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Borrar 1984
La fecha que disparó un hombre
a bocajarro
Xavier Laborda
En el ocaso de la década de los años cuarenta un escritor contemporáneo estrelló en un punto de la abstracción del calendario secular la invención de una utopía invertida. Este punto era sencillamente un año de inocuos guarismos: uno-nueve-ocho-cuatro. En su inimaginable profundidad se descubre, en filigrana de una complejidad abrumadora, el diseño de una pesadilla colectiva y mundial. La trama tenebrosa sujeta —individuo a individuo— al cuerpo social a una inercia fatal, que lo aniquila mediante una cínica negación. No hay mayor brutalidad que la metafísica. Aun así, la atmósfera de este delirio no sería tan obsesiva sin el enfrentamiento ritual entre el Gran Inquisidor —O'Brien— y la víctima —Winston— que redime su "culpable" rebeldía con la claudicación íntima antes del sacrificio. Los personajes de O'Brien y Winston son la recreación de unos arquetipos de una relación indisoluble que consumen iterativamente el acto de la perversión del poder.
"Es uno de los libros más
terroríficos que he leído", manifestó el editor Warburg a sus
colaboradores al poco de recibir el original remitido por George Orwell. Había
tenido un avance de su contenido —pero no por ello su impresión fue menor— y se
disponía a publicarlo. Recibió el manuscrito en diciembre de 1948 y seis meses
más tarde salía a la calle una primera edición de 25.000 ejemplares. Un año
después en el Reino Unido se habían vendido 50.000. Al otro lado del Atlántico
se produjo el mismo fenómeno con la tirada de 170.000 ejemplares por parte de
la editorial Harcourt Brace y 190.000 más en una edición del "Club del
Libro del Mes" americano. La celebridad y el éxito llegaron a Orwell
torrencialmente, con fuerza y rapidez inesperadas. A pesar de lo que pueda
sugerir un símil tan imperfecto, este reconocimiento no fue el efecto efímero
de una tormenta, sino que ha continuado desde entonces con ediciones
ininterrumpidas.
El último hombre de Europa
En la historia de las tribulaciones de la actividad traductora, 1984 es una anécdota más que la engrosa (menor, sin duda, si se la compara con la de El ruido y la furia y La importancia de llamarse Ernesto, por ejemplo). El título en inglés es Nineteen eighty four, pero su traducción literal se postergó en virtud de una especie de ultracorrección gráfica; la adoración del número, por su economía y contundencia visual, en detrimento de la morosa palabra. En números o en letras, la maduración y la realización de esta ficción distópica que se localiza en la Inglaterra de 1984 —y por extensión, en Europa— es una historia menos banal.
Tan sólo siete meses de enfermedad sobrevivió
Orwell a la publicación de la novela. La tisis se le hizo compañera bastantes
años antes, y las crisis le agobiaron intermitentemente. Tal vez por ello se ha
buscado establecer una relación causal entre la tenebrosidad del anunciado
futuro del hombre y la visión mórbida que le provocaba su estado. Aceptar la
discusión de esta hipótesis conduciría a conclusiones tan insustanciales como
un debate acerca de la diferente calidad intrínseca de la labor del narrador
según se desenvuelva en la ficción pura o bien incorpore elementos
autobiográficos. Sin duda, es indiferente. El escritor fabula o reelabora
literariamente sus vivencias, según su gusto. Del mismo modo, que el espanto
que provoca esta antiutopía se genere o no por una penosa afección psicológica
y una pérdida de la esperanza por mecanismos no racionales, no alteraría lo
esencial, el firme discurso de la experimentada pluma orwelliana. A lo sumo sería
una cuestión de detalle.
Este pensamiento incidental nos lleva a un punto significativo. Curiosamente, si abandonáramos aquí esta cuestión —que hemos denominado de detalle— sobre la razón de los tintes sombríos de 1984, incurriríamos en un doble descuido de volumen. Por un lado, supondría ignorar la personalidad del escritor, conformada con clara trayectoria. Y, por otro lado, equivaldría a desconocer las fases de elaboración de esta novela.
