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Publicaciones: artículos y
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Georges Orwell: la biografía imposible |
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El editor de Orwell
desestimó el título que había propuesto el autor para su novela y lo
sustituyó por el de 1984. A este
editor, debemos el aluvión de artículos, glosas y exégesis dedicados, desde los
primeros días del año, a un género últimamente muy devaluado. la literatura
política. Porque, sin menoscabo de sus virtudes literarias
ni de la "profesión de escritura
" de Orwell, 1984 y Animal Farm,
sus dos obras más conocidas, son
sobre todo sarcásticos e inquietantes panfletos políticos. Convertido en
"hombre del año" de 1984, en referencia tan omnipresente como el
Big Brother, Orwell, el periodista que
aspiraba a "transformar la
literatura política en arte", el socialista que descubrió el Gulag en la
Barcelona revolucionaria de 1937,
el profeta frustrado por falta de esperanza, necesita hoy una lectura política que
paradójicamente desemboca en la crítica
de la política y la demostración de la fuerza de la literatura, a la postre
su única causa y militancia. A estas alturas el
lector ya conocerá abundantes artículos
y números monográficos sobre Orwell y 1984. En el dosier que hemos
preparado, Javier Laborda esboza una biografía de Orwell -contra la prohibición manifestada por éste- y traza un paralelismo con Arthur Koestler. La agradable sensación de haber puesto en orden sus cosas animaba,
aunque fuera fugazmente, al enfermo ilustre en sus últimas horas en el
Cranham Hospital, en el sur de Inglaterra.
Sus amigos le habían visitado y despedido para la presumiblemente
larga separación que supondría su feliz viaje. El 18 de enero de 1950 había dictado testamento. Según éste, su hijo adoptivo, Richard, era
beneficiario de una póliza de seguros.
Su esposa Sonia, con la que había contraído matrimonio hacía dos
meses, recibiría todos sus bienes, con la obligación de testar, a su vez, a
favor de Richard. También expresaba
su voluntad respecto a sus exequias: sería enterrado, y no incinerado; la
losa de su sepultura tendría la escueta inscripción "Aquí yace Eric
Arthur Blair, nacido el 25 de junio de 1 903 y muerto..."; el acto no
tendría oficio fúnebre ni tampoco se realizaría biografía alguna sobre su
persona. Los detalles de estas disposiciones post-mortem difieren según el
interesado, pero no están exentas de una misma complacencia si se dictan al
fedatario público a prudente distancia en el tiempo del previsible
final. Blair llevaba luchando
bastante tiempo contra una antigua tuberculosis y no se ilusionaba vanamente
con el regalo de las Moiras de una larga vida. Sin embargo, tenía el convencimiento de que aún no había
llegado su momento, por lo menos no su peor momento. En efecto, después de una juventud y madurez de pobreza y
desgarramiento, sobrellevadas con estoicismo y determinación, había logrado
el éxito literario, el desahogo económico, el cariño de una segunda esposa y
su apoyo en la educación del pequeño Richard. Y en lo que atañe a su salud, al día siguiente había de partir
por vía aérea para un sanatorio suizo.
Después de 1984, tenía en
mente otra novela, la edición de sus ensayos y escritos breves y la redacción
de un estudio sobre Conrad. Se
otorgaba..., deseaba un plazo de cinco años más. Pero la fama, los recursos y los proyectos le alcanzaron con menos
oportunidad que los preparativos del viaje, las despedidas y las formalidades
legales. Tres días después, en la
noche del 21 de enero, moría de una hemorragia pulmonar solo, antes de que se
pudiera avisar a Sonia. A la mañana
siguiente la BBC radiaba la noticia del fallecimiento de George Orwell. |
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LA IRONIA DE UN DESTINO
BIOGRÁFICAMENTE PROPICIO Por esos sarcasmos del destino, los
biógrafos no atendieron la petición de Orwell y se pusieron a redactarla.[1] Eso mismo ya había ocurrido con Ruyard
Kipling, por ejemplo. De poco sirven
las prohibiciones al respecto. El autor que llega a ser un personaje público
difícilmente puede preservar su intimidad.
