Xavier Laborda Gil

 

Lingüística. Universidad de Barcelona

 

Publicaciones: libros

 

 

 

Retórica interpersonal

Discursos de presentación, dominio y afecto

 

Xavier Laborda

 

 

 

Barcelona, Octaedro, 1996

 

 

Xavier Laborda

Retórica interpersonal. Discursos de presentación, dominio y afecto

Barcelona, Octaedro, 1996, 154 pág.

ISBN: 84-8063-233-X

 

 

Nota: Quedan reproducidos en este documento los capítulos del libro en que se resume el plan de la obra y su contenido: “Palabras de presentación” y “Conclusión”.

 

 

 

ÍNDICE

 

Palabras de presentación

Retórica interpersonal

Modelo clásico: yo, tú, ello

Identificación e inclusión, dominio y afecto

Móviles de la acción y estrategias

Me llamo Guitar

A disposición de los órganos

Emilio querido

Conclusión

Referencias bibliográficas

 

 

 

 

 

PALABRAS DE PRESENTACIÓN

 

 

            Presentamos un trabajo práctico sobre el uso de estrategias comunicativas en discursos interpersonales, realizado desde la perspectiva de la retórica y la pragmática. Las estrategias son sistemas de regulación del habla que operan mediante la planificación y la dirección del comportamiento comunicativo. La retórica es arte de la palabra y de los recursos para persuadir, fundada por la filosofía griega para tratar del habla pública e institucional. La pragmática consiste en el estudio de los principios que regulan el uso del lenguaje y orientan sobre su comprensión y adecuación, particularmente centrado en los géneros privados e interactivos de la conversación y la entrevista social.

            La afinidad que vincula a la retórica y la pragmática es su interés y complementariedad en el análisis del discurso y sus efectos persuasivos. Por discurso se entiende la producción lingüística que se percibe como significativa, unitaria e intencional. Y los efectos persuasivos dimanan de la fuerza del decir o ilocución y de la perlocución u objetivo global del acto de comunicación.

                        Como el campo que se ofrece resulta amplísimo, en el presente trabajo exploramos un aspecto de la persuasión que se refiere a los móviles interpersonales de la comunicación (Ambrester y Strausse, 1984; Schutz, 1960) y analizamos discursos de presentación, dominio y afecto. Los actos de presentación permiten el reconocimiento de los sujetos y su identificación grupal, con lo que se aminora la distancia social que les separa y se combate la exclusión y la alienación. Los actos de dominio regulan la voluntad y las decisiones de los hablantes, de modo que éstas pueden ejercerse con autonomía y respeto mutuo; el comportamiento discursivo que satisface esta necesidad es asertivo y ético, y resulta incompatible con la agresividad y la sumisión. Finalmente, los actos afectivos indagan y cultivan la predisposición a querer. En suma, disponemos de tres instrumentos que explican la causa y el sentido de ciertos actos comunciicativos que satisfacen necesidades personales de inclusión, control y afectividad. Son los instrumentos de las modalidades perlocutivas interpersonales.

            En el esquema de la obra podemos distinguir tres partes, que están dedicadas, sucesivamente, a la explicación, la exploración y la ejemplificación. La primera, que presenta el marco adoptado y explica conceptos y referencias generales,  agrupa los capítulos de la Retórica interpersonal y Modelo clásico. El capítulo Retórica interpersonal se abre con la pregunta sobre qué significa hablar, recuerda luego las interpretaciones que aportan cuatro corrientes retóricas, y expone el concepto y las máximas de dos categorías discursivas, la conversación y la entrevista social. En Modelo clásico se traza las afinidades entre la retórica clásica y la relacional, resumidas en el principio ético y sus fuentes psicológica y cívica.

