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Stevenson: el
viaje como forma de vida Robert Louis Stevenson (1950-1894), autor, entre
otros libros famosísimos, de La Isla
del tesoro, constituye una de las personalidades más sugestivas de la
literatura universal. Hombre de salud precaria, tras vivir en diferentes
lugares europeos, partió hacia las islas de Samoa, en Oceanía, buscando un
clima más benigno que le fuese favorable. En una de dichas islas, cuyos
habitantes le bautizaron Tusitala, “el narrador de cuentos”, se establecería
hasta su muerte. El siguiente artículo recorre los hitos más sobresalientes,
tanto literarios como vitales, de la abigarrada biografía dels escritor
escocés. Stevenson, el
escocés nacido en Edimburgo (1850) que pasó sus últimos años en Samoa, donde
halló la muerte (1894), es un escritor que ha pasado a pertenecer a la
leyenda. Es la consecuencia de una
vida en la que el observador reconoce los trazos de la pasión, la desmesura,
la originalidad, el ensueño adolescente y romántico, la voluntad firme y
madura y, sin duda, la presencia constante de la literatura. Vivió como un personaje de ficción, pero
su vida fue tan real y la asechanza de la muerte tan inesquivable, que de
ella extrajó buena parte del material literario. Además de demostrar su genio literario en diversas obras, fue
abogado, poeta y un viajero que recorrió tres continentes. Sintió el anhelo de compartir sus viajes:
dejó a los lectores muchas páginas con la descripción fresca y sensible de
sus apreciaciones y el relato de las peripecias. Su obra
merece críticas muy diversas. Quienes
han discutido su valía y sinceridad reconocen la laboriosidad grande del
autor. Su vida no tuvo descanso, lo
que parece paradójico dado que nunca realizó otro trabajo remunerado que el
de escribir, que pasó buena parte de su tiempo convaleciente en el lecho, que
frecuentó ociosos balnearios y que disfrutó de un crucero por los mares del
Sur durante dos años. Paradójica,
pero toda una vida de actividad, con dos notas, una limitadora y otra
expansivo. La primera se refiere a la
frágil salud y a los graves momentos en que estuvo a punto de morir. La otra se compone de las facetas de la
pasión, la imaginación y la aventura, en las cuales aflora el deseo, la
creatividad personal y literaria, y la acción, respectivamente. Su infancia
en el seno de una familia burguesa se resintió del desequilibrio entre su
déil constitución y la desasosegante vitalidad imaginativa. La juventud supuso la rebeldía contra la
autoridad paterna y la asfixiante sociedad victoriana de Edmburgo. El secreto viaje a un lejano país, los
Estados Unidos, donde hizo frente a unos trances graves y se desposó con una
extranjera, añade elementos a la trama mítica. Su vuelta y reconciliación con sus padres, así como la
conquista de la popularidad con La isla
del tesoro, son hechos que perfilan el paisaje típico de la “vuelta y
aclamación del héroe”. Y aún un
epílogo: la segunda partida hacia una tierra remota u misteriosa, en el
Pacífico Sur, y su entierro en la cima de un volcán de Samoa. Tal es la leyenda de su vida y merte, la
que segrega el territorio del héroe, el aventurero romántico, el romántico. Sin embargo,
y a nuestro pesar, surge una dificultad.
Tal abundancia de escritura, tanta información biográfica, tanta
actividad en tan diversos paisajes, su agitada pasión, su incontinente
egocentrismo, reflejan una rápida sucesión de imágenes. Si pretendemos detenernos en una, parece
movida, desenfocada. |
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El ojo apreciativo y su aventura Sartre
comienza su estudio biográfico de Flaubert con esta pregunta: «¿Qué se puede
saber de un hombre, hoy en día?».
Contestarla le ocupa una escritura de dos mil quinientas páginas (El idiota de lafamilia). El sobresaliente trabajo de Sartre es
un ejemplo de la dificultad de la empresa. Aun tratándose de una mujer o un
hombre fallecidos -por lo que no cabe que el interfecto cuestione el
conocimiento que se tiene de él-, están los aspectos de las fuentes de
información y de las interpretaciones.
