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Lingüística. Universidad de
Barcelona |
Publicaciones: artículos
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Nuevas tecnologias en la vida cultural española Edición
de Raúl Rispa Madrid,
Fundesco, 1985; 358 pág. ISBN
84-86094-08-9 Depósito
Legal M.16751-1985 |
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El volumen está compuesto
por las ponencias y conclusiones del I Simposio “Nuevas Tecnologías en la Vida Cultural
Española”, celebrado en Madrid, del 11 al 13 de junio de 1984.
A continuación figura el
índice del libro y la relación de apartados de nuestro capítulo, “Nueva
sintaxis para la comunicación y el pensamiento”, y el texto completo de la
ponencia del filósofo José Luis López Aranguren, “El futuro de la cultura en la
era tecnológica”.
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Índice del volumen |
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Conclusiones Presentación, Javier Solana Nota del editor Planteamiento global Nuevas
tecnologías de información: reto y oportunidad históricos para el libro, la
edición y la cultura española, Raúl
Rispa, Albert Vicencs, Jaime Brull e Ignacio Cardenal Nuevas
tecnologías, nuevas instituciones: la escuela en la encrucijada, Fabricio Caivano El
niño y el ordenador, Juan del Val Función
formativa de la televisión, Manuel
Alonso Eurasquin Nueva
sintaxis para la comunicación y el pensamiento, Xavier Laborda Gil Propuestas
en el área de educación, Fabricio
Caivano, Manuel Alonso, Juan Del
Val, Xavier Laborda Los
usos de las tecnologías de grabación/reproducción y manipulación de las
imágenes visuales y auditivas en la sociedad española, Antoni Mercader La
entrada de la videografía en España, Joaquim
Dols Rusiñol Evolución
en la videografía en España, autores, prácticas y estructuras, Eugenio Bonet Servidumbres
y liberaciones de la electricidad, Jesús
Galván Ruiz La
informatización como paradigma cultural, Luis
Racionero Los
escritores inteligentes y las máquinas superinteligentes, Nuria Amat Posibilidades
e influencias en los ordenadores en la vida social y cultural española, José Vicente Cebrián El
teatro de la sociedad tecnológica, José
Monleón Literatura
dramática y nuevas tecnologías, Domingo
Miras Las
nuevas tecnologías y su incidencia sobre la puesta en escena teatral, Guillermo Heras Texto
visual en el teatro, Yago Pericot La
imagen cinematográfica ante el reto de la imagen electrónica, Fernando Lara, Juan Antonio Pérez Millán y
Pedro Pérez Castro Prospectiva
bibliotecaria. Implantación de nuevas tecnologías y transformación
socio-cultural, Josefina Delgado Abad,
Carlos Fernández Esteban, Luciano Sánchez Pérez-Moneo, Alfredo del Rey,
Veerle Minner y Miguel del Valle-Inclán Alsina Innovación
tecnológica, cambio social y control social, Manuel Martín Serrano Hombres
y máquinas para una comunicación democrática, Ángel de la Cruz Bermejo Efectos
sociales generados por el soporte tecnológico, Luis Sanz Rodríguez La
utopía del satélite: producción de programas para la TV directa vía satélite, J. M. Torre Cerigón y Ana Oriskowsky Satélite
y cable en televisión, Antonio López,
Enrique Bustamante y Gabriel Barrasa Bases
de datos: una nueva industria cultural, José
Mª Berenguer Peña Impactos
sociales de la telemática, José Miquel Arriola
Montero Nuevas
relaciones entre técnica y humanismo, Ángel
Luis Gonzalo Pérez La
cultura musical ante el nuevo siglo, Álvaro
Feito, Antonio Gómez y Diego Manrique La imagen sintética, Juan
Carlos Eguillor La
radio: tradición y modernidad, Fernando
Delgado, Eladio Guitérrez y Pablo García Delgado La
F.M. en el marco general del impacto de las nuevas tecnologías”, Emilio Prado Las
opciones de presente y futuro en la prensa escrita, Mario Santinoli y Antoni Cases Ponencia de clausura El
futuro de la cultura en la era tecnológica, José Luis López Aranguren |
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Nueva sintaxis para la
comunicación y el pensamiento Xavier Laborda Gil |
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Epígrafes del capítulo: La urgencia
de la desmitificación Palabra e
imagen Relación
indisolubre entre alfabetización y microordenador El ingreso
simultáneo “Ya sé leer” Cuando
escribir es como hablar Ni escuela
pedapuperada ni escuela tecnoide La síntesis
de esta cultura |
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El futuro de la cultura en