            A continuación, la parte de exploración de las necesidades comunicativas acoge dos capítulos, Identificación e inclusión, dominio y afecto y, también, Móviles de la acción y estrategias. Desarrollan el modelo de retórica relacional o de satisfacción de las necesidades comunicativas. Y delimitan los instrumentos sucesivos que llevan a las acciones comunicativas, que son los móviles, las estrategias y las técnicas persuasivas. Figuran los móviles de la identificación, la conformidad y la interiorización, y las estrategias de gratificación, sanción, pericia y compromiso. Entre las técnicas o procedimientos pautados se tratan las de el-pie-en-la-puerta, la-primera-en-la-frente, la-buena-persona y pobre-de-mí. La articulación de tales recursos retóricos está orientada, en definitiva, a la realización de la criatura retórica, en sus necesidades simbólicas de aceptación social, reconocimiento de su competencia, responsabilidad y autonomía, y la fundación de vínculos afectivos y de íntima identificación.

            Por último, la ejemplificación recoge y analiza discursos de inclusión, dominio y afectividad, respectivamente, en tres capítulos más, Me llamo Guitar, A disposición de los órganos y Emilio querido. En Me llamo Guitar se examina proposiciones de presentación, un diagnóstico médico y ciertos usos publicitarios que crean inclusión. A disposición de los órganos propone la lectura de una carta abierta de un político a un compañero de partido e inquiere sobre el acto de la dimisión como procedimiento paradójico de presión y dominio. En el último capítulo, Emilio querido, tenemos ocasión de conocer una carta privada entre dos amigos y de discurrir sobre la expresión de la afectividad, tamizada por efectos discursivos de una sociedad humorística. Se cierra el trabajo con una Conclusión que recapitula sobre algunos aspectos destacados, y aspira a formular más preguntas y alentar otras investigaciones críticas del discurso.

            En el trasfondo de la presente obra de retórica interpersonal están las cuestiones sobre cómo funciona la cooperación comunicativa entre los seres que responden al intercambio simbólico, en qué les satisface este hacer y qué sabe el sujeto al respecto. El conjunto que presentamos aquí aborda, de modo aplicado, la retórica como arte que trata de los recursos públicos e interpersonales de que se vale el sujeto para formar su identidad, disponer y conciliar voluntades, y enraizar su estima en el tejido social inmediato.

            Sostenía el machadiano Juan de Mairena en su clase de retórica que, para tratar del arte de bien decir, hay que abrirse a la vida y al pensamiento. Y añadía algo admirable:

 

Para decir bien hay que pensar bien, y para pensar bien conviene elegir temas muy esenciales, que logren por sí mismos captar nuestra atención, estimular nuestros esfuerzos, conmovernos, apasionarnos y hasta sorprendernos.

 

            Siguiendo esta enseñanza, nos habría gustado reducir las explicaciones téoricas y desarrollar más la lectura y el comentario de discursos. Originalmente, nuestro estudio pretendía concentrarse en cartas literarias o personales de autores como Rainer María Rilke, Vincent Van Gogh o Fernando Pessoa. De entre todos los textos seleccionados, sobresalía uno que despierta nuestra atención y nos apasiona, Epístola: In Carcere et Vinculis, también conocido como De profundis. Es la extensa, magistral y conmovedora carta que escribe Oscar Wilde, estando preso en la cárcel de Reading y sometido a trabajos forzados. Posiblemente sea la carta más extensa que se haya publicado nunca; pero lo que la hace fascinante para un estudio retórico, además de su valor humano y literario, es que trata un tema esencial: el dolor por la negación de todas las necesidades personales de comunicación, en una situación ruinosa de estima propia, aprobación social, independencia y amor. Un tema y una carta esenciales, como definiría Machado, y que quizá por eso mismo han sobrepasado los límites de este estudio. Sin embargo el proyecto de su análisis retórico ha estimulado nuestro esfuerzo en la liínea descrita más arriba.

