habla y el “discurso interno” o pensamiento. Aquí registramos un doble contraste de los ámbitos (explícito-implícito) y del sentido de los términos (positivo-negativo), tal como se expresa en el cuadro.

 

se dice en términos positivos

se comunica sentidos negativos

Agradecemos esta música que tanto ha acompañado la construcción de la nueva Barcelona

Reprochamos esta pitada que no ha dejado de sonar durante los años en que hemos trabajado para una nueva Barcelona

 

La comprensión del enunciado no plantea ninguna dificultad para un destinatario común. Sin embargo, podemos preguntarnos de qué manera discierne éste la parte oculta del acto comunicativo. La recepción de la ironía y del humor consiste en realizar ciertas operaciones cognitivas o inferencias para captar el sentido intencional del enunciado. (Tuson 1999:75). El análisis pragmático explicita las inferencias que permiten dicha interpretación:

 

a) La “música” ociosa y, especialmente, la música de protesta no son un procedimiento socialmente cooperativo.

b) En este tiempo dilatado de pitadas se ha construido la nueva ciudad.

c) Los sujetos que de modo recurrente pitaban no han podido contribuir a la construcción de la ciudad porque estaban empecinados en su protesta.

d) Los constructores han sido otros; quizá sean esos benevolentes “nosotros” que saben “agradecer”, aunque sea con sorna.

e) Ahora Barcelona es una nueva ciudad.

 

La cadena de inferencias resulta convincente porque aglutina dos instrumentos de la argumentación: el uso de las connotaciones y el refuerzo de la identificación y de la alienación. Para examinar el peso de la connotación nos fijamos en el único sintagma que aparece repetido en dos ámbitos de la expresión y del sentido: “la construcción de la nueva Barcelona”. Se considera la construcción una actividad positiva, porque forma materialmente una cosa o porque supone de manera figurada una actividad cooperativa. A su lado, el adjetivo “nueva” resultaría redundante, un pleonasmo, si no fuera que vale como intensificador de los vocablos. El vocablo “nuevo” posee dos valores: lo reciente, una cualidad necesariamente efímera; y aquello posterior a otro objeto al que viene a reemplazar o al cual viene a sumarse. En esta última acepción radica en realidad la intención del alcalde al referirse a una ciudad que ha cambiado y mejorado. Y la polivalencia de la etiqueta ofrece al público muchas posibilidades para un mismo tópico y principal comentario del enunciado: la excelencia de un trabajo que se inició en 1979 con un consistorio democrático. Así pues, nuevo puede connotar:

 

a) reciente.— Un periodo de dos décadas.

b) substitución.— La novedad de aquello renovado, moderno y competitivo.

c) añadido.— La cualidad en los valores cívicos, en los usos de los recursos y los servicios a los ciudadanos, en el goce de una particular estética urbana (a que Barcelona es tan vanidosamente dada), etc.

 

Junto con el juego de connotaciones se establece una delimitación específica de los agentes en dos categorías. Por identificación, obtenemos el nosotros que agradece y que, implícitamente, construye la ciudad. Y por alienación, los otros, autores de la pitada y sus semejantes. La figura de estos agentes resulta calificada por los atributos antagónicos. Los que se identifiquen con el orador son cálidos y agradecidos, ni que sea mediante una benévola ironía; los demás son ásperos y protestatarios. Unos son persistentes en su tarea constructiva; los otros, obstinados en su propósito. Los primeros persiguen un bien general e inconmensurable; los otros, un provecho particular. El altruismo y el gremialismo, encarados en un duelo. El orador ha servido a sus oyentes mucho más que una respuesta a la molesta irrupción. Ha presentado una miniatura moral, una historia edificante.

