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Publicaciones:
reseñas sobre ensayo y arte
Selección de reseñas sobre ensayo y arte
Nota: La mayor parte de las reseñas de Xavier Laborda
reproducidas aquí han aparecido en Cuadernos
de Pegagogía y K
Índice de autores y de obras reseñadas
Gregorio
Morán, El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del
franquismo
Noam Chomsky, Ignacio Ramonet, Cómo nos venden la moto
Javier Echevarría, Un mundo virtual
Javier Echevarría, Los Señores del aire: Telépolis y el Tercer Entorno
Harold Bloom, Cómo leer i por qué
Marcel·lí Antúnez, Concèntrica
Raffaele Simone, La Tercera Fase. Formas de saber que estamos perdiendo
Román Gubern, Máscaras de la ficción
Ajuntament de Sant Cugat,
Sant Cugat del Vallès, Gausac, 2002.
El maestro en el erial.
Ortega y Gasset y la cultura del franquismo
Gregorio Morán,
Barcelona, Tusquets, 1998; 541 pág.
Hay polémicas culturales bien
lastimosas, que no sólo avergüenzan por el espectáculo de la indignidad que
ofrecen sino que apenan por la ceguera y el dogmatismo que pretenden imponer.
La ceguera ante los tópicos y fetiches amañados por la historia; y el
dogmatismo intimidatorio, repelente del espíritu crítico y del método
historiográfico que buscan un sentido coherente en discursos y comportamientos
históricos. Ello es lo que ha sucedido con la publicación del libro de Gregorio
Morán El maestro en el erial o, mejor
dicho, con la reacción a su publicación, pues es tal reacción la que nos
provoca esa sensación y pesadumbre. Sin duda, Morán puede acertar o puede errar
en los juicios de su investigación sobre la figura de Ortega y Gasset en la
época franquista, y sobre lo cual me gustaría aportar algún comentario
específico; pero no es honesto que, porque cuestione seriamente el papel del
intelectual y lo que considera su inmerecida leyenda de espíritu independiente,
su libro haya “sido recibido en algunos diarios españoles con reseñas vitriólicas”,
según la descripción de Llàtzer Moix. Para ilustrar este raro fenómeno de la
crítica desdeñosa con Morán, transcribo el encabezamiento de uno de estos
escritos alusivos, “No todo fue erial”, firmado por el académico de la lengua
Pedro Laín Entralgo: “Acaba de publicarse un libro titulado El maestro en el erial. Ni lo he leído,
ni pienso hacerlo.” Y acto seguido, Laín se despacha como su desconocimiento le
da a entender para rebatir de plano la tesis de Morán, sin recatarse de la
grosera y arbitraria exposición. Este espectáculo de descrédito y aniquilación
llama la atención sobre dos cuestiones, la del asunto que desentraña el
estudioso de Ortega y la de las condiciones de poder, sean académicas o
mediáticas, en que se desarrolla la historiografía y el análisis del discurso
que revisa la memoria histórica. Tratando de la primera y más acotada, nos
hacemos la ilusión de que apuntamos a la otra y más general.
Gregorio Morán (Oviedo,
1947) ejerce el periodismo y, desde su conocida sección de cada semana,
“Sabatinas intempestivas”, en La
Vanguardia, brinda una forma exigente y osada de tratar la actualidad. Las
cartas de protesta de algunos lectores descontentos de sus artículos,
aparecidas en el mismo diario con más frecuencia de los que suele ser habitual
en la prensa, hablan de los resquemores que despierta una escritura en absoluto
remilgada y anodina, al servicio de un talante crítico y progresista sin
doblez. Como escritor, ha publicado otros libros sobre la historia reciente, Adolfo Suárez, historia de una ambición,
Miseria y grandeza del Partido Comunista
de España o también El precio de la
transición, por citar sólo unos. Huelga decir que no se trata, por lo
tanto, de un recién llegado a la investigación. En su último trabajo, y según
declara, la consulta del archivo de la Fundación Ortega y Gasset y el resto de
la documentación sobre el personaje y la época le ha ocupado ocho años de
estudio. La relación de esos rasgos personales, como antecedentes del asunto
que exponemos, bien justifica un análisis equilibrado de su voluminosa obra.
La situación de la que
arranca el estudio es el regreso en 1945 del filósofo José Ortega y Gasset
(1883-1955) del exilio a España, e indaga el trayecto intelectual que, en la
España franquista del nacionalcatolicismo, de la posguerra, del aislamiento
internacional y de la depauperación cultural más absoluta, desarrolla una
celebridad como Ortega, ya mayor a sus sesenta y dos años, consumidas muchas de sus ilusiones y su tiempo de
brillantez política durante la II República, abotargada su creatividad, y
recibido por el poder con la pretensión de que se manifieste como un converso
al régimen fascista, pero también repudiado sordamente entre los vencedores por
su pasado republicano y su laicismo. He aquí la figura y el fondo histórico,
esto es, los dos aspectos que describe y analiza Morán. Una consideración
previa que se hace el autor es la sorprendente ausencia de una biografía cabal
del filósofo, y aun más de esa época crepuscular de su vida, cuanto más
incomprensible como que, restablecida la democracia y dispuestos los medios de
investigación con la fundación que lleva su nombre, la confección de tal
trabajo establecería la entidad y los detalles del creador de la corriente
filosófica del raciovitalismo.