Orwell temía este fenómeno y pretendió dejar a salvo a Blair. El novelista, escritor político, ensayista
y periodista no pudo proteger de la ajena indiscreción al alumno de Eton,
policía en los confines del Imperio, obrero, vagabundo, maestro, combatiente,
hijo, amante, padre adoptivo..., por más que siempre se comportó de manera
reservada y enigmática. Guardaba con
celo sus sentimientos y el secreto de sus amistades, hasta el punto de que
amigos comunes ignoraban durante mucho tiempo su relación con Orwell. Sus reticencias también alcanzaban a su
pasado y a su carácter polifacético.
Como muestra, he aquí una anécdota.
Cuando aún era un escritor menor, tuvo una relación amorosa con una
joven. Esta tenía ciertas inquietudes
culturales y a menudo charlaban sobre literatura. Orwell le recomendaba lecturas y le hacía una crítica sugestiva
de los autores. Pero nunca le desveló
su vocación literaria, que ya era profesión, ni el hecho de tener ya dos
novelas publicadas, Down and Out in
Paris and London y Burmese Days. Y cuando la recibía en su habitación
tenía la precaución -y buena memoria- de esconder el manuscrito en que se
afanaba. Y sin duda esa ocultación no obedecía a ninguna razón vergonzante,
sino a una personalidad independiente y dividida en compartimentos estancos
como mecanismo de defensa. Por ello equilibraba la intimidad física que
mantenía con la joven con el secreto de su actividad intelectual más querida. Esta inclinación defensiva se puede
apreciar en otras situaciones, si bien no resultan tan acusadas. El seudónimo
es un fruto más de esta actitud. Desde luego, ello no le convierte en un
original en la tradición pues es práctica común, pero se hace la reflexión de
que en nada se perjudica si adopta un nombre literario. Expuestas así las cosas puede entenderse
que juega la partida de la vida y de la escritura con cálculo y amañamiento,
si no fuera por la doble contradicción en que incurre; más que contradicción
resulta un rasgo vital, y su opuesto se reduce a una peculiaridad
temperamental que se presta a comentarios intrascendentes. La doble
definición vital consiste en el trasvase de sus expresiones personales a sus
libros sin utilizar cosméticos retóricas y en el proceso de maduración que
imprime el escritor a la persona. Muchos de los escritos de Orwell son
autobiográficos, sin que ello signifique que todo lo que narra le haya
ocurrido personalmente. Y por otro
lado la persona, Blair, tiene como punto de referencia y admiración a Orwell,
que es la imagen de un ideal deseable, De esta manera el trasvase es doble,
es interrelación que cierra y no se agota. Trasciende su ámbito particular y
se hace público. Orwell temía que en su ensayo biográfico no
se comprendiera la realidad de una vida, su interioridad. La sucesión de
momentos íntimos, voluntades, ensueños... Difícilmente pueden ser captados, y
más aún, interpretados. Si la biografía fidedigna es imposible, su remedio es
ridículo. Pero suponiendo que le fuera posible al historiador participar de
esa perspectiva interior, Orwell sospechaba que el resultado sería patético
“porque cualquier vida observada desde el interior no sería más que una serie
de derrotas demasiado humillantes y desgraciadas para ser contempladas". Quizá sea ello cierto si conocemos separadamente momentos de esa
vida, pero no necesariamente al contemplar la con la distancia y comprensión
que pide; como si fuera una pintura impresionista. Este es uno de esos momentos en que el hombre Orwell, enfermo
de soledad, se manifiesta más indefenso; y se diría que con torpeza, si se
considerara su actuación como un trazo único sobre la tela en blanco. En 1946, al año de enviudar de Eileen, un
amigo le presentó a Ann Popham, que vivía en el mismo edificio que
Orwell. Al día siguiente Ann encontró
una nota mecanografiada en que Orwell la invitaba a tomar el té en su apartamento. Con cierto recelo acudió a la cita; no
quiso negarse porque en horas partía para Alemania con la Comisión de Control
inglesa. Tomaron el té con varias
personas más que se despidieron al rato.
Nada más quedarse solos, Orwell le pidió que se sentara junto a él en
la cama, la besó y le pidió que se casara con él. Ann se liberó de su abrazo inmediatamente, y la violencia de la
situación se disolvió en la medida de lo posible con una breve conversación
de cortesía. En pocos días le envió
varias cartas explicándose e insistiendo en que considerara su proposición de
matrimonio: Me pregunto si habré
cometido alguna suerte de delito acercándome a ti. (..) Eres muy hermosa, como a
no dudar bien sabes, pero eso no fue todo. ¡Deseo tanto que alguien comparta lo que me queda de vida y mi trabajo!