Precisamente, una fuente básica es la historiográfica, la que nos
brindan biógrafos y comentaristas, que sin duda ejercen un papel de
forjadores de opinión y, también, de deformadores de la imagen del personaje. El caso de Robert
Louis Stevenson no hace banal la pregunta que pone en duda el sentido de los
datos biográficos, la que duda de la facilidad de sus semblanzas. Ello no obsta para reconocer su utilidad,
a modo de recordatorio, y aun las hay que alcanzan una sobria concisión de
enciclopedia, como sucede en esta contenida reseiía: Stevenson, Robert Luis (1850-1894). Seudónimo de Robert Lewis Balfour. Escritor brit. Existencia marcada por una enfermedad pulmonar que, a partir de 1873, le llevó a la búsqueda de climas que pudieran aliviarle (Costa Azul, EUA, Samoa desde 1889). Su 1ª
obra de éxito fue La isla del
tesoro (1883), novela de aventuras de perfecta construcción y hálito romántico y
misterioso, el personaje del cocinero Silver preludia uno de sus temas recurrentes: la ambigüedad moral; El
extraño caso del doctor Jeckyll y Mr. Hyde (1886), influida por Poe; El señor de Ballantrae (1889). La muerte le impidió acabar la
magnífica Weir of Hemiston (1896).
(Diccionario enciclopédico Grijalbo) El artículo
se extiende cuatro líneas más en una nota sobre el estilo. Como vemos, trata dos vertientes, la vida
y la obra. Sobre la vida, tienta el
juego de imaginar qué habría destacado el anónimo redactor de haber resultado
Stevenson convencional, saludable y sedentario. Por otro lado, la referencia a la obra nos sitúa frente a un
hecho incontestable, incluso con el aparato de la estética y la crítica: la
obra literaria de todo autor es un misterio. Precisamente,
una de las funciones que se atribuye a la biografía (hechos, hábitos,
objetos, modos de trabajar... ) es la de iluminar, no ya el sentido, sino el
misterio de la obra. Los curiosos
se acercan a la vida del autor para conocer su obra. Con Stevenson ocurre fundamentalmente lo
contrario, pues se atribuye a la obra, junto con sus hechos, el papel de
espejo de la peripecia vital. Esto
habla de una característica de nuestro autor que ha jugado en su contra: él,
incluso en vida, ya era una leyenda que competía con su propia obra. Este fenómeno no es casual; lo propició, y
sus allegados lo incrementaron mientras pudieron, devotos de un culto y una
«marca registrada». Una de las claves
de la personalidad de Stevenson es su egocentrismo, la desmesurada conciencia
de sí mismo. |
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El ojo pendular Las notas que
podemos consultar sobre la historia nos hablan de la multiplicidad del ojo
con que se aprecia el valor de Stevenson.
Y no se trata tan sólo de modas literarias -que es un criterio que excede
este artículo-. Constatamos diversos
momentos de valoración de la figura del escritor que -y ésta es la tesis- en
buena parte responden a una influencia de la vida, por encima de la obra. De la devoción hagiográfica -fundamentada
en la biografía hecha por el primo Graham Balfour, y promovida por sus tres
mujeres supervivientes: la madre, la esposa y la hijastra-, pasa a ser objeto
de críticas acerbas -F. Swinnerton,
1924-, con el resultado de una inversión de criterios de valoración. Citamos estas
dos contrapuestas y sucesivas posturas, no ya para recapitular este aspecto
secundario de la historia, sino para expresar que también la aproximación de
nuestros contemporáneos -y este mismo papel- es igualmente hija de unas
referencias e intereses que deberíamos tener presentes. Se diría que a los momentos pendulares de
la crítica -admiración y rechazo- ha seguido la presente etapa, central y
menos arrebatada. Esta sensación de
equilibrio tiene una razón objetiva; no estamos implicados personalmente en el
asunto, a diferencia de lo que sucedió con los devotos y los detractores. Lo que
creemos saber, en la actualidad, de Stevenson no es lo mismo que se daba por
cierto hace medio siglo (en respuesta al interrogante de Sartre). No le consideramos un autor para el mero
consumo juvenil. ¿Y respecto a su persona?