 

 

El rostro impenetrable

 

El acierto del orador que improvisa un comentario disolvente sobre el incidente de la pitada consiste en manifestarse carismáticamente, cosa que hace con la estricta observación de los tres principios éticos que señalaba Aristóteles en su tratado retórico: prudencia, veracidad y benevolencia. Se muestra prudente puesto que, entre aparentar que no ocurre nada o mencionar el hecho evidente de los pitidos, opta por incorporar el incordio a su discurso. En segundo lugar, aunque ironice, resulta veraz porque no prevarica, como sería el caso de quien, por ejemplo, dijera que “esta música nos ha ayudado a construir la ciudad”; los representantes institucionales soportan las protestas sindicales, pero raramente las consideran una ayuda. Y, finalmente, es benevolente ya que muestra una indulgencia que capta para sí mismo la simpatía del público.

 

Sin embargo, la buena imagen del orador consiste en algo más que presentarse adornado con unos méritos éticos. También le favorece la exhibición que hace de la pericia o competencia retórica. Consigue esto último Maragall con notable desenvoltura merced a tres capacidades oratorias: flexibilidad, argumentación persuasiva y asertividad. Demuestra flexibilidad cuando menciona un hecho actual e innegable, lo incorpora a su discurso e inmediatamente rebate su legitimidad, todo ello sin mostrar que se aparta del guión previsto. Hace gala de sagacidad argumentativa porque presenta el contraste descomunal entre un hecho anecdótico y un fenómeno social: la protesta sectorial, sobre el fondo épico de la construcción de la ciudad. La comparación funciona por reducción al absurdo. Y es asertivo cuando propone esta comparación, porque, si bien resulta expeditivo, rehuye al tiempo la agresión verbal.

 

Las observaciones precedentes sobre el buen orador, que proceden de la retórica clásica y de la interpersonal, son concordantes o, incluso, redundantes, tal como sugieren las conexiones del siguiente cuadro:

 

principio ético (retórica clásica)

estrategia de la pericia (retórica interpersonal)

prudencia

mención del incidente de la protesta

flexibilidad

veracidad

ironía, humor, asociación hiperbólica

argumentación persuasiva

benevolencia

declaración indulgente

asertividad

 

La conclusión que podemos extraer de estas precisiones es que Pasqual Maragall accedió a la tribuna del Saló de Cent y mencionó el incidente adverso de la pitada para desestimarlo mediante la apelación a un fenómeno favorable a su gestión y de ámbito incomparablemente superior, como es la modernización de Barcelona durante sus mandatos y el de su antecesor, Narcís Serra. El agradecimiento que simulaba cuenta como la reprensión de unos agentes crítico que no deseaba mencionar. Pero el sarcástico agradecimiento cuenta también y especialmente como un elogio del conjunto de los barceloneses, representantes en la sinécdoque de la ciudad. Y, por inevitable extensión, como un elogio de la propia acción de gobierno.

 

Sin embargo, observamos un detalle que permanece aún por desvelar. En un escenario tan magnífico como el Saló de Cent y en el curso de un canto tan ceremonioso como el relevo en el cargo de alcalde, lo que resulta inverosímil y enigmática es la descripción que hacía el periodista del estilo característico de Pasqual Maragall. Decía de él que era intimista, coloquial y familiar. ¿Cómo se puede ser intimista, coloquial y familiar, en una sesión solemne que congrega a invitados ilustres y la atención de la prensa y de los barceloneses? La respuesta a esta paradoja puede hallarse en el tenor característico del orador. Su tenor ligeramente informal y humorístico, como un excipiente de agradable gusto, envolvió un discurso político planificado y esencialmente formal que, sin embargo, se escuchaba como si se tratase de una conversación, de un diálogo dirigido personalmente a cada oyente. Más allá de esta percepción, perfilada con buen sentido por el periodista, lo que el público escuchó en aquella sesión de relevo en la alcaldía fue un espléndido panegírico, sazonado con una lección moral que recuerda la fábula de la cigarra que se abandonaba a su música y las laboriosas hormigas, en su proeza de convertir el instinto en un valor social. Al fin y al cabo, el enunciado “agradecemos esta música que tanto ha acompañado la construcción de la nueva Barcelona” cuenta como un agradecimiento entonado en falsete para sugerir una historia diferente, placentera y encomiástica (Montoya y Riquer 1998:37). O, si así lo quieren ver —volviendo al escenario cinematográfico del westen—, un duelo bien desigual en O.K. Corral.