No es tanto cuestión de
alguien que duerma conmigo, aunque naturalmente también quiero eso algunas veces.
Dices que probablemente no llegarías a amarme. No sé cómo habría de
esperarlo. (..) Lo que estoy preguntándote en realidad es si te gustaría ser la viuda de un hombre de
letras. Si las cosas siguen más o
menos como están, sería divertido
pues probablemente ingresarías derechos de autor y además puede que te resulte interesante editar
materiales inéditos, etc. (..) Creo también
que soy estéril -en todo caso,
nunca he tenido un hijo, aunque tampoco
me he sometido a ningún examen por
ser tan desagradables. Por otro
lado, si quieres tener hijos propios
con cualquier otro no me habría de importar pues apenas tengo celos físicos." Su franqueza y aparente frialdad expositiva revelan la turbación,
soledad y perniciosa conmiseración que le atormentaban desde la muerte de su
primera esposa. Una biografía
amenazaba con dejar desnudo al personaje exponiendo estas y otras situaciones
patéticas. Pero esta "serie de
derrotas demasiado humillantes y desgraciadas" son el signo de una peripecia vital íntegra, honesta y decidida. En ello convienen las investigaciones
biográficas en torno a Orwell aparecidas hasta la fecha. La más interesante, por su contenido sus
fuentes, es la publicada recientemente por Bernard Crick, profesor de Teoría
política en la Universidad de Londres, con unos criterios brillantes y el
apoyo de la viuda de Orwell, Sonia, y de Ian Angus, encargado del Archivo
Orwell. El destino se ha portado
irónicamente con la prohibición del escritor al propiciar estos estudios bien
documentados y conjurar los peligros de ser expuesto a la luz pública como
risible sujeto de anécdotas. |
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TIEMPO DE ORTIGAS
(1903-1927) Este hombre que tendría en su madurez una justa imagen de persona
insobornable, incómoda e intransigente con las mentiras ideológicas y
patrióticas, nació en Motihari, estado de Bengala (India), en 1903. Su padre, Richard, era un funcionario
medio del Servicio inglés del Opio para las Colonias. Como otros hijos de la aristocracia,
separados por varias generaciones, encontraba su digna ocupación en los
dominios del Imperio. Casi cuarentón
se casó con Ida Mabel Limouzin, de padres francés e inglesa, que siempre
había vivido en Birmania. Formaban
una pareja de opuestos, y no precisamente compatibles. Por edad la esposa era dieciocho años más
joven, y por temperamento alegre, vivaz y en absoluto convencional, adornada
por una excelente educación. De su
matrimonio tuvieron tres hijos. Al
año de nacer Eric, ella se trasladó a Inglaterra para establecerse con sus
hijos Marjorie y Eric. Esta
separación no es significativa, pues resultaba práctica corriente; sí habla
del carácter tolerante del marido. En
1907 éste regresó a Inglaterra y concibieron a su última hija, Avril. Orwell creció entre mujeres.
No le quedó de esta época el interés por la vestimenta ni la
exquisitez en el cuidado personal -aspectos que consideraba secundarios- y
ofrecería siempre una imagen desaliñada y
de indefensión. Pero sí
desarrolló una especial receptividad sensorial e intelectual. Para su mortificación el olfato tiene una
presencia privilegiada en sus recuerdos y escritos; posee éste capacidades
sinestésicas e implicaciones psicológicas.