He aquí la laguna que desea
colmar Morán con su libro. Para adquirir perspectiva, retrocede hasta la época
republicana y toma una idea de la evolución del brillante publicista, filósofo
y profesor que fue Ortega, de sus incursiones políticas desde un lugar de honor
de la prensa, de su repulsa de Primo de Rivera, de la acogida y posterior
repudio del republicanismo oficial, del paréntesis personal de la guerra civil,
de las amarguras del exilio parisino y lisboeta, de las cavilaciones para
volver a la España franquista y para liderar, sin comprometer su posición, un
movimiento personalista y elitista, en un país nacionalcatólico y, en palabras
del propio Ortega, trágicamente “tibetizado”. Los archivos han servido a Morán
los fragmentos contradictorios y escurridizos de la reconstrucción de este
tiempo, de los ambiciosos proyectos y las recaídas depresivas, de su
encantadora personalidad y su soberbia, su ingenio y su charlatanería, sus
escarceos galantes y con el poder. Pero hay más, pues se ha impuesto el autor
entender el marco y los nombres propios del modelo político del
nacionalcatolicismo, sobre el que había “tantas páginas y tan poco estudio”, de
modo que ha tenido que reflejar en un capítulo sus progresos. Dos son las tesis
que desarrolla el escritor, con una prosa vivaz y pulcra, una documentación
abrumadora y un claro plan de trabajo. En primer lugar, que la figura de
Ortega, agostada y acomodaticia hasta el oportunismo, no brilló a la altura de
su fama de pensador ni respondió dignamente —menos aun con coraje— a las
terribles circunstancias que vivían sus conciudadanos. Y, en segundo lugar, que
el severo aislamiento del país, es decir, su “tibetización”, causó unos
estragos culturales y cívicos escalofriantes, y en el recuento de sus episodios
aparecen los nombres de intelectuales que, por diversas razones, han sido
presentados después por sectores conservadores y también progresistas como
figuras sin sombra ni relación con el régimen que les patrocinó, como figuras
consideradas, desde luego, bajo una óptica deformante y ajena a una
historiografía presentable.
La aportación de Gregorio
Morán no puede enjuiciarse con el resumen de unas líneas, ni mucho menos
constando en ellas el reconocimiento explícito de quien firma esta recensión, a
quien ha persuadido de la cualidad y de la honradez científica de la indagación
histórica. No se nos oculta que uno de los puntos más vulnerables es la forma
directa y descarnada de exponer sus conclusiones, sin merodeos morigerados ni
calculadas ambigüedades, lo cual no significa que no haya ponderación y
penetración, todo lo contrario. No se nos oculta que esa exposición aguda y, además, el rechazo de tácticas académicas
para escamotear la responsabilidad de autor y para escudarse en grupos
profesionales, son algunas de las causas de tal inquina contra su trabajo. Por
otra lado, puede que haya más motivaciones sectarias, ideológicas y mediáticas,
de tanto calado que parece improbable que se conceda a El maestro en el erial una lectura ecuánime y comprensiva. Todo lo
cual nos lleva a un ámbito que excede este comentario, el de las dificultades
que ha de salvar todo análisis historicista del discurso, sea en el campo
tópico de la historiografía o del más formal del análisis crítico. La presión
del presente, la fascinación por el espectáculo de sus medios de comunicación,
la pujanza de las disciplinas indiferentes a la perspectiva histórica, la
confusión sobre la responsabilidad del diálogo perspicaz y renovado con los
materiales de la tradición, son mecanismos que pueden dar razón de la precaria
vida del pensamiento historiográfico. Con todo, si nos atenemos a una pequeña
parcela del problema, si nos proponemos considerar algo inmediato para recabar
dictámenes de mayor envergadura, podemos concluir que el examen ideológico de
Gregorio Morán sobre la última época de Ortega y la primera de la dictadura,
brinda un motivo apropiadísimo para debatir esta vertiente de la crítica.
Referencias
Ayén, Xavi: “¿Era España un
desierto cultural en los 40 y 50?” (debate entre Javer Tusell, Andrés Trapiello
y Gregorio Morán), La Vanguardia,
22-5-1998, pp. 6-8
Laín Entralgo, Pedro: “No
todo fue erial”, El País, 16-4-1998,
p. 14.
Moix, Llàtzer: “Dos vicios
de toda la vida”, La Vanguardia, 22-5-1998,
p. 6.
Morán, Gregorio (1998): “El
erial y los hijos del erial” (I y II), La
Vanguardia, 27-6-1998, p. 23; 4-7-1998.
Cómo
nos venden la moto
Noam Chomsky, Ignacio
Ramonet
Barcelona, Icaria, 1995, 102 pàg.
No es divertido hablar de cosas importantes, sobre todo si no queremos usar
los emplastos de siempre, aquellos que sólo valen para dar la razón a quien
siempre parece tenerla. No es divertido ni tampoco descansado, pero puede
resultar fascinante. Puede dar nuevas ganas de discutir y entender el porqué de
algunas cosas cívicas, es decir, políticas. Esta es la consecuencia que
extraerá el lector de Cómo nos venden la
moto, un libro escrito por Noam Chomsky e Ignacio Ramonet, magníficos
polemistas que ponen su lucidez y compromiso ético al servicio de un diálogo
crítico y comprensible.
Hay que advertir que el libro, que no es una novedad, ha tenido una mala
crítica, quizá a causa de dos mèritos: la frescura del contenido y la
insolencia del tono. La primera parte, “El control de los medios de
comunicación”, recoge lo que parece —el
editor no lo indica— una intervención informal de Chomsky ante un auditorio
políticamente despierto. Y trata de las modalidades de democracia y del grave
mal que comporta una de ellas, la “democracia del espectador”, aquella en la
que los expertos de las relaciones públicas fabrican el consenso o las
opiniones que convienen a los poderosos y, al tiempo, disuaden a la gente, rebaño desconcertado, de que participe
libremente en los asuntos propios y de la comunidad. Para ilustrar su
exposición, Chomsky hace referencia a casos de clamorosa fontanería
informativa, como los de Manuel Noriega, Sadam Husein, las guerras del Golfo o
Vietnam, y las masacres en Guatemala, El Salvador y Timor. ¡Las posibilidades
de análisis son inacabables!