la era tecnológica José Luis López Aranguren |
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La cultura occidental,
desde su mismo nacimiento, ha sido una cultura que yo no me atrevería a
llamar sin más tecnológica, porque conviene afinar un poco nuestro
vocabulario, pero sí una cultura técnica, de la tecné, como decían los griegos. Y por tanto, en cuanto que
técnica en el sentido griego de la palabra, incoativamente tecnología ya. Una
cultura técnica o tecnológica, como ustedes quieran llamarla, pero que, lo
mismo que la tecnología, hasta hace poco tiempo, era una tecnología y una
técnica referida sobre todo al dominio de la naturaleza, no tanto al domino
del psiquismo. Las técnicas para el dominio del psiquismo han sido mucho más
orientales que occidentales. Lo característico de las civilizaciones y la
cultura occidentales ha sido este carácter técnico, entendiendo la palabra técnica en el sentido en el que por lo
general entendemos nosotros hoy las palabras técnica y tecnología, aun
cuando ha habido en este campo una revolución muy grande, pues ahora ya no se
trata simplemente del dominio de la naturaleza, sino también, no exactamente
del paganismo al modo hindú o al modo oriental, pero sí del dominio de la
vida. Esto es lo característicos
de la cultura occidental: ha sido una cultura de invenciones, empezando por
la invención, común a toda la humanidad, de la escritura. Propiamente
hablando no existe una cultura, en el sentido plenario de la palabra, no se
ingresa plenamente en la Historia, hasta la invención de la escritura. Pero
nuestra cultura no es simplemente una cultura de la escritura. Es una cultura
del Libro por antonomasia, una cultura de la Biblia, que no significa
solamente libro sino el Libro de los libros, el libro plural, y así es como
se ha desarrollado toda la cultura occidental. Entendiendo este término de
cultura occidental desde sus orígenes judaicos, prolongados luego por el
Islam, toda nuestra cultura estrictamente occidental ha sido una cultura del
libro. Después se han producido
otras invenciones y, como decía hace un momento, a las invenciones, que
todavía eran técnicas, sucedieron las revoluciones: la primera Revolución
Industrial por antonomasia, como suele denominarse. Y reparen ustedes en que
en esa época los inventores no eran todavía los científicos. Había una
separación entre un gremio y otro. Los inventores eran más bien artesanos,
unos obreros cualificados que, un poco por casualidad, un poco por el método
del ensayo y el error, llevaron a cabo grandes invenciones. Y pensemos que durante el
siglo XX los continuadores de estos inventos, los que realmente llevaron a
cabo una institucionalización del invento, fueron los ingenieros, profesión
que ha tenido los máximos prestigios en nuestro país. Ser ingeniero en
nuestro país era, durante el siglo XIX y buena parte del siglo XX, mucho más
importante que ser un hombre de ciencia. Lo importante, lo verdaderamente
cualificado en nuestro país, aquello que todos los jóvenes estudiosos
deseaban llegar a ser y todas las mamás con niñas casaderas que fuesen sus
novios, era, precisamente, ingenieros. Es decir, la tecnología estaba ya ahí,
pero era una tecnología que, sin estar enteramente divorciada de la ciencia
—ciertamente no era así, y no querría yo hacer de ninguna manera un agravio a
los ingenieros—, ponía el acento mucho más en los técnico que en lo
científico. De modo que, por una parte, estaban los grandes técnicos, los
técnicos superiores y por otro lado, los científicos. Pero yo no me atrevería
a decir que esa raza de científicos puros se terminó, se agotó, quizá los
últimos científicos puros han sido los creadores de la física nuclear, la
física cuántica. Heiseneberg y Schrödinger, tal vez prologados por el
inventor de la cibernética —no me atrevería yo a darle a Norbert Wiener ese
título de científico puro—, pero inmediatamente después ocurre una superación
de esta escisión, de esa dialéctica, de esta tensión entre las dos culturas:
la cultura humanística, por una parte, y la cultura tecnológica, por otra, en
cuanto que lo que prevalece en nuestra época es no ya la tecnología ni por
supuesto la cultura humanística, sino lo que se denomina con ese neologismo
de tecnociencia. Hoy, la cultura es
fundamentalmente tecnocientífica. No puede ser una cultura puramente técnica
ni puramente tecnológica porque los tecnólogos que cada vez abundan más en