Pensar en su vida escolar inevitablemente era recordar un aire
"frío y maloliente,. una mezcla de calcetines sudados, toallas sucias,
pestes fecales en los pasillos, (... ) el resonar de las puertas de los
retretes y los ecos de los orinales en los dormitorios"; la vivencia de
la guerra extrañaba la experiencia esencial de "no poder librarse nunca
de repugnantes olores de origen humano"; y la muerte por causas
naturales significaba "algo lento, maloliente y doloroso". La continua referencia a los olores es una
obsesión que seguramente adquirió en la escuela preparatoria de St. Cyprian,
y asoció los olores ofensivos con
la opresión, sordidez y degradación
que allí sufrió. Los antiguos condiscípulos de St. Cyprian se extrañaron sobremanera,
hasta casi escandalizarse, del relato que Orwell hizo de sus años de
internado en su ensayo publicado póstumamente, "Such, Such were the Joys".[2]2 Parece que no compartían su angustia ni el hiriente
sentimiento de culpa y fracaso que
se le inculcó. El reglamento de este
colegio de lujo era austero, pero no excepcional. Sin duda su gran sensibilidad y despierta inteligencia le
privaron de unas defensas que otros compañeros sí desarrollaron. Su madre despertó en él el amor a la
literatura desde muy pequeño; le leía poemas y tenía la paciencia de tomar al
dictado los versos que improvisaba el precoz escritor; esto ocurrió por
primera vez cuando tenía cuatro años.
La madre ejerció un papel determinante en la educación del hijo; de
mentalidad cosmopolita, gustaba de los deportes (especialmente el tenis), la
fotografía (hasta el punto de revelar sus negativos), el teatro y una vida
social intensa. Estas cualidades óptimas no tenían su extensión perfecta en las
relaciones efectivas. Sus padres eran
poco dados a los expansiones emotivas, y Orwell conservó la marca de familia
en su aparente frialdad. De su
infancia guardó cariño por su madre y sus
hermanas, siempre demostrado tímidamente.
Al padre -escribió- "apenas lo habían visto antes de los ocho
años y me parecía sencillamente un
viejo gruñón que siempre decía No". Aun así su hogar le alimentaba con
amor, y St. Cyprian, donde estuvo entre los ocho y los trece años, con miedo.
A ello coadyuvó el ser un "desposeído" en contraste con las
fortunas de sus compañeros y estar
en el colegio a título de becario, condición que, aunque secreta, él percibía
inequívoca e infamantemente. Estos años de escuela fueron de agotadora e ingrata preparación para
franquear la puerta de la "public school"; pero gracias a la
preparación que obtuvo en ellos logró una beca para Eton. Allí disfrutó de un tonificante clima de
tolerancia y de relajamiento en el
estudio. Se le recuerda de esta etapa
como riguroso polemista y argumentador. En 1921 dejó Eton y volvió
al hogar, que para entonces había cambiado de localización seis veces. Preparó exámenes para oficial de la
Policía Imperial India, y los aprobó.
Si bien no se sabe nada de su estado de ánimo cuando a sus 19 años se
embarcó para su destino en Rangún (Birmania), tenía ya su carácter formado, a
falta de los años y la experiencia que lo habría de consolidar: sentimiento
de independencia, actitud crítica respecto a la autoridad y pasión por la
literatura. Para formarse una idea de lo que fue su actividad policial nada como
la lectura de sus relatos breves Matar
un elefante y El ahorcado. Transmiten
la atmósfera de hostilidad, el resentimiento de los nativos, la cara sucia de
su trabajo y la concreción del horror abstracto del Guernica. Estos escritos atestiguan la
contradicción, ya apuntada, entre su espíritu retraído y la decidida proclama
de su experiencias personales en sus escritos. Por supuesto, no hay que creer al pie de la letra las obras de
este tipo, pero tampoco dudar de su veracidad esencial. En verdad no estaba preparado para ese trabajo y presentó la
dimisión tras cinco años de servicio.