Si nos fijamos en la -escasa- crítica española, distinguimos
matices. A modo de ejemplo, Fernando
Savater transmite una contagiosa admiración por la figura romántica de
Stevenson («La Escocia mágica de Stevenson», El País semanal, 06-02-1983). Javier Marías, por su parte,
propone una aproximación desenfadada, con la intención de no abundar en la
mitificación («Robert Louis Stevenson entre criminales», Claves, febrero de 1991). Quizá sean semblanzas que negocian (en
el sentido de «armonizar») con un material (una vida cerrada) y el talante
del observador que dice lo que incorpora a su vida. Un escrito
más amplio y -por necesidad- más documentado que lo anteriores es la
biografía de Jame Pope Hennessy (Robert
Louis Stevenson, Londres, Cassell Publishers, 1974). Su trabajo es fruto
de la minuciosa consulta de abundante material -correspondencia
fundamentalmente- y la aplicación de un criterio propio de la etapa
atemperada de interpretación de la figura de Stevenson. Ésta es la fuente de
la que he extraído la información primaria. |
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Los años de Edimburgo Nació
Stevenson un 13 de noviembre de 1850, en el seno de dos medios de fuerte
tradición: una familia ligada a la mar, de ingenieros y constructores de
faros; y la ciudad de Edimburgo, antigua y recia, entre volcanes extintos y
que domina el paisaje amplio del estuario del Forth y el mar. Si la tierra es sorprendente, la tradición
no es menor: ciudad real desde el siglo XII y capital de Escocia desde el XV,
con un castillo medieval legendario (sólo una vez tomado al asalto), una zona
vieja sabrosísima y un «ensanche» del XIX que le vale a la ciudad el
apelativo de «Atenas del norte». Al
paisaje natural y a los específicos registros arquitectónicos hay que añadir
lo más importante, la vida: burguesa, rigorista y victoriana de la ciudad
nueva, a la que pertenecía la familia del escritor, con casa en el 17 de
Herriot Row. Y la popular, menestral y también canalla, lecho de necesidades
y bajos fondos, con un insólito barroquismo vertical, en miserables y
peligrosas torres a modo de rascacielos. Edimburgo
tiene hoy el encanto y -en menor medida- los trazos fuertes que permiten
imaginar el entorno de los años de formación de Stevenson. Su infancia es la casa familiar, soleada y
con jardín, y el ambiente de la ciudad burguesa. La casa es central ya que su escasa salud le retuvo allí la
mayor parte del tiempo, raramente asistió a clase, así que la instrucción fue
tutorial, mientras el verdadero mundo exterior le llegaba a través de los
relatos populares, sobrecogedores, que le desgranaba Cummie, la niñera. Son
años que luego recordó como solitarios y penosos, con noches en vela por
accesos de tos y por las sombras de una febril imaginación. La juventud
supone un cambio grande. Conoce la
escuela y la universidad, donde ejerce de holgazán y rebelde. Su aspecto delata el rechazo que siente
por el asfixiante mundo puritano.
Cabello largo que se mueve al viento, ropa oscura, inclasificable y
aparentemente sucia. Un nuevo mundo
es la ciudad vieja, donde conoce a deshollinadores, marinos, truhanes y
prostitutas. Frecuenta estos medios y
se crea una fama de terrible y lascivo. (Estos hechos se sacan a relucir en
los años treinta y cuarenta del siglo XX, para rebatir la absurda imagen de
santo de yeso que había divulgado póstumamente su familia.) Si para la
sociedad honorable el comportamiento y los ideales de Stevenson resultaban un
enigma, una de sus primeras publicaciones es considerada igualmente
impertinente, Notas pintorescas sobre
Edimburgo (1879). Su ironía
muerde, hable de costumbres o bien del clima -que sirve al mismo propósito-,
como cuando escribe esto: «Los delicados tienen una muerte temprana y yo,
como superviviente entre crudos vientos y pertinaces lluvias, he tenido en
ocasiones la tentación de envidiar su destino». Además de su
función ambiental, el clima no es una anécdota. La sensación de frío, con lluvias y nieblas marinas que
traspasan los huesos, está determinada por la humedad y los vientos
desatados, que llegan a Edimburgo directamente del mar del Norte y de
Escandinavia. (Aún hoy las casas no destacan por una buena calefacción y el
aislamiento.) A pesar de estar delicado de salud, Stevenson no murió pero sí
soñó con tierras cálidas, en el Mediterráneo y más lejos. Cuando tenía doce
años pasó cinco meses con sus padres en la Costa Azul, en Menton, y de vuelta
visitó las más importantes ciudades italianas. No parece que el viaje dejara en él mucha huella; en todo caso
volvería a la Ribiera y a otros lugares de Francia, como joven excursionista
o convaleciente, y habría de encontrar a la mujer de su vida. |
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Robert
Louis Stevenson |
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El viaje como vida Completa los
estudios de derecho para dar gusto a su familia. A continuación vienen los disgustos: no tiene la más mínima
intención de ejercer, pues manifiesta su deseo de dedicarse a algo tan
ambiguo y excéntrico como la literatura; además, se declara agnóstico. La aflicción de los padres es
comprensible, pero este hijo único es su motivo de amor y comprensión. Su salud
empeora. El diagnóstico es
tuberculosis latente y el tratamiento, viajar a tierras de clima más benigno
que el escocés. La amenazadora
enfermedad tiene la virtud de liberarle de la agobiante Edimburgo. Conoce la dicha de instalarse en Londres o
viajar a Francia repetidamente, de cuyas experiencias saldrán varios libros
atractivos. Un viaje al continente (1878)
es un viaje en canoa entre Antwerp y Pontoise. Narra la anécdota de su arresto. «Había siempre algo en el
aspecto de Stevenson -escribe Hennessy- que inmediatamente despertaba la
hostilidad de aduaneros, agentes de banca, hoteleros y la policía.» Le
tomaban por alguien fuera de la ley, y estas confusiones le persiguieron por
todo el mundo. Un cochero de Londres
comentó que parecía un ahogado que habían sacado del Támesis. Pero, al tiempo, podía tener un porte
aristocrático y una expresividad y encanto grandes cuando conversaba y se
hallaba entre amigos. En una de sus
estancias en Francia conoce a Fanny Osbourne, que está siguiendo un curso de
pintura. Es norteamericana, diez años
mayor que él y vive con sus hijos separada del marido. El encuentro es feliz y determinante. Estamos en 1877, en cuyo verano visitan
juntos Londres. En el verano
siguiente Fanny debe volver a América.