La concepción de la novela puede fecharse en 1943. Fue un año de hiperactividad para Orwell. El estallido de la guerra mundial le había sumido en nuevas penurias económicas, lo que no soportó sin comprensibles protestas. Finalmente se empleó en la BBC y realizó emisiones para las colonias orientales. De esta actividad extraería elementos para delimitar su futuro "Ministerio de la Verdad", según el modelo de la BBC en tiempos bélicos. Sin solución de continuidad su quehacer radiofónico se prolongó hasta 1943. De manera simultánea nuevas oportunidades se le abrieron en este año. Ocupó entusiasmado el cargo de editor literario del Tribune, en cuyas páginas apareció su larga serie de artículos en la columna fija titulada "As I please" ("A mi manera"). A ello sumó las colaboraciones regulares con otras publicaciones, en un despliegue inusitado de actividad como compensación psicológica de los tiempos de duras expectativas. También comenzó a escribir en 1943 Animal Farm. Y entre unas cosas y otras, pergeñó el esquema de lo que sería 1984.
Merced a la labor del historiador Bernard Crick, este esquema, además de otros textos referenciales, ha salido a la luz. Un excelente material para rastrear las formas de creación y ratificar inductivamente principios de la teoría literaria; el análisis comparativista entre lo inicial y el resultado tampoco es desdeñable. No obstante, sólo cabe aquí constatar la solidez del bosquejo y el estudiado carácter de esta novela, contrariamente a la supuesta preponderancia de los estados de su enfermedad en su tono desesperado. Consta de una relación de elementos de ambientación, entre los que se cuentan los "dos minutos de odio" y los eslóganes del Partido: "la guerra es la paz", "la ignorancia es la fuerza", "la libertad es la esclavitud". El bosquejo incluye los trazos estructurales de la obra, distribuidos en dos partes, y también el contenido de los capítulos de cada una de las partes y el número aproximado de palabras en que se extenderían éstos.
El esquema no tuvo la virtud de ser plano fidelísimo de la construcción narrativa, pero sí suficientemente ilustrativo. Apuntaba el sistema de mentiras organizadas sobre el que se construye la sociedad y el recurso de la falsificación de los recuerdos para atentar contra la identidad individual; y, como consecuencia de la disipación de la verdad objetiva, se señalaba la sensación que experimenta el sujeto de vivir una pesadilla y depender sus acciones y apreciaciones de una voluntad exterior. Asimismo, Orwell recogía las ideas argumentales de la sociedad del escritor del diario clandestino y su sentimiento de ser el último hombre de Europa, la descripción de la geografía totalitaria de Londres, la equívoca posición de los "proles" (induciendo al observador a vanas ilusiones de rebelión), la relación amorosa con "Y" (Julia) y el contacto con "X" (O'Brien, el falso conspirador).
La acción desembocaba en la prevista segunda parte,
en la tortura y confesión del protagonista, la continuación mental de su diario
y el reconocimiento de su demencia. Finalmente, en el citado bosquejo el autor
preveía impugnar el universo de la novela de un ambiente inquietante, para lo
que consignó unos "efectos fantasmagóricos", como eran la ausencia de
memoria de los "proles", la desesperante pugna interior del
protagonista entre sus recuerdos y la cambiante historia colectiva y oficial,
las devastadoras consecuencias de respuestas equívocas, mentiras
propagandísticas e incitaciones al odio, y, en fin, la puesta en duda de la
propia cordura.
El temprano esbozo debió esperar a que se sucedieran no pocos acontecimientos: ganar la agotadora lucha contra las reticencias de los editores frente a Animal Farm —por su inconveniencia política—, dedicar todo su afecto a un hijo adoptado, ser testigo del final de la guerra como corresponsal en Europa, sobrellevar su soledad tras la muerte de su esposa, ser miembro activo del Comité de Defensa de la Libertad —al lado de Bertrand Russell y Arthur Koestler— y difundir su ideal de socialismo antitotalitario en la prensa progresista. Después de todo, el primer manuscrito tomó forma en 1947. Su meticulosidad y la precariedad de su salud y de las condiciones de trabajo del hospital en que estuvo internado largos meses, dilataron la tarea de reelaborar páginas y fijar el texto en su redacción definitiva.
Había desplegado las acotaciones y reformas sobre una copia mecanografiada, con tal profusión que la empresa de mejora corrió paralela a la ininteligibilidad para cualquier lector. Mientras, Orwell dejó el hospital para recuperarse en la campiña. Sentía urgencia por dar fin al trabajo, pero sin su concurso en Londres no podía pasarse a limpio, y tampoco le enviaba el editor una mecanógrafa a su residencia. La novela le estaba ya atormentando, así que optó por mecanografiarla de nuevo él mismo, lo que se le presentaba como menos penoso que viajar a la capital después del agotador regreso del hospital de Glasgow.