Fueron suficientes para que naciera en él un fuerte rechazo del
imperialismo. El espectáculo de los
arrestos, interrogatorios, azotes y ajusticiamientos le condujo más allá de
una posición intelectual; sintió que no podía pertenecer al bando de los
dominadores, empuñar el arma opresora, ni estar a este lado de las rejas de
la cárcel. Presentar así sus convicciones parece una idealización
exagerada. No lo es. Expresado de otro modo, puede decirse que
asimila el fracaso a la virtud; es la voluntad de no pertenecer, como Lorca,
más que al partido de los pobres, de las víctimas. Los años que siguieron fueron una prueba del compromiso entre
los actos y las palabras, y una indeterminada transición entre el complejo
infantil de culpabilidad y el socialismo radical. |
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PROFESIÓN DE VIDA
(1928-1950) El fenómeno de la mala conciencia imperialista y el labrado de una
ideología progresista y radical es una característica generacional. Más particular parece la vivencia de la
pobreza, el compromiso de la trinchera, la actividad de periodista
francotirador y el apego al fracaso de George Orwell. Al dimitir de su puesto en Birmania tenía la pretensión de dedicarse
a la literatura y, naturalmente, vivir de ella. El ambiente parisino le atrajo; además contaba con el atractivo
suplementario de una vida más económica y la ayuda inicial de su tía
Nellie. Durante su estancia de año y
medio los ingresos fueron insignificantes y las dos novelas que escribió no
tuvieron aceptación entre los editores (ni tan siquiera se han conservado los
manuscritos). La humildad en que
vivió al principio se transmutó en pobreza, y aun ésta ocasionalmente en
miseria. Sin blanca en París y Londres (Down and Out ... ) es una excelente guía de sus desventuras con
un humor sarcástico. Su tabla de
salvación fue un trabajo de lavaplatos; durante más de doce horas diarias se
debatía en calurosas y húmedas madrigueras subterráneas, entre improperios,
desperdicios y roedores. Sus pulmones
se resistieron y tuvo que pasar dos semanas en el hospital Cochin, del
distrito XV de París; la estancia le movió a escribir el artículo Como mueren los pobres. Volvió a Inglaterra a finales del 29 con la esperanza de un empleo
de tutor privado, que se frustró temporalmente. In los meses siguientes fue un vagabundo; durmió el aire libre
o en albergues -que presenta como centros casi carcelarios-, y se alimentó de
la beneficencia -menú único: té o cacao y pan con margarina-,- también
trabajó esporádicamente de jornalero agrícola. En estos tiempos vivió la pobreza extrema. No tuvo que esforzarse por hallarla, pero fue una inmersión
voluntaria. Sintió un interés genuino
por los pobres. En sus ensayos trató
de la supervivencia (al igual que hiciera tres décadas antes Jack London de
su experiencia en el East End londinense) y de sus estigmas: la desintegración familiar, la soledad, las
vejaciones, la aniquilación de la propia estima y la aceptación de su condición animal... Los sucesivos trabajos de tutor, maestro y dependiente de una librería le restituyeron a una pobreza
primera, a saber, un techo, comida caliente y tabaco; en cualquier situación, "el tabaco lo hacía todo
más soportable". El ambiente que
conoció en estos empleos es un poso autobiográfico que queda en varias
novelas. Por el momento la
publicación de éstas era muy incierta.
Los esfuerzos por colocar Sin
blanca... serían una
preparación para las cuitas de Rebelión
en la granja. Eliot rechazó el original. Finalmente, en 1933, Victor Gollanz, con
quien a partir de entonces tendría una estrecha colaboración, se hizo cargo
de la edición y propuso el título
definitivo. Orwell sugería los
títulos de El compromiso de un
lavaplatos o Señora Pobreza, que no se tuvieron en cuenta, pero si su flamante pseudónimo: Orwell, por un río inglés que en su
afición a la pesca conocía bien; George,
por su recia y viril connotación. Sin grandes sobresaltos personales ni de crítica (más bien ajena)
fue reflexionando acerca de la escritura en !,u camino de cristalización
estilística y funcional. Entre 1933 y
1936 su producción novelística no merece un juicio desdeñable, Días birmanos, La hija del clérigo y Keep
the Aspidistra Flying (traducida como Venciste,
Rossemary), que superó la endeble estructura de Sin blanca... pero no se salvó, logrado el auténtico equilibrio,
del repudio casi general del autor. PROFESIÓN DE ESCRITURA
(1936-1950) Al seguir en el papel los hechos de la vida de Orwell el lector
llega a preguntarse cuáles de entre ellos tienen el poder de precipitar sus
cambios esenciales. Sean nodulares o
durativos, resultan inescrutables en su íntima significación a pesar de los
rastros testimoniales y documentales
disponibles. Son, a menudo, trances
hirientes, por más banales que parezcan, que transmutan a la persona y le confieren una entereza extraída
de misteriosas potencias. Orwell había resurgido de su afición infantil años atrás y del
vaticinio clasista de su fracaso.