 

 

Bibliografía

 

Brown, P.; Levinson, S. C. (1987): Politness. Some Universals in Language Use, Cambridge, Cambridge University Press.

 

Castanyer, O. (1996): La asertividad, expresión de una sana autoestima, Bilbao, Desclée De Brouwer.

 

Fernández García, F. (2001): “Ironía y (des)cortesía”, en Oralia, 4 (2001) 101-127.

 

Fernández-Santos, A. (1988): Más allá del Oeste, Madrid, Ediciones El País.

 

Garrido Medina, J. (1997): Estilo y texto en la lengua, Madrid, Gredos.

 

Gutiérrez Ordóñez, S. (1999): “¡Buenas!”, en Homenatge a Jesús Tuson, Barcelona, Empúries, pp. 131-143.

 

Jorgensen, J. (1996): “Relevance theory and the communication of politeness”, en Journal of Pragmatics, 26 (1996) 613-634.

 

Laborda, X. (1996): Retórica interpersonal. Discursos de presentación, dominio y afecto, Barcelona, Octaedro.

— (2000) “Quan agrair és reprendre”, en Isabel de Riquer et alii (ed.), Professor Basilio Losada: ensinar a aprender con libertade e risco, Barcelona, Universitat de Barcelona, p. 456-462.

 

Leech, G. N. (1983): Principles of Pragmatics, London, Longman.

 

Mauri, L.; Uría, L. (1998): La gota malaia. Una biografia de Pasqual Maragall, Barcelona, Edicions 62.

 

Montoya, J.; Riquer, I. de (1998): El prólogo literario en la Edad Media, Madrid, Uned.

 

Tuson, J. (1999): ¿Com és que ens entenem? (si és que ens entenem), Barcelona, Empúries.

 

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[1] Pasqual Maragall fue teniente de alcalde en el consistorio del alcalde Narcís Serra constituido en abril de 1979, a quien substituyó en el cargo el 2 de desembre de 1982 cuando Serra fue nombrado ministro de Defensa. Después Maragall revalidó la confianza de los electores en los comicios municipales de 1983, 1987, 1991 i 1995 (Mauri y Uría 1998:449).

[2] Se publicó una primera versión en catalán de este escrito, bajo el título “Quan agrair és reprendre”, en I. Riquer et alii (Laborda 2000:456-462).

[3] Véase la obra de Olga Castanyer (1996:21) y su definición de asertividad como “capacidad de afirmar los propios derechos, sin dejarse manipular y sin manipular a los demás”.Esta concepción psicologicista, trasladada a la conducta verbal, se traduce en la capacidad de expresar sentimientos, defenderse sin agresividad, discrepar, pedir aclaraciones, decir “no” o reconocer errores.

[4] Diálogo de la película del oeste La dama de la frontera o Frontier Gal, de Charles Lamont (1945), extraído del magnífico libro de Ángel Fernández-Santos (1988). Precisamente, nuestres epígrafes son referencias a títulos del western que quieren invocar afablemente un trasfondo simbólico: Tierras lejanas (The far country, Anthony Mann), La pasión de los fuertes (My darling Clementine, John Ford), Misión de audaces (The horse soldiers, John Ford), El rostro impenetrable (One Eyed Jacks, Marlon Brando).

[5] Arcadi Espada, “Relevo en la alcaldía”, El País, 27-10-1999, Cataluña, p. 3.

[6] Lo que expresa el alcalde podría encajar también en el molde nominal, si dijera “Gracias por esta música”, a la manera como el escritor valenciano Ferran Torrent titula su novela Gràcies per la propina.

[7] Francisco Fernández García (2001:104ss), en el artículo que recoge el estado de la cuestión en los estudios pragmáticos, advierte con propiedad sobre la simplificación que supone la definición usual de ironía como expresión de un sentido contrario.