Xavier Laborda Gil

 

Lingüística. Universidad de Barcelona

 

Publicaciones: artículos

 

 

 

 

 

George Orwell va a la escuela

 

 

Más allá del tópico fácil, aunque oportuno, entre el año de gracia 1984 [en que aparece este artículo] y el conocido escritor George Orwell, esté artículo propone al lector una aproximación diferente al autor británico.  Desfilan en ella su vida, sus libros y sus angustias.  Pero, sobre todo, sus reflexiones como niño-alumno y, más tarde, como profesor.  La actualidad de su rechazo de formas y normas escolares, acordes con un tiempo y un espíritu que no era el suyo, es, también, la de muchos educadores sensibles de nuestros días a quienes tampoco les satisface la escuela actual, la de 1984...

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Crónica fechada en 1984

 

Desde nuestra época, que a menudo parece crepuscular -o al menos así la presentan los medios de comunicación social- se diría que poco nos afecta o importa lo que ocurría allá en el primer tercio de siglo, ni qué distinta atmósfera se respiraba.  Entre la soberbia de pulsar el curso del tiempo y la confusión de no poder gobernarlo, generalmente se nos oculta la contingencia de nuestro protagonismo y, si se apura, su banalidad.  Y aun contribuye a agudizar este curioso estado anímico, resultante de los sentimientos encontrados de desorientación y envanecimiento, el sabernos en la transición o, tal vez, en la consumación de una nueva etapa, era o como quiera llamársele.  Se trata del abandono del modelo renacentista por la asunción de una posmodernidad, cuya complejidad aún no ha asimilado nuestro andamiaje mental.  Se trata ,también, del fin del modelo industrial del siglo XVIII y la irrupción de la segunda revolución industrial, en la que la electrónica barre a la mecánica, el ahorro de materias y energía al despilfarro, el intercambio de información al de bienes.  Y se trata, en fin, de la ruptura con toda la historia de las guerras de la humanidad -parciales, con vencedores y vencidos- al abrir la posibilidad de la guerra absoluta, sin salvación para la especie, adornada por las simpáticas cualidades de rapidez, pulcritud y sedente comodidad.

Orwell intuyó esto.  No fue un visionario ni un profeta, pero sí un espíritu sensible y comprometido que, a modo del explorador, supo aplicar el pabellón auditivo de su inteligencia a los railes del tren de su tiempo, para anunciar el fragor de una locomotora negra en movimiento de aproximación.  En estos momentos sus palabras nos suenan con especial poder, pero, más que por la anecdótico coincidencia de la fecha y titulo de 1984, por la comunidad que se establece entre su temor y nuestra inquietud.  Y su figura se nos antoja como 1a de sagaz árbitro entre el pasado que conoció y el futuro que vislumbró, esforzándose por encontrar un equilibrio en lo tempestuosos años treinta y cuarenta.  De ahí que tengan interés sus vivencias escolares como alumno y profesor que fue.  Quizás la acre visión que nos proporciona Orwell de 1a monstruosa normalidad del sistema escolar que le tocó en suerte sirva de revulsivo para imaginar con una honda sensibilidad la realidad de nuestra escuela, aligerada por un momento nuestra epidermis de los depósitos calcáreos de la deformación profesional y de la amnesia de nuestra niñez. 0 quizás nos gratifique al posibilitar una comparación mental a nuestro favor.  No obstante, lo más fácil es que se cumplan las dos posibilidades a la vez y ninguna por separado, por la sencilla razón de que -como aspecto negativo- el "curriculum" educativo es esencialmente el mismo, mientras que -en el lado esperanzador- los propósitos y usos contemporáneos apuntan a su superación.

 

 

En la escuela posvictoriana

 

Cuando Orwell ingresó en la escuela preparatoria a la edad de ocho años, en la que permanecería hasta los trece, ya llevaba consigo el germen de la afición literaria, a cuya eclosión serían ajenas las aulas.  Quince años consecutivos en ellas, entre las que se contaran las del prestigioso Eton, y apenas le sirvieron de refuerzo.  Sirva de consuelo que, como nada se vive en vano, los años escolares le proveyeron de sufrimiento y tema de reflexión suficientes para provocar en él una maduración eficaz.  Con la más hiriente ironía comentó sus cursos de la preparatoria en un ensayo autobiográfico que titulaba sarcásticamente "Así fueron aquellas alegrías".