Asumió la pobreza y el papel de hijo pródigo, y halló la dignidad
redentora. Su persona quedó a salvo
de su propio juicio a partir de esa primera maduración. En 1936 le alcanzarían la segunda, de
manera disimulada, que pondría a salvo su escritura de las veleidades de la
moda y la memoria secular. Los hechos que marcan el año son su boda
con Eileen, el libro Camino de Wigan
Pier y su participación en la guerra
española; ordenados cronológicamente, tal vez ejerzan una influencia
progresivamente mayor. Lo cierto es
que los libros que iban a salir de su pluma a partir de esa fecha tendrían la
novedad y la constante de una
vigorosa tensión política. La virtualidad del propósito político es tal que
"cuando me ha faltado", reflexionaba en su último lustro, "es
invariablemente cuando he escrito libros sin vida y me he visto traicionado al escribir trozos brillantes, frases
sin sentido, adjetivos decorativos y, en general, tonterías". Aunque obvio, es apropiado recordar que el
significado que predica de política no se refiere a la de partido sino al
amplio "deseo de empujar al mundo e cierta dirección, de alterar la idea
que tienen los demás sobre la clase de sociedad que deberían esforzarse por
conseguir", la de un socialismo democrático. A la intención se le añade un nuevo estilo, sencillo, claro y consisten 'te; el honesto sacrificio
de toda artificiosidad o elegancia meramente literaria proporciona al autor la
satisfacción de aportar un modelo de escritura a 1 prosa inglesa, el estilo
"Orwelliano". Con Eileen vivió casi una década de amable convivencia, hasta que
ella murió a causa de la anestesia en una operación menor. Con ella compartió
su actividad literaria, la crianza y venta de animales y de productos
agrícolas, una parte de las penalidades de la guerra de España y la adopción
de un recién nacido, Richard. Está
fuera de toda duda que, en esta relación.
Eileen aportó más cariño y esfuerzo del que George pareció capaz de
apreciar y corresponder, hasta el punto de casi conducirle su entrega a la
consunción. Respecto al Camino de Wigam
Pier, es el fruto literario de
un encargo del editor Gollanz de viajar y escribir sobre la sangrante condición
de los desempleados del norte industrial de Inglaterra, en el que describe
los horrores de la pobreza y la bondad de la clase trabajadora, y también
teoriza heterodoxamente acerca de la ambigüedad del totalitarismo y las
posibles afinidades entre capitalismo y comunismo. Y, finalmente, la experiencia de España, que es caso aparte. Atraído por el ambiente de libertad y
justicia revolucionarias de la Barcelona anarquista, que le describió su
amigo Cyril Connolly, decidió inmediatamente acudir en defensa de este frente
con la pluma y el fusil. Empeñó la plata de la familia que le
correspondía para poder realizar el viaje, cosa que hizo sin esperar a pasar
las Navidades en el hogar. De paso
por París, mantuvo una entrevista nada afortunada con Henry Miller, quien,
involuntariamente, contribuyó a la causa republicana entregándole una
chaqueta de abrigo. Llegó a Barcelona
a finales de diciembre del 36, y el
mismo día se alistó y fue asignado al POUM.
El joven periodista Víctor Alba fue comisionado para mostrarle la
ciudad y le recuerda como una
persona "taciturna y cíe mal
humor". Al poco tiempo salió
para el frente de Aragón integrado en la división "Josep Rovira",
con el grado de cabo, donde desempeñó tareas de adiestramiento en un ejército
carente de todo, armas en primer lugar. Los que le sucedió después está en Homenaje a Cataluña, con
la fidelidad del relato más autobiográfico de su producción: la muerte
esquivada en un trance doloroso, la huida rocambolesca de la persecución
policial, la denuncia de la cobardía europea, el vaticinio temprano y cierto
de la suerte de la República y la definición de su idea política central,
esto es, el totalitarismo como fascismo y estalinismo. Cuando el libro sobre España se publicó en abril de 1938, Orwell era
u escritor netamente político. Tras
un convalecencia de meses en el benigno clima de Marrakesh para su afección
pulmonar, publicó Subir a por aire. Con la guerra las adversidades arreciaron,
hasta que por fin entró en la BBC como productor, al cargo de emisiones para
Singapur y la India. Esta
experiencia, que se prolongó hasta 1 943, le sirvió para configurar en 1984 el Ministerio de la Verdad.