            Las referencias a las fuentes que he utilizado, tal como aparecen en las páginas del libro, no atestiguan con justeza mis deudas, por la necesidad de una exposición concisa. Además de una evidente filiación respecto de los clásicos, deseo expresar mi reconocimiento a Marcus Ambrester y Glynis Strause, Bice Mortara, Gilles Lipovetsky, Jerome Bruner, Roland Barthes, Michel Foucault y Emilio Lledó. Y, en especial, a las compañeras, compañeros e investigadoras Teresa Velázquez, Natalia Mewe-Fernández, Albert Bastardas, Carles Monereo, Jordi Solé, Joaquín Garrido, Jacqueline Jacquet, Juan Antonio Almendros, Manuel Serrat, Lucía Almodóvar, Montserrat Brau, Blanca Bravo, Sílvia Vallejo y Mireia Valls.

 

 

 

 

CONCLUSIÓN

 

 

Dijo que venía escoltado por dos divinidades: la Persuasión y la Fuerza. (Plutarco)

 

 

            Un tópico tan extendido como discutible proclama que la nuestra es una cultura de la imagen y que en los hablantes se aprecia una disminución de las capacidades orales. Una opinión así puede deberse a impresiones superficiales o a comparaciones apresuradas. Lo cierto es que, si se acude a la cuestión central de qué significa hablar, de su respuesta -y cotejo con nuestra experiencia- difícilmente se podrá extraer tan alarmante conclusión.

            El hecho de hablar implica socialización y conocimiento compartido, de modo que el individuo sea capaz de satisfacer sus necesidades dialógicas y persuasivas. La socialización enseña a saber escuchar y a aprovechar los recursos de la alfabetización como institución lingüística que incrementa las posibilidades de géneros, registros y estilos. Una prueba de que se ha operado la socialización en el individuo es que domina un conocimiento compartido o común, que le permite cooperar con los demás en los actos de habla para que la comunicación sea eficaz y respetuosa. Las necesidades primarias que satisface el discurso afectan a la identidad del sujeto, a su influencia sobre los interlocutores y al desarrollo de vínculos afectivos. Para ello se mostrará preferentemente asertivo y empático, que son formas de ejercer con firmeza sus roles y de reconocer al otro como alguien merecedor de atención y comprensión. En definitiva, la persuasión se perfila como un modelo ético de comportamiento discursivo. Se es ético al hablar con prudencia, veracidad y benevolencia, de modo que nuestro discurso resulte edificante, legítimo y benigno; así se adquiere la elocuencia que merece credibilidad y que ejerce influencia en los oyentes.

            Para Antonio Machado, la capacidad oratoria equivale esencialmente a saber dialogar (Juan de Mairena, VIII) y eso es lo que cabe exigir al orador:

 

Al orador, es decir, al hombre que habla, convirtiéndonos en simple auditorio, le exigimos, más o menos conscientemente, no sólo que sea él quien piensa lo que dice, sino que crea él en la verdad de lo que piensa, aunque luego nosotros lo pongamos en duda; que nos transmita una fe, una convicción, que la exhiba al menos, y nos contagie de ella en lo posible. De otro modo la oratoria sería inútil, porque las razones no se transmiten: se engendra, por cooperación, en el diálogo.

 

            Por lo tanto, ¿qué significa hablar? Significa que la elocuencia no puede elevarse sobre el diálogo sino en su mismo seno. Hablar significa saber escuchar -socialización-, ser cooperativo y cortés -conocimiento compartido-, ser asertivo, empático y respetuoso con la autoestima del otro -necesidades personales-, además de alcanzar la elocuencia que hace digno de fe, con pensamiento prudente, palabra veraz y sentimiento generoso -persuasión-. Esta es la definición sintética que deparan la retórica y la pragmática, disciplinas que estudian los principios reguladores de la actuación lingüística, en sus usos discursivos, su comprensión y adecuación, y sus efectos persuasivos. No obstante, retórica y pragmática también ofrecen por separado precisiones particulares.

            Para la retórica hablar persuasivamente es realizar ordenadamente unas operaciones, atender a la audiencia y la finalidad del acto, así como pulsar los argumentos que corresponda, en especial aquellos que den credibilidad a quien habla. O, lo que es lo mismo, hablar persuasivamente significa observar cuatro principios, el procesal, el de relación, el probatorio y el ético, que a tales se refieren las actividades enunciadas previamente. El principio procesal indica la convención de realizar cinco operaciones, que consisten en inventar qué decir -héuresis-, disponer esto en partes -taxis-, escoger el tono y los términos adecuados -lexis-, ejercitar la retentiva -mneme- y actuar a partir de lo preparado -hypókrisis.