Por su parte, Ramonet escribe el capítulo “Pensamiento único y nuevos amos
del mundo”, en el que apunta los mecanismos de los medios de comunicación
social para producir opinión pública y conseguir la conformidad de los
receptores. Son mecanismos que se valen de la añagaza de la autonomía del
pensamiento individual y la evidencia de las verdades difundidas. En tal
relación de recursos mediáticos, además de la violencia audiovisual y la
publicidad para conseguir la identificación de los espectadores, tiene un gran
peso el uso de las imágenes como prueba —absurda prueba— de verificación. ¿Verdad que lo veis?
i ¿no es real, entonces? —dice el experto en razonamientos fuleros—, por lo
tanto es irrefutable lo que os presento.
Lo que impugna el
periodista Ignacio Ramonet es una hegemonía ahogante, casi totalitaria, que se
traduce en un “pensamiento único” por doquier o, lo que es lo mismo, un círculo
de razón que excluye la disidencia y la reflexión. A su vez, el lingüista y
activista político Noam Chomsky destaca que el asunto central no se reduce a la
manipulación informativa, puesto que también se toca una cosa vital. Y ¿cuál,
pues? “Se trata —manifiesta en un tono encendido— de si queremos vivir en una
sociedad libre o bajo lo que viene a ser una forma de totalitarismo
autoimpuesto, en el que el rebaño desconcertado se encuentra, además,
marginalizado, dirigido, amedrentado, sometido a la repetición inconsciente de
eslóganes patrióticos, e imbuido de un temor reverencial hacia el líder que le
salva de la destrucción” (p. 53).
¿Quién podrá decir que no tenemos entre las manos un notable panfleto sobre
el problema de la información, la propaganda y la democracia? Panfleto: libro
impreso de pocas páginas, en el que se expone claramente unas razones que
atacan violentamente a alguien o alguna cosa. También, obra que infringe las
fórmulas discursivas de la ciencia y que menosprecia los fines de la
diplomacia. Sus contrarios: el panegírico, el elogio, la aprobación, el
aplauso, la enjabonada, el lametazo. Los panfletos dignos de su nombre, como el
mencionado Cómo nos venden la moto,
son sendas abruptas que no conducen a la diversión ni el relajo, pero sí dan
ganas de hablar de cosas valiosas, porque nos gustaría entenderlas mejor y no
dejar tanto hueco a los amos de las palabras.
Apología de la cultura electrónica
Un mundo virtual
Javier Echevarría
Barcelona, Nuevas Ediciones de Bolsillo y Plaza y Janés, 2000; 148 pág.
Este libro de Javier Echevarría es un discurso escueto y documentado sobre
la realidad virtual. A diferencia del tratamiento que se da a esta etiqueta de
lo virtual, acuñada en 1980 y tan de moda ahora, Echevarría expone de un modo
sosegado y crítico los conceptos y la historia de este fenómeno tecnológico de
finales del siglo XX. Es de agradecer que no caiga en la apología de esta
industria ni en la elaboración de un catálogo comentado de productos. El
resultado es interesante porque el autor no se interesa por estos aspectos tan
efímeros y previsibles, sino por entender el sentido de estos cambios. Consigue
Echevarría presentar un cuadro muy bien ilustrado de esos cambios y propone al
lector unas pautas críticas que son útiles.
La realidad virtual se crea mediante la simulación informática de
situaciones. El piloto de vuelo se entrena de este modo. El cliente que ha
encargado una vivienda ve y pasea por su futura casa. El viajero deambula
viertualmente por las calles y los museos de la ciudad que querría visitar. El
ocioso experimenta sensaciones y percepciones curiosas mediante un casco o unas
lentes esteroscópicas y unos guantes de datos . El científico, en su
laboratorio electrónico, observa y experimenta sobre una realidad construida a
medida de sus investigaciones, o bien enseña a los estudiantes según las
necesidades del aprendizaje. El artista plasma sus obras con recursos inéditos
hasta hace poco.
Son algunos ejemplos de esta formas de instrucción, producción y
entretenimiento, en su mayoria simulaciones en tiempo real. Esos ejemplos son
el medio de que Echevarria se vale para proponer una definición de realidad
virtual: “sistema informático usado para crear un mundo artificial donde el
usuario tiene la impresión de estar en dicho mundo, siendo capaz de navegar a
través del mismo”. Y para abstraer una concepción de la historia cultural y de
los entornos humanos. La evolución cultural del hombre, según el autor,
consiste en el fortalecimiento y la expansión de las capacidades biológicas del
cuerpo. A su alrededor conquista y construye tres entornos de complejidad
creciente: el natural, el urbano y el virtual. Y argumenta Echevaría por qué
este último o tercer entorno, que aparece con el uso de las nuevas tecnologías
de la información y la comunicación, la televeisión entre ellas, supone un
cambio cultural notable. Su tesis es que hablar del tercer entorno equivale a
referirse a unos medios y géneros que han conseguido un éxito abrumador, com es
precisamente el caso de la televisión, y que ya hay otros que emergen con brío.
Sin embargo, no olvida aclarar Echevarría que son medios ambivalentes, de
información y entretenimeinto, de poder y de comercio.
Una curiosidad gráfica del libro es que se edita con subrayados y groseras
llamadas de atención al margen, que se suponen útiles para la lectura rápida.
Hay que decir, en descargo del autor, que esta extravagante iniciativa no
parece ser de su responsabilidad, sino una cortesía editorial. ¿Realidad
infovirtual de escuela de repaso?
Un tratado ambicioso sobre la sociedad tecnológica
Los Señores del aire:
Telépolis y el Tercer Entorno
Javier Echevarría
Barcelona, Ediciones Destino, 1999; 492 pág.
La abundante y notable lista de obras de Javier Echevarría sobre la
cibersociedad se distingue por un vocablo propio, Telépolis. Con él designa una
metáfora cultural, la de la ciudad de la información, de la simulación
informática y de las redes telemáticas. Telépolis es el escenario del tercer
entorno, el de la ciudad global, electrónica y digital. Al tercer entorno le
han precedido la naturaleza y el medio urbano. Y ahora es posible gozar de los
tres entornos, cada cual para un tipo de vida o de actividad. La divisa de
Echevarría para una vida equilibrada es dedicar un tercio del tiempo a cada
entorno: naturaleza, ciudad, telemática.