nuestra sociedad —y es normal que abunden—, conocen muy bien cómo hacer las
cosas, pero no saben tan bien por qué ocurre ese funcionamiento. En consecuencia, esta fusión
profunda de la técnica y de la ciencia, y el hecho de que los más importante
científicos de nuestra época sean tecnocientíficos, o por lo menos tan
tecnocientíficos como estrictamente científicos, o por lo menos tan
tecnocientíficos como estrictamente científicos, supone una gran novedad y es
una gran afirmación de la superación de esta tensión entre las llamadas dos
culturas. Y esta auténtica novación
que ha ocurrido en nuestra civilización occidental significa una salida de la
era de la cultura impresa, que a su vez supuso evidentemente un salto
cuantitativo y cualitativo respecto de la cultura anterior, es decir, ya
impresa. Y esta tecnología, que en definitiva lo es dada su época, fue una
tecnología enormemente importante. Esta tecnología del libro y de la
supremacía de libro impreso ha sido algo sumamente característico y que, lo
mismo que la tecnología actual y que todas las culturas, tiene su anverso y
su reverso, su lado positivo y su lado negativo. La cultura inmediatamente
anterior a la actual ha sido una cultura enormemente libresca, una cultura de
biblioteca y de hemerotecas, de uso del fichero. Se podría decir, de acuerdo
con aquel programa de la televisión que estuvo en pantalla durante meses, que
para esta cultura todo está o todo estaba en los libros. Era una cultura
eminentemente libresca. Yo diría que este carácter tan libresco de la cultura
que nos ha dominado hasta hace tiempo se refleja en los mejores escritores de
la lengua española. Pensemos, por ejemplo, en Borges. Borges es un autor que
escribe una especie de literatura que es metaliteratura de los libros, es
escribir sobre el Quijote, sobre
todos los libros, y por tanto, vivir en un universo que es el universo
libresco. Es decir, se trata de la primacía de leer y de escribir, sobre el
ver y el oír. Un poco exageradamente podría decirse que lo característico de
la cultura occidental, desde Gutenberg hasta la III Revolución Industrial, es
este predominio de lo libresco. Y ahora estamos
ingresando, hemos ingresado ya, en un nuevo estilo de cultura que es
sumamente importante. Pensemos que durante la época de la cultura libresca el
que más y el que menos, para recordar aquella expresión de Unamuno, aspiraba
a hablar como se escribe, no a escribir como se habla. La sintaxis era dominante
en la medida en que éramos capaces de dominarla. Y eso ya se ha perdido. Y no
es una casualidad que se haya perdido esa perfección de la sintaxis escrita,
porque se trataba de una característica de la dominación de la cultura
impresa. Se trataba de una sintaxis muy peculiar, de hablar como los libros,
ese era el ideal de las gentes. En cambio, gracias a esa
verdadera novación que significa las nuevas tecnología electrónicas,
informáticas y cibernéticas, estamos, por una parte, recuperando el ver y el
oír, es decir, lo audiovisual, y por tanto, un tipo de concreción mucho más
real, mucho más cercana a la realidad que la de la cultura impresa y la
mediación y mediatización de los libros. Pero por otra parte, y en la misma
dirección si quieren ustedes, la nueva sintaxis —y recuerdo a este propósito
una ponencia que se ha presentado aquí mismo de Xavier Laborda— es una
sintaxis no alfabetizada o alfabetizante, sino un tipo de comunicación que se
parece más a los pictogramas y, en consecuencia, permite al joven, al niño
educado en los nuevos modos de la comunicación, una visión global de aquello
que antes tenía que ir aprendiendo palabra a palabra, sílaba a sílaba, casi
letra a letra. Esta revolución me parece que es enormemente importante y de
recuperación de caracteres. El leer y el oír vuelven a
ser una cultura de la imagen, una cultura del espectáculo, una cultura de la
representación. Pero junto a este carácter sumamente concreto y sumamente
visualizable y audible está también el predominio de un algoritmo, el
predomino de otros lenguajes diferentes del lenguaje ordinario y de su
capacidad, podría decirse haciendo si quieren ustedes un juego de palabras,
de las actividades digitales. Porque, en efecto, se trata de dígitos, pero
también se trata de reemplazar un tipo de habilidad digital que los niños
tienen y que los viejos hemos perdido, precisamente por esta mediación y