Jugó con su salud. Pasó a máquina el
original ora en la cama, ora en una mesa de cocina. El desaconsejable e
incómodo trabajo le reavivó el hábito de fumar, por lo que no acusó
inmediatamente los malsanos humos y pestilencias que desprendía una estufa de
parafina de defectuosa combustión; el frío de los últimos meses de 1948 hacía
bueno el aparato calefactor. El día cuatro de diciembre Orwell sintió el alivio
de enviar el texto definitivo al editor. Sin duda resultó menos negativa para
su salud la tarea de reelaboración intelectual que la mecánica. Esta le dejó
extenuado y, tal vez, consumió vorazmente parte de un tiempo de vida que le
pertenecía. En esta circunstancia el autor soberano sufrió la sujeción a una
servidumbre material de su obra, una novela que durante seis años, desde el
bosquejo primero hasta poco antes de entrar en la imprenta, mereció el título
de El último hombre de Europa. En el último momento Orwell desestimó el
título de trabajo por otro que apenas gozó en su intimidad.
Admonición no profética
Es inútil escudriñar el horizonte que se nos presenta para reconocer el advenimiento de 1984 en múltiples signos de dominación, pérdida de la identidad, atenazamiento electrónico de las conciencias, despliegue incontenible de técnicas propagandísticas que impregnan hasta el último rincón del cuerpo social, invención de tecnologías inquietantes... No se escribió 1984 para que se esperase su cumplimiento como antes se hiciera con los varios anuncios del fin del mundo como consecuencia de cataclismos o funestos accidentes estelares.
Las circunstancias argumentales de la novela, la pura anécdota, resultan intrascendentes, salvo en su función intrínseca. No es presumible que todo ser viviente sea fiscalizado continuamente con una cámara, ni que la pobreza de una planificada economía de la escasez sea la mejor estrategia para mantener a la colectividad en la marginación de una lucha por la supervivencia. Actualmente se concebiría un mundo afín a la pesadilla orwelliana mediante un doble control, heurístico uno, en virtud del conocimiento informático de todos los individuos, y algorítmico el otro, no ya con multitud de cámaras inquisidoras sino con miríadas de monitores donde las víctimas abrevan espiritualmente y a las que se mantiene fijas a ellos por un misterioso magnetismo electrónico. (En este caso, la realidad temida por Orwell y la que los tiempos convierten en factible es idéntica si se opera la correspondiente inversión.) Por otro lado, el espectáculo del capitalismo feroz de los años treinta y de una economía de posguerra resulta demasiado ruidoso y de mal gusto, a diferencia del feliz consumismo y un Olimpo pletórico de dioses en forma de multicolores objetos listos para usar y tirar.
La ficción futurista de Orwell, como él mismo
admitió, es una parodia, una excelente simplificación de un peligro que se
cierne. Proyectó las líneas de la atribulada década de los cuarenta, en una
continuación imaginativa de las tendencias totalitarias del momento. Y el
resultado fue una sátira salvaje de los males inherentes a la concentración del
poder. De ahí que no buscara profetizar. Más modestamente, pero con vigor, su
intención era advertir contra la marea totalitaria y la corrupción moral del
poder, y protestar contra un tipo de vida cuyas condiciones devenían cada vez
más intolerables.
En algunas notas sueltas ofreció la interpretación de su obra, que resumía en los siguientes términos:
"La moraleja que ha de extraerse de esta peligrosa situación de pesadilla es bien simple: No permitáis que ocurra. De vosotros depende".
De vivir Orwell, sería ocioso interpelarle acerca de qué distancia cierta separa la sociedad actual de 1984. Tal vez porque no existen parámetros fijos ni perspectivas absolutas. Como ocurre con quien caza imágenes de un objeto en movimiento azaroso, que realiza su empeño merced a la utilización de las variables de su cámara, es preciso acomodar la visión de las cosas a una cambiante relación de escalas intelectuales. El temible fantasma de la antiutopía está dibujado con los rasgos de 1948, y no es fácil avizorar su semblante en la galería de monstruosidades del año 1984. En cualquier caso, la respuesta de George Orwell tendría la virtud de resultar inquietante. Bastaría con que nos recordase la auténtica implantación hoy día de los eslóganes motrices del Partido. Superando la barrera que despliega la recurrente paradoja propagandística, no repugnaría a la mente la asimilación de un mundo amenazado por una paz aupada sobre guerras y dispuesta para la guerra definitiva, un mundo impulsado por el vigor de una ignorancia que inculcan infinidad de aparatos y recursos de los "mass media" y confiado en la volátil libertad de su entrega incondicional. ¿Para qué mencionar los "minutos del odio" y la magnificación del catastrofismo, que impelen a todo lo que antecede? Los advertidos tal vez no puedan evitar la sensación de lo "déjà vu".