La cita de esta incitación no es una mera curiosidad. Puede expresar la
ambición de una obra que está a caballo del tratado y del manifiesto.
Adiferencia de mucha literatura proyectiva, la preocupación del autor por la
construcción de la ciudad trónica no tiene nada que ver con la fascinación por
los artilugios, sino que se centra en problemas abstractos, esto es, en las
incógnitas y las opciones culturales y políticas. Y de todos los factores que
cabe tratar, el autor destaca el de la educación.
El libro tiene tres partes y un apéndice. La primera es una extensa
descripción de las características de Telépolis. Son 20 los rasgos que
diferencian Telépolis de la naturaleza y la ciudad, y de éstas las principales
son la distalidad (se interactúa a distancia) y la reticularidad (se funda en
redes y no en espacios físicos). La segunda parte es una ejemplificación de los
efectos de Telépolis en tareas como el arte, la política, la educación, el
trabajo, la guerra o el periodismo, entre otros ámbitos. Esta presentación de
las nuevas formas de crear, gobernar, educar, producir, batallar o informar
justifica la tesis de la implantación progresiva del tercer entorno. Y la
tercera parte supone una estimulante generalización del asunto, en el sentido
de que lo plantea no ya en sus manifestacione sino en sus raíces. Ahí se
hallará disquisiciones sobre los problemas del poder y de la economía, de la
democracia o de la tiranía, de la organización y de la humanización del tercer entorno.
Finalmente, en el apéndice Echevarría propone un escueto programa de política
educativa, compuesto de quince puntos, como primera pieza de planificación y de
fundación de Telépolis.
El largo análisis de Echevarría merece especial consideración por su
propuesta de civilizar, humanizar y democratizar el mundo telemático, unos
principios que, como reconoce, son tan queridos como difíciles de actualizar.
Civilizar supone construir el entorno con la habitalidad de un auténtica
ciudad. Humanizar implica perseguir el desarrollo y el perfeccionamiento de la
humnidad. Y democratizar demanda superar el estado feudad en que se hallan los
medios telemáticos y del triste vasallaje nuestro como usuarios. Es de esperar
que más adelante el ensayista pueda ahondar en estos aspectos fundacionales y
políticos, una vez resuelta la tarea de las descripciones tipológicas y quizá
también cuando se haya superado socialmente un entusiasmo de feria de muestras.
La aportación de Javier Echevarría apunta en esta dirección, tan rara hoy, de
la crítica y de la aspiración de una Constitución transnacional congruente con
el nuevo entorno.
Cómo leer i por qué
Harold Bloom
Barcelona, Anagrama,
2000; 307 pág.
La obra de Harold
Bloom, Cómo leer y por qué, ha
llegado a las librerías españolas con una presteza inusual, más propia de la
novela de éxito que del ensayo literario. La razón está en que su autor es una
figura que interesa y que deleita porque tiene el don de resumir con maestría
las opiniones que ha elaborado a lo largo de toda una vida dedicada a la
lectura y a la enseñanza en las universidades de Yale y Nueva York. Bloom no es
solamente un profesor y un erudito, sino también un polemista desenfado y
brillante que crea doctrina a contracorriente de las modas y de las escuelas.
El autor de El canon occidental, con cuya obra
mereció la atención de críticos y lectores y que recibió juicios
contradictorios, ha escrito esta continuación que es Cómo leer y por qué, y en la que desgrana los méritos de cuarenta
literatos, a partir del comentario de varias de sus mejores obras. Este ensayo
de Bloom es el compendio de un canon que distribuye estos dilectos autores, en
su mayoría anglosajones, en los apartados correspondientes a los géneros del
cuento, la poesía, la novela y el teatro. Un breve preludio a cada género,
generoso en lúcidas reflexiones, resarce al lector que no congenie con las
elecciones del profesor. Y le anima a conocer los comentarios precisos e
iluminadores de un crítico entusiasta, que presenta los trazos argumentales y
estéticos de varias obras de cada literato.
En estas
páginas, cuya lectura resulta muy ligera, se halla retratada la galería de los
grandes de la literatura y, por descontado, aquellos que concentran el ideal de
su autor, entre los cuales se cuentan Anton Chéjov, Ernest Hemingway y Italo
Calvino, como cuentistas; Robert Browning, Walt Whitman y John Milton, en el
capítulo de poetas; Miguel de Cervantes, Henry James o Toni Morrison, como
novelistas; y, finalmente, Henrik Ibsen y Óscar Wilde, entre los dramaturgos.
Quizá se eche
en falta un nombre ilustre en la lista precedente. Uno en particular, que hemos
reservado para dar ocasión al lector de cubrir mentalmente este hueco. Se trata
de Shakespeare, que, en efecto, aparece en la selección de Bloom, y que es
además el único que lo hace en dos secciones, la de poemas y de teatro.
“Ninguna introducción a cómo leer y por qué —declara con resolución Bloom—
debería omitir a William Shakespeare, dramaturgo supremo de todos los tiempos
y, sin duda, el escritor más eminente de todas las lenguas occidentales, por
encima de Dante, Chaucer, Cervantes y Montaigne”. Difícilmente podrá rebatirse
tan fundada opinión. Más, por si ello fuera posible, Bloom no pierde ocasión
para volver una y otra vez al isabelino, sea para compararlo con los mejores de
su canon, sea para presentar sus sonetos, sea para exponer la doctrina
literaria del propio ensayista.