            Según los clásicos, de todas la operación fundamental es la de invención, seguida después por la memoria. Por invención se entiende no ya la originalidad o el ingenio raro sino algo similar a lo que nos referíamos al mencionar la socialización, es decir, el buen conocimiento y selección de los recursos sociales de argumentación -como el entimema- y narración, de los tópicos y de los ejemplos históricos. De ahí que la invención equivalga al dominio de saberes compartidos y a elecciones proporcionadas y canónicas. La segunda operación es la disposición y, en lo que afecta al discurso público, tiene una estructura teatral, en tres actos; en el primero o exordio se fomentan sentimientos cordiales y de inclusión o aceptación y, en el último o epílogo, se incrementa el tono emotivo hasta donde convenga para conmover y cerrar la negociación, mientras que en el acto central se dispone el material que instruye en lo claro y verosímil. La siguiente operación o elocución ha de conseguir la corrección -puritas-, la claridad -perspicuitas-, la belleza figurativa -ornatus- y la eficacia expresiva -economía-, con elecciones de calidad léxica y figurativa y de cantidad o caudal. A su vez, la memoria se ejercita y puebla con la socialización alfabética, de modo que se adquiere una memoria artificial, como denominan los rétores, que no sólo acredita conocimientos o saber declarativo sino destrezas para tratarlos o saber procedimental. En último lugar viene la acción, de una vistosidad innegable pero engañosa porque en su variedad, dependiente de modas y lisonjas, cuenta principalmente la presencia, la dicción y la entonación de quien realiza el discurso, cosas éstas que estarán al servicio de la planificación indicada y tendrán el realce que tal preparación merezca.

            La enseñanza retórica suma al principio procesal tres principios más. El de relación indica que la producción ha de atenerse a los factores de situación, que son el auditorio, la finalidad del acto y las circunstancias que lo rodean. En efecto, hay que considerar esos factores en conjunto y, para satisfacerlos en el habla pública, está la distinción de sus tres géneros: forense, deliberativo o parlamentario y demostrativo o espectacular. Lo que importa al respecto es que cada género actúa como una plantilla que orienta al orador sobre cómo puede comportarse, al tiempo que le advierte de cinco factores implicados: el tipo de auditorio -jueces o público-, finalidad -acusar o elogiar-, objeto -lo justo o lo bello-, el tiempo al que se remite -la acusación, en el pasado, el elogio, en el presente-, y las pruebas aducibles -entimemas para acusar y ejemplos para el elogio o panegírico-. En el habla privada hallamos dos grandes géneros, el de la conversación y el de la entrevista social, que giran en torno a la alternancia de turnos de palabra y la paridad; la entrevista introduce, además, la diferencia de roles y una finalidad consultiva o instrumental.

            Los restantes principios son el probatorio y su corolario, el ético, los cuales cierran el círculo persuasivo, es decir, que culminan la acción de inducir al otro a creer o hacer alguna cosa. Procede la prueba de tres fuentes o especies retóricas complementarias, las referidas a quien habla -éthos-, de lo que se habla -lógos- y a quien se habla -páthos-. La inducción a un estado de ánimo favorable o fuente patética es un recurso poderoso, como lo es el de razón y narración o fuente lógica, aunque no tanto como la de tipo ético. En efecto, la fuente ética se basa en el carácter o la imagen que el hablante presenta de sí, mediante raciocinio prudente -phrónesis-, manifestación virtuosa o veraz -areté- y sentimiento benevolente -eunoia-. De este material, atemperado por factores del entorno, está construida la credibilidad de todo emisor.