Lo cierto es que sus motivaciones literarias fueron extraescolares.  Su madre, Ida Mabel, era una mujer con carácter y esmerada cultura, y le inició en la poesía con lecturas que, al parecer, dejaron huella en el pequeño Eric (tal era su nombre auténtico, Eric A. Blair); al poco, entre los cuatro y cinco años, dictó a su madre su primer poema, relativo a un tigre cuyos dientes "eran como de carne".  Por razones familiares, desde esta edad cobijó un sentimiento de soledad y menosprecio que perduró durante su adolescencia.  Algunas circunstancias le indujeron a ello, pero influyó especialmente su singular manera de percibir las cosas.  El testimonio de sus compañeros, recabado años después por el biógrafo, corroboró su extremada sensibilidad y mayor grado de madurez que la mayoría.

A temprana edad se inició en el hábito de hablar a solas y fabular para sí historias, personajes y sucesos de su vida.  Durante tres lustros alimentó un ejercicio terapéutico y, a la vez, literario: "ir imaginando una 'historia’ continua de mí mismo, una especie de diario que sólo existía en la mente", reconocía en su ensayo "Por qué escribo".  Se sentía a gusto con las palabras, en las que encontraba el refugio y las satisfacciones que no le deparaba el entorno.  Su etapa escolar le hizo experimentar el fracaso (a pesar de no sufrir ni un sólo tropiezo académico), sentimiento que reforzaba dialécticamente su mundo privado.  Al cegarse la comunicación auténtica y sustituirse por una relación de impostura, le ocurrió a Orwell -como a otros condiscípulos- que su capacidad quedó ignorada y su intimidad soterrada.  No es infrecuente que, por alguna casualidad, pueda compararse al alumno con el fruto del granado, que parece inerte tras su dureza paquidérmica y, sin embargo, es una promesa de estallido nuclear de espontaneidad e inteligencia; la clave está en que tal promesa de color rubí ha de saberse manejar exteriormente para que se cumpla, y que el propio fruto no posee conciencia cierta de sí y aun puede que sus rudimentos reflexivos le hayan sido inducidos falsamente.

El colegio en el que Orwell ingresó en el año 1911 era el internado de St. Cyprian, en Eastbourne, un centro privado muy prestigioso al que concurrían hijos de la aristocracia y de la clase media alta. El esfuerzo de los padres de Orwell en este sentido, dicho sea de paso, fue notable pues se hallaban fuera de este segmento social. Las bondades pedagógicas del colegio podrían deducirse de algunos datos, aparte de su realidad contable: cien alumnos, diez profesores, el director y su esposa (también con actividades profesorales) un ama de llaves.  Estas y otras curiosidades no se presentaban como tales a un niño desplazado de su casa y entregado a la vida cuartelera.  La primera noche se despertó sobresaltado repetidamente, y la dureza del colchón le comunicaba la metáfora intuitiva de lo que le esperaba.  "Tu hogar podía distar mucho de la perfección -escribió- pero por lo menos era un sitio donde reinaba el amor y no el miedo... A los ocho años lo sacaban a uno súbitamente de este nido caliente y lo arrojaban a un mundo de fraude, fuerza y secretos, como una carpa dorada a un depósito lleno de pinchos".

Esta impresión no hizo sino acrecentarse con el tiempo, especialmente porque el sujeto se sentía atrapado.  La era victoriana acabó supuestamente en el siglo anterior, pero no sus estigmas.  Escribir a los padres pidiendo que le "rescataran" era algo moralmente imposible pues significaba que se sentía arrinconado y desgraciado, y el fracaso resultaba deshonroso, infamante.  Así que interiorizó el sentimiento de culpa y de fracaso, según le habían inculcado con energía y recursos eficaces, y ejercitó ante todos la amarga obligación social del disimulo con perfección británica.

Al poco de llegar a St. Cyprian comenzó a mojar las sábanas, contrariedad esta que tenía dominada hacia cuatro años.  Para tal caso el remedio consistía en una buena tanda de azotes -verdadera panacea para cualquier enfermedad escolar-.  Después de varias reconvenciones por su "delincuencia" desenfrenada, fue enviado a presencia del director, Mr. Wilkes "Sambo".  El ritual era comunicar a éste la falta, aunque la conocía sobradamente, y acto seguido llovía un sermón aderezado con rítmicos golpes de la fusta, de manera que sus palabras sonaban así: “eres-un-su-cio-chi-qui-llo”.

A los pocos minutos de este primer y leve castigo se encontró de nuevo en la dirección soportando otro de campeonato, por la ingenuidad de haber comentado a otros niños que no le había dolido.  La esposa del director -"Flip", entre los chicos- cazó el gesto orgulloso de Eric y le hizo desandar sus pasos para que aprendiera que el castigo corporal no busca tanto el dolor como la humillación, el sometimiento moral.  Pero esta vez el castigo buscó por igual los dos fines.  Director y discípulo cumplieron con su papel perfectamente, el primero con energía y el segundo emitiendo el llanto adecuado en una posición harto incómoda, hasta que el látigo dejó de estar por la labor porque el mango de hueso se rompió.