La clave de la madura obra de Orwell está
más allá de las casuales anécdotas y las aparatosas manifestaciones, en su
raíz, esto es, en la creciente centralización de la economía y la complejidad
del poder. Y su advertencia anima a resistirse al proceso de disgregación de la
identidad de la persona. Mil novecientos ochenta y cuatro es un discurso
que busca fortalecer el vínculo social y conjurar el peligro de que éste no
reaccione a la corrosión que infringen el dogmatismo y totalitarismo políticos.
La autobiografía tácita
Es frecuente que la práctica se disocie de la teoría, para dar al traste con su armoniosa idealidad, arrobadora estética o radical compromiso. La historia de George Orwell ejemplifica lo contrario. Sus ideas y sus hechos tienden a coincidir; su tensión vital es el alcance de la coherencia. Aprendió el socialismo mediante el contacto con los marginados, los obreros y la revolución en lucha, comprobando que no son éstos unos simples términos. Su ideología no tuvo un carácter excepcional, pero sí la adquisición de ésta y su defensa en el papel y en la calle, con una autenticidad irreprochable. El afán que le animó fue el desentrañamiento de las formas de opresión de su realidad y la resistencia cordial. Y se manifestó con voz templada y fuerte, incómoda y áspera, insobornable y radical.
Si se buscan modelos con los que comparar parte de la obra de Orwell —y atendemos a la opinión de críticos autorizados— es necesario remontarse tres siglos. Mil novecientos ochenta y cuatro cumple una labor de ficción política con el mismo poder radioscópico de su época con que nace el Leviatán de Thomas Hobbes. El tratamiento filosófico y analítico de Hobbes es incidental para este cotejo, pues uno y otro dan respuesta a las turbulencias políticas de sus siglos, Hobbes desplegando el retrato del poder autocrítico y Orwell parodiando amargamente el gobierno totalitario.
También, ya en el plano estrictamente literario, encuentra Orwell un antecesor en la figura de Jonathan Swift. La fortuna hizo que Orwell leyera al mordaz escocés a los ocho años cuando recibió de su madre el regalo de cumpleaños; desde entonces acudió frecuentemente a las páginas amigas de Los viajes de Gulliver. Caló en él el estilo irónico y cultivó un sentido del humor descarnado. Y finalmente anduvo el camino de la sátira hiriente de la corrupción moral del poder absoluto, como había hecho su maestro.
La gloria de Orwell fuera de la cultura anglosajona está cimentada en su novelística política, lo que no es en absoluto injusto. Al margen de los valores literarios, en ella se encuentra formulada la teoría del totalitarismo, paralelamente a su expresión por varios espíritus advertidos, entre lo que se cuenta Arthur Koestler, amigo personal de Orwell. Su anticipación a los análisis de los intelectuales es notable. Pero, además de pensador, tiene otros registros menos espectaculares que no desmerecen en laboriosidad a 1984 y Rebelión en la granja.
La producción de Orwell fue amplia y muy variada. Gran parte de ella la componen novelas de pretensiones puramente literarias. Estas son Días birmanos, Subir a por aire, La hija del clérigo y Venciste, Rosemary. Orwell reconoció que era incapaz de comunicar una sensación de vida auténtica a sus escritos si la función poética del lenguaje privaba de modo absoluto. En estas novelas late necesariamente por la inclinación natural del autor —con el paso de los años fue cada vez más natural— una intención crítica que aporta los componentes necesarios para que la fórmula creativa no provea otro que un amasijo argumental.
También se le puede leer como periodista, campo en el que se muestra muy prolífico, con una abultada relación de publicaciones para las que colaboró. A la prensa escrita se ha de añadir la radio. Y, finalmente, su labor de ensayista. Todas estas actividades están cohesionadas por la común expresión de sus valores humanos, relativos a la libertad y comunidad fraterna, el amor a la literatura y la naturaleza, el gozo de los sentimientos sin servidumbres manipulables, una moral humanitaria...