Su trabajo radiofónico lo simultaneó con el de sargento del "Home
Guard", ya que no se le aceptó como voluntario para el ejército por
razones de salud. La actividad periodística comenzó a ser cada vez más amplia. Además de las colaboraciones habituales,
entró como editor literario en el Tribune,
donde escribió la famosa columna As 1
please (A mi manera). Aun resultando abrumadora, la labor
como periodista estimuló su pensamiento político y literario, y le facilitó
la redacción de Rebelión en la granja. Con esta obra sobre el poder de los animales y. la corrupción en que
les sume, Orwell alcanzó su madurez creativa. Discutió todo el proceso de la novela con Eileen y aceptó sus
críticas. Durante los años de guerra,
con denuedo y generosidad, Eileen trabajó en varios departamentos gubernamentales,
apoyó y suplicó a un esposo que anteponía la literatura a cualquier otro
deber. Su salud se resintió
sensiblemente, sin que George encontrara otra causa que las condiciones de la
guerra. Y en el matrimonio cundió la
frustración sexual y la tensión.
George quería tener un hijo, aunque conocía su esterilidad. La idea de la adopción no seducía a
Eileen, pero tuvo que ceder a las presiones del cónyuge. En junio de 1 944 adoptaron a
Richard. Días después su apartamento
fue bombardeado y hubieron de cambiar de domicilio. Al final de la guerra Orwell acudió como corresponsal a París, y
después en Colonia, el 29 de marzo del 45, murió Eileen. En este y otros momentos algunos conocidos
se preguntaron si su serena actitud era una muestra de su falta de
sentimientos o de sorprendente dominio de los mismos. El verano le trajo la victoria de la publicación de Rebelión en la granja, tras no pocos
intentos frustrados, de los que pueden dar idea el irónico fragmento de esta
carta. Querido Sr. Gollanz.: He acabado un libro y
estará mecanografiado en unos días.
Suya es la primicia de rechazar mis novelas, y este libro entra dentro de la clasificación de novela... Estaba en lo cierto.
Finalmente habría de ser el editor Warburg quien se arriesgase con las
más que probables complicaciones políticas y de opinión ,de tal publicación. El éxito del libro fue colosal y en vida
de Orwell ya había sido traducido a más de 15 idiomas. En las Navidades siguientes compartió el calor del hogar de los
Koestler. La afinidad literaria que
le unía a Arthur Koestler (además de pertenecer ambos al Comité de Defensa de
la Libertad, junto con Bertrand Russell) se habría de ampliar con la novela
futurista que preparaba, continuación ideológica de la anterior, la visión
totalizadora de la historia de los traidores después de la muerte de la
revolución. Con la fama le llegó la posibilidad de trabajar libremente y el
agobio de múltiples solicitudes. Pero
no se libró de la soledad. Tampoco de
los sanatorios. En la Navidad de 1947
ingresó en el Hairmyres Hospital, cerca de Glasgow, donde permaneció siete
meses. En los momentos críticos de su
enfermedad, hallaba su seguridad en el autor, en la imagen ideal que
representaba George Orwell: imaginativo, sincero, sensible e íntegro. Y de ahí extraía el sereno distanciamiento
para consignar los dramáticos efectos secundarios que producía en su persona
un fármaco entonces en experimentación, la estreptomicina: Una especie de
decoloración apareció en la base de mis uñas en píes y manos. Después mí cara enrojeció notablemente y
la piel mostró una tendencia a
escamarse, y me brotó una especie
de eczema por todo el cuerpo (..).
Se me ulceró el anterior de la
garganta, de las mejillas y de los labios, en los que se me formaban Pequeñas costras de sangre (..).
Luego se me desintegracion las uñas
empezando por las raíces hacia
arriba (..). Se me empezó a caer el
pelo y encanecí (..) El fragmento, en realidad, sintetiza la actitud con que deambuló
durante la mayor parte de su vida, desde la posición de escritor, y el
desapasionamiento con que se contempló a sí mismo. Quimera, 35 (enero de 1984) 31-6 |
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“Con Orwell y sin Koestler”,
Quimera, 35 (I-1984) 43-5.
“Borrar 1984. La fecha que
disparó un hombre a bocajarro”, Fin
de Siglo, 8 (1984) 13-7.
"Orwell va la escuela",
Cuadernos
de Pedagogía, 109 (enero de 1984) 45-9
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