Se sentía culpable por mearse en la cama. Y también, como le hizo saber el director, por la rotura de la fusta de castigo.  Ello le produjo una insoportable "sensación de soledad y abandono -confesaría bastantes años más tarde-, de hallarme encerrado, no sólo en un mundo hostil, sino en uno de bien y de mal con reglas tales que no me era posible cumplirlas".

Sea como fuera, el problema de la incontinencia acabó tan drásticamente como pretendía el método curativo que se le aplicó.  Pero no era necesaria esta curación para convencer de su clamorosa eficacia a la feliz pareja de Sambo y Flip.  La esposa era la que en realidad gobernaba el lugar, y provocaba en los alumnos confusos sentimientos de odio, amor retorcido y temor.  Su trato oscilaba entre la severidad y la frivolidad, que alentaba a la adulación y a una "lealtad teñida de culpabilidad".

La hipersensibilidad de Orwell fue un raro sentido detector de relaciones y situaciones morbosas que se entendían normales, lo cual le mortificó pero, como contrapartida, le permitió racionalizar en la edad adulta aquellas angustias.  No era necesario que la vida de la escuela se saliese de lo cotidiano para sufrir los efectos de la violencia física y, muy especialmente, la moral.  Esta violencia se generaba con la inculcación de una noción culpable del comportamiento, oscurantista y terrorífica del sexo, clasista de la calidad humana, desconcertante de la caridad divina, demoledora de la integridad personal, aborrecible de la pedagogía. Digámoslo así, de manera sintética, para obviar las agrias anécdotas.  Orwell sufrió todo ello con aparente indiferencia, pero con intensa rebeldía emocional.

La tiranía del dinero le resultó intolerable.  Se le hizo notar que era un becario.  Le acongojaban los recordatorios del director de su "desgracia" social y el desdichado destino que por esa causa le estaba reservado: atracarse de estudiar para ser una ruina, es decir, un oficinista o un empleado en las colonias.

Las clases ocupaban una parte del internado no mejor que el resto.  Llevaban el sello de la casa y consistan en un atiborramiento de conocimientos sólo útiles para los exámenes de ingreso en las escuelas privadas de segundo grado.  Era una enseñanza -cínica, calificó Orwell- memorística y discriminatoria de las materias que no eran objeto de prueba, como las matemáticas, ciencias y geografía.  Se atendía a una preparación clásica para el "timo" en ciernes: latín, griego e historia.  Se buscaba una erudición hueca, superficial, sin lectura de obras ni conocimiento reflexivo alguno, sólo atenta a los resabios aprendidos de anteriores exámenes.  "La historia -anotó el escritor- era una serie de hechos sin relación unos con otros... Recuerdo verdaderas orgías de fechas y a los chicos más listos saltando de sus asientos, impacientes porque les preguntasen y poder gritar las respuestas exactas”.

 

 

 

 

 

 

Orwell, como profesor con escolares y compañeros, en la parte derecha de la fotografía.

 

 

El profesor que ha hecho escuela

 

La banalidad de estos conocimientos se articulaba en una abrumadora exigencia de trabajo, punitiva, que parecía de imposible cumplimiento sin una convincente exhortación, la de la vara.  Orwell se llevó a Eton la aversión y el recuerdo de la sordidez de St. Cyprian y pudo subir a la superficie a respirar.  Bastante tiempo después, a punto de cumplir los veintinueve años, después de haber conocido la antípoda geográfica (la India) y social (la mendicidad) asumió el rol dé profesor en un pequeño colegio privado de Uxbridge de modesto rango.

La inexperiencia no fue obstáculo para que saliera con éxito del empeño ocasional, que se prolongó dos años.  Lo admirable es que no aplicó los patrones educativos que aprendió.  No habría sido capaz de aterrorizar a un chaval diciéndole que la masturbación era un camino que conducta directamente al manicomio, ni tampoco de reproducir la noción clasista de que la asequibilidad del éxito dependiera de quién se era (en libras esterlinas) y no de qué se hacia.

Decididamente, ayudó a morir a la escuela victoriana.  Algunos alumnos le recuerdan agradablemente, con los rasgos de su personalidad madura.  A ellos dedicó espontáneamente mucho de su tiempo libre.  Como amante de la naturaleza, les enseñó sus curiosidades en excursiones.  Como amante de la literatura, les escribió y produjo una obra de teatro titulada El rey Carlos II, para la cual incluso se encargó de confeccionar ropajes y armaduras.  Como enemigo del avasallamiento, trató a los jóvenes amistosamente, estimulando su interés por el estudio y facilitando una relación auténtica.  Y consiguió que albergaran hacia él sentimientos que le habrían parecido impensables en otro momento.