Nada es
comedido en este ensayo que parte del pretexto sobre cómo leer y arremete
contra las corrientes que no encajan con un modelo romántico de la crítica
literaria. Son conocidas sus invectivas, que renueva aquí, contra la teoría de
la recepción o las perspectivas del feminismo o del psicoanálisis. Lo
importante de este alegado es que Bloom es coherente con su poética y que sus
estudios resultan concienzudos. No hay superficialidad en esta posición algo
atrabiliaria y candorosa, porque bebe de las fuentes clásicas de Samuel Johnson
y de Ralph Waldo Emerson, críticos literarios del XVIII y del XIX,
respectivamente, y notables admiradores de Shakespeare. Y porque sus
conocimientos son fruto de un tesón como lector y como profesor impresionante.
Es posible que
este magisterio afectuoso de Bloom, y su elogio sin medida de la literatura y
de sus autores, sea el mayor mérito de la obra, por encima de la erudición y la
calidad de sus juicios, aspectos estos también extraordinarios. Los ensayos
críticos de Henry James, por citar un nombre muy querido para Bloom, y
recientemente publicados bajo el título La
imaginación literaria, en una edición impecable de Alba Editorial,
recuerdan esa atmósfera envolvente y embriagadora de la tradición clásica de
críticos. Sin embargo, a diferencia de James, Bloom añade un desenfado chocante
y una simplicidad muy eficaz. Quizá su mejor consejo de cómo leer, de los pocos
que dispensa —a pesar de lo que pueda sugerir el título—, sea éste sobre la
actitud que debe tomar el lector. “Cuando leemos por primera vez una obra
literaria —concluye Bloom—, por formidable que sea…, la condescendencia o el
miedo nos impedirán comprenderla y
gozar de ella”. Y aún añade que “todo lo que necesitamos, cuando abrimos un
libro, es reducir a su mínima expresión nuestras ansias de poder”. Bloom
recomienda la lectura por placer, si bien reconoce que es un placer ciertamente
exigente.
Concèntrica
Marcel·lí Antúnez
Conferència a L’Art a Debat, Fundació Sant Cugat
Sant Cugat, abril de 2001
Una conferència del
ciberartista Marcel·lí Antúnez, il·lustrada amb la projecció d’un vídeo i
d’imatges electròniques, ha ofert al públic un motiu per imaginar noves formes
de fer teatre. L’acte formava part de les Jornades d’Art a debat, de la
Fundació Sant Cugat. I ja podem dir que el camins de l’art són imprevisibles.
Escultures de carn, quadres fets amb cultius de bacteris o poemes visuals
elaborat amb cors de porc. Cavalls de cartró que tenen moviment en la pantalla.
Robots que parlen i canten. Videojocs que recreen la guerra de Troia. Herois
romàntics que fan un viatge cap a un món indigent. Obres de teatre que posen en
escena rituals de la creació de la societat. Esquelets metàlics que mouen els
actors a caprici dels espectadors.
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Aquests materials
poètics i escenogràfics són la base de la producció de Marcel·lí Antúnez , un
artista català afamat i de culte. Marcel·lí Antúnez Roca (Moià, 1959) està
considerat, dins del seu renovador món, el creador català de més incidència
internacional. Els seus muntatges i instal·lacions, com Afàsia o Rèquiem,
combinen històries tradicionals amb elements nous. Són els elements més
diversos i inaudits de la tecnologia, una creació musical lligada a l’acció
teatral i, el que és encara més important, la relació física amb els
espectadors. El resultat d’aquestes incorporacions són uns espectacles sempre
canviants i expressament oberts a la participació del públic.
En els inicis de la
carrera d’aquest llicenciat en Belles Arts hi ha la Fura dels Baus, un grup
teatral de la visceralitat, que reflectia amb paroxisme l’esperit agressiu i
inclement del nostre temps. L’exposició que Marcel·lí Antúnez va fer a Sant
Cugat tractava de l’etapa posterior, la dels anys noranta, que presenta un risc
estètic impressionants. Comença amb un revulsiu Epizoo, un muntatge que permetia a l’espectador intervenir sobre
l’actor. A Epizoo el personatge
Marcel·lí era torturat o acaronat pel públic mitjançant un control remot que
activava les pinces d’un arnès.
Després han representat
altres treballs sobre autòmats, com Afàsia
i Rèquiem. Afàsia representa el viatge d’un Ulisses que és humà i robot, a
part iguals. I que ha de retornar a casa seva per un mar d’aventures i riscs,
com els de la droga (l’illa dels lotòfags), la seducció (Circe, la filla del
Sol) o la violència del monstre (Polifem, fill de Posidó). I és també un
musical, produït en viu pels moviments de l’arnès que porta el personatge
mític. Amb aquest mecanisme l’actor controla les imatges projectades i la
il·luminació de l’escenari. Per la seva banda, Rèquiem proposa el contacte amb un robot interactiu, una estructura
metàl·lica que conté el cos de l’artista-actor. Un circuit d’aire comprimit mou
les articulacions de l’esquelet mecànic. I un sistema de sensors, repartits a
la sala, registra el desplaçament o la posició dels espectadors i transmet uns
impulsos que es transformen en ordres de moviment a l’esquelet. L’artista
titula la instal·lació amb el nom de Rèquiem perquè suposadament podria abraçar
el seu cadàver i dotar-lo d’acció.
No ens enganyem.
Aquestes escenografies de l’enginy electrònic no són monstruoses ni violentes.
Són tot el contrari, romàntiques, tradicionals i èpiques. Inspiren a
l’espectador un missatge comú a la tradició del romanticisme: la lluita humana
per superar la seva solitud i feblesa. L’heroi va vestit del teixit
contemporani de les màquines, però se sent despullat. Vol saber qui són els
altres i com pot abraçar-los, però necessita rituals i pautes col·lectives per
tal d’atansar-se. I l’amor que comunica aquest personatge és arrabassador i
irracional; també tendre.