Stevenson pone fin a un distanciamiento que le mortifica y, al verano
siguiente, el de 1879, viaja a Nueva York en un barco de emigrantes, para
seguir en ferrocarril hasta Monterrey, California. De esta experiencia, penosísima para su salud, da cuenta en
numerosas cartas a sus amigos y en los libros El emigrante aficionado y A
través de las llanuras, donde refleja también con sensibilidad la
humanidad de los emigrantes, pobres gentes a las que considera sus iguales.
En todo ell la buena sociedad verá escandalosos elementos anarquistas. La aventura
americana no es un juego. Con pocos
recursos -sus padres la desconocen-, avanza hacia la extenuación y un destino
azaroso, Fanny no está divorciada y su situación es comprometida, por no
hablar de la decisión que ha de tomar.
Stevenson no puede ser acogido por su amiga, así que parte a caballo a
un bosque de los alrededores con la intención de acampar. Cae enfermo y yace dos días exánime e
insomne bajo un pino. Un ranchero lo
descubre y le asiste en su propiedad durante dos semanas de postración. «Fue
una extraña y penosa parte de mi vida -declara Stevenson-, y según todas las
reglas podría haber significado mi muerte.» La fortuna no
le abandona, si por ello entendemos la hospitalidad y ayuda de nuevos amigos
en Monterrey. Pero ésta es una etapa
de verdadera prueba: larga soledad en San Francisco, precariedad económica y
un ataque de pleuresía, hasta que en mayo de 1880 se casa con Fanny, en quien
halla además una devota enfermera y una persona práctica y protectora. Ello tendrá sus inconvenientes
(aislamiento y posesión), pero es algo que necesitaba. Su insólita luna
de miel en una mina abandonada, -como la gran parte de sus experiencias- da
lugar a otro relato, Los colonos del
Silverado. Reposo, baños de sol y
friegas de aceite son parte del tratamiento de su mujer. La vuelta a Escocia en el verano de 1880,
tras la aprobación del matrimonio por pare de sus padres, significa el
regreso de un hombre de mejor salud y mayor capacidad literaria. Los siete
años siguientes en Europa arrojan una larga lista de domicilios en busca de
un clima saludable: Alpes suizos, veraneos en Escocia, Costa Azul y
finalmente la casa de Bournemouth, en el sur de Inglaterra. En lo que respecta a la literatura, éste
es un período de excelentes páginas.
La primera es La isla del
tesoro, que le da la popularidad y sobre cuya anécdota de escritura en la
primavera de 1981, junto a su hijastro y el resto de su familia, se ha hecho
famosa: el entretenimiento de dibujar una isla imaginaria desencadena una
historia con un gran sentido dramático, magnífica estructura y unos
protagonistas de inquietante ambigüedad moral. Nuevas noches árabes y El dinamitero no consiguen
despertar el entusiasmo de los lectores.
Sin embargo, más interesante es la serie de novelas de tema escocés, La flecha negra, Secuestrado y Catriona. La fuerte
amistad que traba en 1885 con el novelista norteamericano, a raíz de una
polémica sobre si la literatura ha de competir con la vida (la postura de
James) o si ni la literatura puede competir con la vida (la de Stevenson), le
aporta también un interlocutor magnífico.