            En esta matización sobre qué es hablar también tiene su voz la pragmática, con tres principios más: cooperación, cortesía y de entrevista social. El primero, de cooperación, es un conjunto de suposiciones sociales que sirven de fundamento a la conducta lingüística, de acuerdo a las conocidas máximas que aconsejan ser breve o verter el caudal informativo apropiado -cantidad-, claro y ordenado -modo-, veraz o modalizador de certidumbres y creencias -calidad- y pertinente  o discernidor de lo que haga al caso -relevancia.

            En segundo lugar está el principio de cortesía, que regula los factores de la distancia social y de perlocución. La distancia social se debe tanto a la natural alteridad de los individuos como al juego social de roles y la variación lingüística. La perlocución consiste en el objetivo global de un discurso, es decir, en su sentido de influencia o dominio. En conjunto, pues, el principio de cortesía parte del reconocimiento de que el otro no es yo, y en muchos casos no es ni como yo; también reconoce que al otro puede guiarle un objetivo diferente o contrapuesto al mío. De ahí que inste al hablante a ser cortés, a no imponerse, ofrecer alternativas y reforzar los lazos de camaradería, lo que traducido al modelo de las necesidades significa no ejercer un dominio agresivo y favorecer las relaciones inclusivas. Descendiendo al detalle, el mismo principio insiste en que al menos conviene no manifestar o atenuar el beneficio propio -generosidad-, el menosprecio por el otro -aprobación-, el aprecio de sí -modestia-, la desavenencia -acuerdo-, el desagrado -simpatía- o la potestad ejercida con rudeza -tacto-. Esos son los términos de la cortesía mínima o primaria, también calificada de negativa; y los que aparecen entre guiones representan la contrapartida positiva, plenamente respetuosa.

            Una aplicación de lo precedente da lugar al principio de la entrevista social, ya que regula el género de habla privada de la entrevista social-consultiva y las relaciones de identificación y dominio que se establecen. La asertividad, la empatía y la estimulación de la autoestima del interlocutor forman sus máximas. Es asertivo el comportamiento discursivo que, ante una presentación o un conflicto, permite el ejercicio pleno y seguro del rol del hablante, sin necesidad de adoptar formas ofensivas, de desafío o de sumisión. Es empático el comportamiento del que sabe escuchar y observar con atención a su interlocutor, que quizá se halle confuso o apenado, para entenderle y para manifestarle que comprende lo que siente. La estimulación de la autoestima del otro consiste, en primer lugar, en demostrarle respeto como persona, por ejemplo, al mirarle a la cara y atenderle; y en segundo lugar, no atacar o socavar su propio aprecio, por ejemplo, al elogiarle en lo que corresponda, con honradez y cordialidad.

            De la enumeración de estos principios retóricos y pragmáticos destaca una constante, en apariencia incongruente y, posiblemente, incómoda por su afinidad con la filosofía moral. Se trata del componente ético que anima la interpretación de clásicos y contemporáneos sobre qué significa hablar. Según ésta, el individuo es el epitome o la unidad de estudio, que no el centro ni el conjunto, en el que se representan un orden político y un orden psicológico. El orden político acoge al individuo como ciudadano, miembro de una comunidad en la que la palabra tiene una preeminencia incontestable para discernir qué es real, provechoso y hermoso, pues la verdad, la utilidad y la belleza son los bienes que la comunidad se otorga y configura mediante la publicidad universal de la palabra. El orden psicológico pertenece a la misma dimensión comunitaria, con la salvedad de que su bien es la felicidad, como así indica Aristóteles en la Retórica (I, 5):

 

Casi lo mismo para cada hombre en particular y para todos en común hay un cierto objeto en vista del cual eligen o repudian, y el tal es, diciéndolo de una vez, la felicidad... Sea, pues, la felicidad un bien vivir con virtud, o una suficiencia de medios de vida, o la vida más agradable con seguridad.