Antúnez és un creador desmesurat que utilitza la ciència per fer art. La biologia, la informàtica, les belles arts, la literatura o la ingenieria són disciplines per les que s’interessa i que posa en joc per representar històries o bé per expressar-les en videojocs, com la del guerrer Afalud, que tot just està preparant. L’artista Antúnez va passar per les Jornades d’Art a debat, a cavall de les seves imatges futuristes i arcaiques, i va deixar instal·lada la fascinació a casa nostra.
Encuentro más
allá de la tercera fase
La
Tercera Fase. Formas de saber que estamos perdiendo
Raffaele Simone
Madrid, Taurus, 2001; 165 pág.
Hay libros de
ensayo que han sido escritos para ser leídos con detenimiento y fruición, y
éste es uno de ellos. La obra de Raffaele Simone, lingüista de prestigio y
ensayista inquisitivo, es una reflexión sobre la cultura, los libros y las
formas de creación del conocimiento. Su bagaje es impresionante, pero queda
expuesto con un ritmo tan vivo y atractivo que parece la exposición de un
maestro que se pasea por los jardines con sus lectores.
Simone se
complace en presentar tres hitos culturales, que denomina fases, los de la
escritura, la imprenta y la comunicación electrónica. De ahí el título, La Tercera Fase (las mayúsculas son un
sacrificio a la ortografía enfática). El subtítulo, Forma de saber que estamos perdiendo, aparece en la edición
española como un añadido con gancho pero que hace un flaco servicio al sentido
de la obra. Apunta el autor que los cambios que cada estadio ha introducido en
el conocimiento, en los hábitos personales y en las instituciones culturales,
son tan profundos como para distinguirlos históricamente. Su trabajo no se
limita a la descripción de los correspondientes rasgos cognitivos, sino que
aduce ejemplos y autores de la historia del pensamiento, con una sabia
proporción. Las notas que acompañan el texto incitan amablemente a ampliar las
informaciones expuestas y proclaman la retribución intelectual que proporciona
una formación erudita como la de Raffaele Simone.
Los sentidos y,
en particular, la vista y el oído, son el punto de arranque del libro. A través
de ellos recibimos una multitud de informaciones, que conocemos de modo
secuencial o bien simultáneo. Define el habla es una fuente convivial, que
incita a la participación y a la inmediatez comunicativa, y que resulta más fácil
que la lectura. Y añade que la alfabetización ha supuesto un adiestramiento de
la mirada muy productivo para intercambiar y recordar conocimientos. Sin
embargo, advierte que la entrada en una tercera fase, la de la comunicación por
televisión, ordenadores y teléfonos celulares, plantea dudas y temores sobre
los hábitos cognitivos, que el ensayista pasa al papel con el entusiasmo del
polemista y con la serenidad del humanista.
¿Habremos de
hablar del homo videns? ¿Qué papel
tiene la escuela para la transmisión del conocimiento, tan debilitada como está
y carente de reflejos para responder a los cambios culturales? ¿El libro dejará
paso a los textos desmembrados, sin autoría ni originalidad, devorado por las
prácticas plagiarias del “cortar y pegar”? ¿La explosiva difusión de la
información permite el acceso real de la gente al conocimiento o bien se trata
de una fantasía social? ¿Tiene la tercera fase cosas en común con el
conocimiento propio de la Edad Media? He aquí algunas de las preguntas que se
hace Simone. El mayor mérito de su ensayo se ha de situar más allá de las
respuestas, en la capacidad para enseñar que sin perspectiva, sin bagaje
humanístico, no es posible ni tan siquiera formular esas preguntas. La Tercera Fase despierta el ánimo del
lector y le lleva al encuentro con otros pensadores, Platón, san Agustín,
Herder, J. L. Borges, Emilio Lledó. Llegados a este punto, es comprensible que
no nos importe la fase en que nos hallemos sino la sugestiva conversación que
propicia el encuentro.
Dúplex para personajes de la
literatura y el cine
Máscaras
de la ficción
Román
Gubern
Madrid, Anagrama, 2002 (502
pág.)
Ocupan las páginas de Máscaras de la ficción medio centenar de personajes de ficción que
iluminan nuestra imaginación colectiva. He aquí algunos de sus nombres: Dorian
Gray, Frankenstein, Carmen, Indiana Jones, Flash Gordon o Robocop. Son unos
caracteres intensos, de un gran peso simbólico, que selecciona, presenta y
desmenuza con un oficio envidiable Román Gubern, especialista en comunicación y
cine con una extensa obra. Esos personajes tienen una actualidad múltiple, pues
participan de la tradición literaria, la proyección cinematográfica y el cómic,
en una sucesión fascinante de ecos orquestados mediante transposiciones y
versiones.
Gubern escoge sus personajes
de la cantera creativa de los siglos XIX i XX y despliega ante el lector una
“floresta mitogénica” muy atractiva. Con un encanto y una sagacidad notables,
traza el rastro dejado por estos personajes en libros y pantallas. Y la
erudición, que está en el origen de la obra, se pone al servicio de una lectura
placentera y sorprendente. La singular perspectiva de R. Gubern, en parte
teórico de la comunicación y del cine, pero también crítico literario y semiótico,
brinda conexiones inesperadas y sugerentes entre personajes diferentes que
resultan ser uno mismo.
Hay más. La fuerza de los
personajes se debe a que trascienden sus circunstancias y aparecen como
arquetipos, representaciones de aspectos de la condición humana y de sus
dilemas morales. Y Gubern los caracteriza y agrupa en capítulos según sus
afinidades. Digamos parte de el contenido para mostrar el sentido de su
trabajo. Los enigmas de la vida, Víctor Frankenstein y el doctor Moreau. La
mujer depredadora, Carmen, Lulú, Lolita y Baby Doll. La pulsión aventurera,
capitán Ahab, Flash Gordon e Indiana Jones. La dualidad del ser, los doctores
Jekyll y Caligari, el Zorro, el Hombre Enmascarado y Superman. La máquina emocional,
HAL-9000, Robocop y Pinocho.