Se frecuentan a diario durante varios meses en Bournemouth, mientras
uno prepara Los bostonianos y el
otro El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Esta obra, que fue escrita en tres
días y revisada en seis semanas, ha llegado a calar en el lenguaje popular, un
efecto que se explica porque en su momento conmocionó a toda la sociedad. Los mares del sur Los siete
últimos años de vida los pasa en un viaje por el Pacífico Sur y su
asentamiento en Samoa. Nada de ello
estaba previsto. Su padre acaba de morir
y su salud se deteriora, así que en 1887 parte con su familia y su madre para
un sanatorio en Colorado (EE.UU.), cuya estancia le restablece (y lo cierto
es que no ha de morir de tuberculosis).
Dispone de dinero y de una ilusión casi infantil por conocer las islas
del Pacífico. Antes de volver a
Inglaterra decide fletar la goleta «Casco» para satisfacer su sueño. Le acompaña con gusto su familia, y
durante seis meses recorren las Marquesas, el atolón de coral Fakarava,
Tahití y Honolulu. Escucha leyendas
que luego recoge en La isla de las
voces y trabaja en El señor de
Ballantrae, obra que resulta lograda sólo en parte. Su encanto personal
le granjea la amistad de reyes de las islas que visita. En Stevenson tenemos
al prototipo del viajero, algo difícil de imaginar desde nuestra época de
dominio del turismo. El mundo
polinesio es una revelación para el escocés; a la brillantez de la luz, la
fuerza de los colores, el perfume del aire y los inmensos horizontes marinos,
se suma el descubrimiento de la alegría sincera de los pobladores y la
sensación de que el tiempo no existe. Estas
impresiones le animan a prolongar su viaje.
Se embarca en el «Equator», un barco que comercia con copra, con la
intención de progresar hacia el sur.
A los diez días de travesía decide pasar el resto de su vida en los
mares del sur. La narración de este
viaje queda plasmada en Los mares del
sur. Atraca en el
archipiélago de Samoa (diciembre de 1889) y escoge como residencia Apia,
capital de la isla Upolu. Hace construir una casa en las afueras, a la que
bautiza como «Vailima» (cinco arroyos, en lengua nativa). Este período
es el más documentado y el más polémico.
Salvo Henry James, los lejanos -y alejados- amigos tienen la idea que
su literatura se deteriora y que su vida se cierra sobre sí mismo. Alguna razón tienen, ya que el
egocentrismo de Stevenson se acentúa, según Hennesy, «con la influencia de la
megalomanía de Fanny»: detalla en su abultada correspondencia todo cuanto le
acontece o siente; se imagina a un paso de la genialidad al escribir la
novela inacabada Weir of Herminston, y,
en suma, parece que atribuye una desmesurada dimensión a su persona. Si ello es posible, también ocurre que
tiene un sincero y abnegado interés por su nuevo mundo. En numerosos artículos y en Pie de página para la historia ofrece
un elaborado retrato de la situación política en Samoa, del abuso occidental,
y hace una fraternal defensa de los nativos.
Son cuestiones que, como poco, despiertan incomprensión en el Norte. Su intervención no queda sólo en textos,
sino que llega a ejercer de mediador entre jefes nativos y a evitar
hostilidades. En estos años ya es muy
popular en Estados Unidos, lo que no deja de ser un motivo de envidia entre
los viejos amigos, además de su pérdida de influencia en él. En junio del
año 1894, el escritor interrumpe su trabajo tras la esperada llegada de los
muebles de la casa paterna de Edimburgo.
Al desembalar las voluminosas 37 cajas, se produce la maravilla de
recobrar en los trópicos los recuerdos tangibles de su infancia. Esto coincide con un óptimo momento
personal del autor, que da señales de estar en su punto de madurez creadora y
a quien la salud le asiste razonablemente. El tres de
diciembre de 1894 dicta unos pasajes de Weir
of Hemiston a su hijastra Belle.
Por la tarde intenta dar una clase de francés al hijo de Belle, entre
risas y bromas. Tras recoger una
botella de vino en la bodega, ayuda a Fanny a preparar una mayonesa. Vierte
con mano firme las gotas del aceite cuando de repente hace un gesto de dolor
y pregunta: «¿Tengo un aspecto raro?», mientras cae de rodillas en el
porche. La hemorragia cerebral le
hace perder el conocimiento y muere poco después, a la edad de cuarenta y
cuatro años. Al día siguiente es
enterrado en la cima del monte Vea, de origen volcánico, según su deseo. Cuadernos de Literatura Infantil y Juvenil, 33
(noviembre de 1991) 8-16 |
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