Al parecer sólo pocos años antes de morir tuvo fuerzas para rescatar sus recuerdos escolares y depositarlos lúcidamente en el manuscrito "Así fueron aquellos alegrías", que se publicó póstumamente.  Con ello superó el abismo de incomprensión que separa el mundo psíquico adulto del infantil para comunicar un testimonio inquietante.  Si "el niño y el adulto viven en mundos diferentes", dejó escrito, a pesar de los tranquilizadores cambios de usos, "no podemos estar seguros de que la escuela... no siga siendo para muchos una experiencia tan espantosa como solía serio".  Espantosa, para algunos, la escuela de internos, y penosa, para otros, la escuela de día.

Ni Orwell hizo escuela con sus nuevas maneras en su fugaz dedicación profesoral, ni sus escaramuzas escolares se han difundido.  Nunca pretendió tal.  Sí, en cambio, ha creado escuela con su escritura, vibrante, honesta, sencilla y comprometida con la mejora del futuro del hombre.  Algunas de sus inquietantes novelas advierten de modo convincente de los peligros políticos.  Otras nos devuelven el recuerdo de una vida antigua con el que cotejar la nuestra y apreciar la pérdida de lo valioso que había en el pasado.

Precisamente, en la memoria del pasado -que suprimen los policías de Mil novecientos ochenta y cuatro- se encuentra el baluarte para afrontar la amenaza de un futuro sin conciencia de lo perdido, sin identidad histórica.

La magistral prosa orwelliana es una excelente fuente de entretenimiento y maduración para profesores y escolares, que sintoniza con las corrientes de humanismo y la modernización de la escuela. Humanismo, mediante la integración de los principios democráticos y el desarrollo de la afectividad personal. Y modernización, para la preparación del alumno para vivir y luchar por su tiempo con los instrumentos de su tiempo, en especial, mediante el conocimiento real de los medios de comunicación social y sus recursos.  Sólo así se podrá conjurar la distopía de Mil novecientos ochenta y cuatro.

 

 

 

 

 

 

 

 

PARA SABER MÁS. Breve nota bibliográfica de Orwell

 

Novela

 

·       Rebelión en la granja, Ed.  Destino.  Barcelona, 1983.  Versión catalana en Argos Vergara.  Versión vasca en Euskal Liburu.

De muy adecuada lectura para alumnos de los últimos cursos de EGB y de Bachillerato.  El texto presenta una notable ductilidad pedagógica y permite .múltiples ejercicios, desde la escritura reflexiva hasta el canto coral (de la canción de los animales).

·       Mil novecientos ochenta y cuatro.  Ed.  Destino.  Barcelona, 1983.  Versión catalana en Argos Vergara.

Describe cómo podría ser nuestro tiempo o uno venidero horrible.  Los detalles no son esenciales, pero sí la atmósfera.

·       Subir a por aire.  Ed.  Destino.  Barcelona, 1981.

Texto muy agradable por su sentido del humor, interesante por la defensa de unos ideales humanos y ecológicos y asequible para alumnos de los cursos superiores de Bachillerato por su claro tratamiento.

 

 

Ensayo

 

·       A mi manera.  Ed.  Destino.  Barcelona, 1976.

Antología de ensayos y artículos capitales de la obra de Orwell.  Amenos, penetrantes e impresionantes.  Incluye "Así fueron aquellas alegrías", "Por qué escribo" y "Matar un elefante", entre otros.

·       Sin blanca en París y Londres.  Ed.  Destino.  Barcelona, 1983.

Primer libro del autor que narra sus experiencias como lavaplatos y mendigo.

·       Homenaje a Cataluña.  Ed.  Ariel.  Barcelona, 1970.  Versión catalana en la misma editorial.

Relato de los sucesos que presenció Orwell en el frente de Aragón y la Barcelona de la guerra civil española.

 

La presencia bibliográfica de Orwell en castellano se extiende a estos otros títulos: La marca, (Destino, 1982); La hija del reverendo, (Alianza, 1970); Venciste, Rosemary (Destino, 1981); El camino de Wigan Pier (Destino, 1976) y Mi guerra civil española (Destino, 1978).

 

 

Cuadernos de Pedagogía, 109 (enero de 1984) 45-9

 

 

 

“Orwell: la biografía imposible”, Quimera, 35 (I-1984) 32-6.

Borrar 1984. La fecha que disparó un hombre a bocajarro”, Fin de Siglo, 8 (1984) 13-7.

“Con Orwell y sin Koestler”, Quimera, 35 (I-1984) 43-5.

 

 

 

 

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