Este mundo de ficción sobre
el que se proyectan las expectativas, las fantasías y los deseos del espectador
moderno ofrece otras posibilidades de conocimiento y placer. R. Gubern completa
su obra con apartados dedicados la vida como sueño (Alicia), la culpa (Josef K,
trasunto del mundo de Kafka), la razón y los monstruos (Sherlock Holmes), la
mujer sublimada (Barbarella), la voluptuosidad sangrienta (Drácula), los
perdedores (Pépé le Moko), entre otros capítulos. Son las máscaras de una
ficción que ha urdido una mitología de la modernidad a partir de muchos
géneros. El extraordinario acierto de Gubern está en hallar esa perspectiva
integradora de libros y pantallas, y en comunicar algunos mitos ancestrales con
las fantasías actuales.
Sant Cugat, vist
a l’hora del cafè
Sant Cugat del Vallès
Edició de l’Ajuntament
de Sant Cugat. 2002
Llibre il·lustrat amb
fotografies a color
Prefaci de Lluís Recoder
24,5 x 27,5 cm.; 176
pàgines
Fotografies de Mané
Espinosa, Pere Vivas, Txema Yeste.
Direcció d’art, Pablo
Martín. Producció, Gramagraf
El llibre Sant Cugat del Vallès resulta vistós en
disseny, tamany i preu. I si tingués un títol imaginatiu, es veuria rodó. Tot
amb tot, un títol tan genèric combina amb la seva naturalesa de llibre de taula
de cafè o, com diu la gent del gremi, coffee-table
book, és a dir, una obra que resulta massa gran i pesant per llegir-la
còmodament al tren o passejant i en la qual predominen les il·lustracions i el
disseny. El llibre Sant Cugat del Vallès
entra bé per la vista. I presenta aquells aspectes que una persona assossegada
voldria contemplar a l’hora benèvola del cafè amb pastes i vi ranci.
La qualitat de les
il·lustracions fa plaent fullejar les làmines que, sense rumb específic,
deslliuren un diorama compost per cent vuitanta fotografies. Com demana el
gènere del llibre, aquestes són espectaculars: algunes amb panoràmiques aèries
del centre; altres amb detalls del claustre; unes més, al bosc o als parcs, amb
un ambient absorbent i fresc. També hi ha les de festa major, tan agraïdes per
la presència entusiasta de la gent o la raresa de ser instantànies. La foto
curiosa es una vista de Montserrat, a tocar amb les mans, per un efecte visual
de l’enfocament i la nitidesa del dia.
Però, en concret, què és
el que miren els fotògrafs? Què seleccionen els editors municipals? És fàcil
d’imaginar quins seran els motius del llibre. Per nombre d’aparicions, el
monestir és el rei, seguit de les festes (la festa major, peça clau de la
visibilitat consistorial, tanca el llibre), les masies, les ermites, els parcs,
els carrers, els edificis privats d’interès, les estacions de tren i el Centre
Cultural, la joia de la corona. Aquest repertoi és fidel a les preferències
consistorials (per exemple, els calendaris municipals) i la premsa local i els
seus col·leccionables.
Al gust dels programes
d’agències de viatges, les vistes d’aquest municipi residencial són d’una
correcció admirable i presenten un quadre digne del millor destí turístic.
Patró d’imatge: és migdia, fa sol i sembla que el temps s’hagi aturat per
gaudir de l’ambient de balneari i per descansar dels mals que passen al món. El
fet que el setanta per cent de les fotos presentin objectes i vistes
solitàries, afegeix la sensació de grans horitzons, però estàtics, com
congelats en el temps i mancats de dinamisme.
Senyalar les absències
del llibre Sant Cugat del Vallès
seria una tasca innecessària, a més de llarga. Les preferències es repeteixen,
igual que aquells motius que resten exclosos. Algunes d’aquestes exclusions,
però, són sorprenents. Per exemple, el comerç no queda gaire ben parat; tan
sols apareix el carrer de Santa Maria, que és qualificat com a “centre
neuràlgic i comercial de la ciutat”. El visitant que consideri aquesta llegenda
es pot formar una idea misèrrima del comerç local i, el que és pitjor, de la
ponderació dels editors. Respecte dels equipaments, valgui l’apunt dels
silencis sobre les piscines, les escoles, la Casa de cultura o el tanatori. I,
en relació a les entitats locals, que també pateixen del mateix oblit, cal
matisar que tan sols apareixen aquelles que fan espectacles. I es troba a
faltar aspectes habituals al paisatge santcugatenc com són les grues de la
construcció o les roturacions de solars en zones forestals dels districtes.
Tampoc apareixen imatges de la vida pública al barris, aquella vida popular
promoguda per entitats i veïns. En compensació, són tractats de la mateixa
manera actes institucionals i polítics de festa inaugural. Tan sols l’alcalde,
és clar, hi és present per tal d’adreçar la presentació.
El llibre té noranta-nou
parts d’imatge i una de text. Tot amb tot, el text suggereix les més
instructives observacions. Hi ha tres grups de textos: els peus de foto, les
frases de santcugatencs sobre la ciutat i la presentació de l’alcalde. Els peus
de foto són succints en la seva identificació. Estan redactats en català,
castellà, anglès i francès, al gual que la resta d’escrits. Les traduccions són
eficients i, en reconeixement a la feina dels traductors, hauria estat bé que
figuressin els seus noms als crèdits. La norma que regeix als peus de foto és
dir el menys possible i d’aplegar diverses fotos sota una llegenda general.
L’economia gasta, però, bromes en deixar muda i sense peu alguna fotografia. I
l’atenció en el disseny perd de vista errades en la paginació (pàg. 88 a 91 i
al mapa de fotos) o l’oblit de la identificació de la fotografia de portada,
tot i que els detalls recorden l’indret de la font Groga, a tocar Barcelona.