mediatización de la cultura libresca, y por haberlo aprendido y seguirlo
aprendiendo todo en los libros. De modo que, a mi juicio, se
trata de una auténtica revolución, que es la III Revolución, por supuesto,
desde el punto de vista tecnológico. Pero es también una revolución de
carácter cultural, y que en gran parte supone una recuperación de lo anterior
a esa galaxia Gutenberg; y, por
otra parte, implica una capacidad de digitalización, de abstracción de nuevos
lenguajes, de basic-lenguaje y de
todo lo que significa unir extremos que hasta ahora parecían completamente
divorciados. Pero, en definitiva, el
lenguaje permanece, y es enormemente importante subrayar este hecho. El
lenguaje puede alejarse del lenguaje ordinario; puede hacerse, en cierto
modo, más cercano al lenguaje ordinario y más alejado del lenguaje escrito,
pero, por otra parte, también se hace más abstracto. Es necesario denominar
un tipo de comunicación más algorítmico que propiamente alfabético. Y
entonces nos encontramos con esta auténtica nueva cultura que, como digo, yo
prefiero llamar tecnocientífica antes que tecnológica, porque lo tecnológico
parece dar a entender que está divorciado de lo científico, cuando la
característica de nuestra época es la de que ya no hay propiamente
científicos puros sino que todos los científico son a la vez
tecnocientíficos. Y hay un mundo nuevo descubierto en esta etapa que es precisamente
aquel al que he aludido al principio. No se trata simplemente del dominio de
la naturaleza inanimada, de todo ese salto que se llevó a cabo en el siglo
XVII de Galileo a Newton, de la invención de la física matemática, sino
también del dominio de la naturaleza animada, es decir, de la vida. Entonces, con este dominio
de la vida, esta biología que es una biología molecular, con un nuevo
lenguaje —un lenguaje del código genético— , con una tecnobiología, con una
ingeniería, recuperamos otra vez la palabra tan privilegiada en el siglo XIX
y en la primera parte del siglo XX la ingeniería, ahora genética. Se trata, por tanto, de
una auténtica novación cultural que, como todo, tiene su lado negativo.
Ciertamente tiene sus riesgos, y éstos, a mi juicio, consisten sobre todo en
que esta cultura occidental, que ha sido una cultura del dominio de la
naturaleza y que ahora va a ser del dominio de la vida, puede convertirse
exclusivamente en una cultura de dominio, es decir, una cultura de voluntad
de poder. Y estoy recordando en este momento un artículo reciente de mi
admirado amigo Pedro Laín. Hay una dimensión de la cultura occidental que es
la dimensión de la voluntad de poder, y hay otra dimensión de la cultura
occidental que arranca más bien de los griegos y que es la dimensión de la
voluntad de saber. Y lo deseable es que estas dos voluntades no se extingan,
no se separen, sino que la voluntad de poder siga fundamentada en la voluntad
de saber, y que, por tanto, en este mundo sucio en el que los políticos tendrán
ciertamente su papel importante, ustedes nos reserven un pequeño papel, no
más, a los miembros de nuestro gremio, que es el de los filósofos, es decir,
el de los que no inventamos nada, del de los que pensamos que, aunque esté
muy bien —y ciertamente está muy bien, y es la característica de la
civilización occidental— esta afirmación de dominio y voluntad de poder,
deben seguir ustedes dejándonos un lugar para que nos preguntemos, para que
reflexionemos, para que llevemos a cabo un metalenguaje sobre el lenguaje
científico: es decir, para que no rompamos nuestros vínculos de unión con
aquello de lo que venimos, que es la cultura griega. Ya vimos al principio
que la cultura griega era una cultura de la tecné, y la novísima tecnología actual es heredera de aquella
vieja tecné artesanal. Pero aquella
cultura griega y la cultura occidental ha sido también una cultura de saber,
una cultura de la episteme, de la sofia. Y yo, en representación de mi
gremio, hoy en decadencia, este gremio de lo filósofos, espero de ustedes y
de la magnanimidad de ustedes, otra palabra de origen griego: la megalogsia. Espero que reserven
ustedes un lugar, ciertamente modesto, pero un lugar, para los filósofos,
para los que reflexionan sobre el ser en cuanto tal, precisamente sobre el
ser de la tecnología y de la tecnociencia, y de lo que significa todo este
mundo que ustedes están alumbrando. |
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