 

            Da felicidad la gozosa unión del sujeto con el mundo en los bienes que dan seguridad: amistad, hijos, fama, salud o fortuna. Pero también advierte Aristóteles, en Ética Nicomaquea, de la escasa disponibilidad de los bienes y de su fugacidad. Y sitúa la felicidad en un reino abundante, inagotable, que es el de la actividad y la solidaridad:

 

La felicidad es una cierta energía: la energía, la actividad, es algo que se produce y no algo que se posee. El ser feliz radica en vivir y actuar, y la actividad del hombre bueno es por sí misma buena, o sea, capaz de enhebrar a nuestro prójimo en nuestra propia vida.

 

            El individuo aspira a la felicidad y a su autodominio, pero esto es impensable sin el concurso de los demás porque, como afirma el filósofo Emilio Lledó, ser es carecer y, en consecuencia, vivir es necesitar. Necesitar del habla y de los demás, ya que el tiempo y los recursos del individuo son finitos, y éste necesita de la solidaridad que organiza la ciudad y la amistad que le puede brindar su prójimo. La esperanza del sujeto es ética, fundada en su carácter y en el de sus semejantes. Y su realización es política.

            Con esto volvemos al punto en el que el individuo aparecía inserto en los órdenes político y psicológico, en cuyo seno reconoce y explora sus necesidades de inclusión, dominio y afecto. Éstas se convierten en modalidades de habla perlocutivas, que orientan los discursos hacia objetivos globales de presentación y asociación, de control e influencia, o de expresión y cultivo de relaciones afectivas. Sin embargo, la elocuencia que muestra el sujeto en estas modalidades no procede de una técnica y un aprendizaje, sino de un modelo, unas estrategias y una voz sociales, que delimitan qué es legítimo decir y qué repertorio de recursos están disponibles. De ahí que hablar signifique una realidad ética, esto es, un conglomerado de comportamientos organizados por estructuras psicológicas y cívicas, que constituye al sujeto puesto que le asigna identidad y ubicación en la comunidad.

             El conglomerado de comportamientos discursivos es el resultado de leyes de la diferencia o la dispersión, para lo privado, y leyes de la igualdad para lo común, de modo que en su conjunto escapa a la conciencia del hablante. Es más, éste puede ignorar que su subjetividad no es independiente, pura ni original, y que el contorno de su autonomía es tan amplio o menguado como le concedan códigos, roles y mecanismos institucionales. Según la tesis del orden del discurso, argumentada por Michel Foucault, el sujeto no es la fuente del sentido sino su destinatario. Tampoco el discurso se reduce a las intenciones libres del sujeto que enuncia  significados ya que éste habla desde la posición y la función que previamente se le ha asignado. La tesis del orden coincide con la tradición de la perspectiva lingüística en que el discurso es persuasión, es decir, procedimientos pragmáticos y psicológicos para la comprensión y la influencia. Pero afirma que hay más, y en esto ya no hay acuerdo; afirma que junto a la persuasión está el poder y el control de tipo simbólico y de origen social. Ya en la antigüedad griega, un historiador, Plutarco, proponía otro nombre para el mismo concepto: la fuerza. Concretamente, en su semblanza del político ateniense Temistocles, Plutarco recoge estas ilustrativas palabras de su personaje: 

 

Dijo que venía escoltado por dos divinidades: la Persuasión y la Fuerza.

 

            Como a Temistocles, vencedor de los persas en Salamina, nos podrá acompañar la persuasión y, quizá también, la fuerza. Pero su asistencia no podrá tenerse exclusivamente por un mérito personal, porque no nos pertenecen. Son divinidades, principios intangibles, simbólicos y supraindividuales con funciones constitutivas y reguladoras de la comunicación y de sus relaciones de poder. En esta línea de análisis crítico puede avanzar la retórica, el arte que trata de los recursos públicos e interpersonales utilizados para persuadir, moldear la identidad de los individuos y enraizar su estima.

 

*Ressenyes del llibre                                                                                                

 

Docencia

 

Publicaciones

 

Índice

 

Mapa

 

 

 

 

 

 

 

 

Investigación

 

Actividades

 

Links

 

diccionarios

 

literatura

 

historiografía

 

reseñas

 

 

 

 

 

 

 

 

enseñanza

 

informática

 

discurso

 

Documentos

Página principal