La idea d’incorporar al
llibre frases elogioses dels veïns és un recurs amable i anecdòtic, que també
podria complir el paper de donar la paraula a qui vol comunicar el pensament
dels editors. Per desmentir aquesta suposició, una nota adverteix que les vuit
frases triades han participat en un concurs públic, sense més detalls sobre les
seves normes i la composició del jurat. El resultat parla per sí mateix de la
bondat de la selecció. Les frases són petits relats o eslògans publicitaris de
la ciutat, reproduïts en lletres capitals de gran format, amb la indicació del
nom i l’edat de l’autor. Heus ací el perfil dels escriptors guanyadors. L’edat
mitjana dels redactors és exactament de cinquanta anys, no n’hi cap de jove i
el vint-i-cinc per cent són dones. El més colpidor del concurs, però, són les
extraordinàries reminiscències de la literatura universal que palesen les
petites peces literàries.
El primer guanyador es
tota una celebritat local. Es tracta de l’escriptor i artista Pep Blanes, qui,
a la manera hinduista de Rabindranath Tagore, dóna aquest missatge d’esperança:
“Un diumenge qualsevol passejant per la ciutat t’adonaràs que és molt fàcil
d’estimar-la”. No és tan important que Blanes reconegui que encara no estimem
la ciutat com que es produeixi la prodigiosa, insòlita, sintonia seva amb la
idea de la passejada per la ciutat —expressada per l’alcalde a la presentació—
i la sintonia amb la campanya cívica del govern municipal sobre l’enamorament i
l’estimació de la ciutat. Si no és donés aquesta sintonia, caldria pensar que
algú treballa amb els materials de l’altre; en definitiva, un assumpte de drets
d’autor —que no correspon dilucidar aquí— o bé de treball en equipi fora de
programa.
L’única aportació
infantil és d’Andreu V., un nen d’onze anys que llença aquest crit a la moda de
la publicitat que fa pensar i pensar, de tan ambigu com és el missatge: “Sant
Cugat, aquí t’espero!” Apreciem un haiku o poema mínim japonès al text de
l’Ernest B.: “Al vessant verd de Collserola, tan lluny del soroll, tan a prop
de tot plegat”. Al següent enunciat, que expressa una síntesi filosòfica de
Parmènides i Heràclit, Josep C. ens planteja cruament el problema de la
caducitat de les xifres: “He viscut a un poble de 5.000 habitants, a una vila
de 20.000 i a una ciutat de 60.000, però sempre he estat a Sant Cugat i no
enyoro el passat”. Sembla que les notícies sobre el nombre d’habitants van més
lentes que el propi creixement, ara que ja som gairebé setanta mil habitants.
L’autor suggereix una solució sàvia. Aquesta població flueix com un riu i, com
el riu, canvia sense parar, però roman sempre el mateix: Sant
Cugat. (No és exacte
aquest punt; el nom de la població també ha canviat algun cop.)
Més frases, encara. Amb
una gosadia poètica que admirarà el lector, els editors han escollit un parell
de frases, el principal mèrit de les quals és la llicència ortogràfica de fer
servir una puntuació incorrecta, com a aquesta d’Antoni G., que diu: “Sant
Cugat m’has entusiasmat”. És just reconèixer que la supressió de la coma entre
“Cugat” i “m’has” és l’anomalia que dóna valor a una frase de portada de diari
esportiu.
I, per acabar el repàs
de les frases guanyadores, llegim una meravella de Martí C., una gregueria o
mostra d’enginy pròpia del mateix Gómez de la Serna: “Amb un bitllet de tren
vaig travessar Collserola i em vaig fer santcugatenc!” Els joves que vulguin
independitzar-se i obrir casa de ben segur que agrairan molt la proclamació
d’una fórmula tan econòmica per quedar-se a viure a Sant Cugat.
L’alcalde ha redactat una
presentació que no desmereix el to poètic dels escriptors espontanis. El seu
text corona el llibre Sant Cugat del
Vallès amb una atractiva explicació de la seva visió de la ciutat i que
concorda fil per randa amb la que reflecteix el reportatge fotogràfic. El
monestir, el mil·lenari, els que hi eren aquí i els que han arribat després, la
tradició i la modernitat, l’activitat cultural, l’abundor de nens, el color
verd dels parcs i de la serra. Aquests són el punts forts de la ciutat que
destaca l’alcalde Recoder. Són tòpics convincents, en part perquè resulten molt
coneguts, no debades segueixen les idees d’un guió que va signar mantes vegades
l’alcalde Aymerich, el seu predecessor. El fil conductor de la seva peça
oratòria és l’acció de passejar, veure i enamorar-se de la ciutat. “Aquest
llibre —diu Recoder per concloure— fa una llarga passejada per aquest espai
privilegiat que és Sant Cugat del Vallès, … una ciutat que es fa estimar.”
Un consell pràctic per
als lectors que no disposin de gaire temps per llegir és que repassin la frase
de Pep Blanes, que resumeix de manera impecable la introducció de l’alcalde. La
frase deia així: “Un diumenge qualsevol passejant per la ciutat t’adonaràs que
és molt fàcil d’estimar-la”. Si el lector vol trobar encara més condensat
aquest poètic pensament, pot recordar la campanya municipal per al civisme que
diu: “Estic enamorat i m’estima (la ciutat)”. Més difícil encara: una forma més breu i suggeridora de la idea
del llibre figura a la publicitat de la mateixa campanya: “Persones
enamorades”. És raonable creure que hauria estat possible un títol millor per
al llibre, un títol com ara Sant Cugat
del Vallès: persones enamorades o bé El
Sant Cugat de les persones enamorades. Però hem d’advertir que té un greu inconvenient.
¿Enamorades de què?, podria preguntar-se filosòficament el lector a l’hora del
cafè d’un diumenge qualsevol. I, passejant la mirada pel llibre, s’adonaria
fàcilment que els editors estan enamorats del liberalisme.
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