Por lo que se ve, unas leyes ciertas determinan que se conozca sobradamente el escritor político, pero no los escritores que firman con el mismo nombre y que conviven con aquél. El propio autor, completando la simetría, buscó en el público el reconocimiento del escritor y la piadosa ignorancia de la persona. Para su satisfacción, George Orwell era objeto de comentario, alabanza o rechazo, y Eric Arthur Blair no existía en la mente del lector. El arrojo con que se elevaba su voz en público tenía un secreto; le protegía el pseudónimo y su "privacy" —que guardaba con sorprendente celo— no era profanada. Escribió con honestidad y profusión una de las prosas más elegantes del siglo, sin temer señalarse ni excederse, y sin embargo prohibió por cláusula testamentaria que sobre él se escribiera biografía alguna.
La precaución llevaba doblemente impreso el sello de la ineficacia. Tras su desaparición se han publicado semblanzas biográficas realizadas por amigos y estudiosos, con unos propósitos y resultados loables. Pero la mejor biografía que existe sobre Orwell está escrita con su propia mano. Nunca trabajó en una autobiografía, mas todo el desgarro de su vida puede descubrirse agazapado bajo sus novelas, ensayos, artículos, apuntes y cartas, frase a frase. La suya es una autobiografía tácita, de una expresiva mudez.
Las Indias orientales que le vieron nacer y a las que volvió como joven oficial de la policía imperial, son descritas de manera penetrante en algunos escritos fundamentales. Esta descripción abarca el traslado al lenguaje de un paisaje y un ambiente sutilmente percibidos, como es el caso de la novela Días birmanos, y de las tensiones que provoca en su espíritu la posición británica en las colonias. Con técnica impresionista, de tinte dramático, resume la brutalidad que simboliza su uniforme en la narración breve "El ahorcado", y los signos de rechazo y sorda violencia que distingue a los nativos en "Matar un elefante".
Su extraordinaria sensibilidad ante lo que le rodea le aísla y le hace sentirse en soledad interior. Este sentimiento producido por la difícil comunicación de unas intuiciones singulares no fue exclusivo de su etapa en Birmania. Puede ser detectado anteriormente, en sus años de escuela en Inglaterra, que le resultan agrios y acerados, según se lee en el único escrito propiamente autobiográfico "Así fueron aquellas alegrías". Posteriormente, también, se desprende de un sinnúmero de experiencias y literatura, cosas ambas que siempre fueron unidas en él.
En su madurez convivió con los marginados como marginado, trabajó junto a los míseros empleados escupidos a la pestilente orilla del magma productivo, padeció como enfermo junto a los enfermos desahuciados y luchó como soldado en las trincheras de la revolución. El suyo es un testimonio excepcional de su época por el esencial punto de vista con que la transitó, además de por otros valores evidentes. Y en fin, gastó su vida en vivirla y contarla.
Mil novecientos ochenta y cuatro fue el último capítulo de su testimonio, aunque no
tenía que haberlo sido. Orwell tenía la idea de otra novela. Quería retrotraerse
en el tiempo y dejar aún lejana la fecha que había lanzado a bocajarro a las
conciencias, quizá para contar la historia de una esperanza. Pero su reloj se
paró en la soledad hospitalaria de una noche de enero de 1950. No obstante,
mientras no se cumpla el acechante siniestro absoluto —catástrofe aniquiladora
quizás no sólo de conciencias, sino de la misma vida humana—, aún sea tiempo de
escribir la novela que lo exorcice.
Originalmente publicado
en la revista «Fin de Siglo» Nº 8, Jerez de la Frontera, España, 1984.
Carta de Eric A. Blair (George Orwell) a Henry Miller
The
Stores
Wallington,
Nr.
Baldock, Herts
26 de agosto de 1936
Querido Miller:
Muchas gracias por su carta. Me hizo, sin
embargo, sentir bastante mal porque hacía semanas que tenía intención de
escribirle y lo había ido dejando. Bien, Primavera negra me llegó sin
novedad y parte de ella me gusta mucho, especialmente los primeros capítulos;
no obstante, creo y lo diré en la recensión del libro, que Trópico de Cáncer
está más en su línea al tratar acontecimientos que ocurrieron o podrían haber
ocurrido en el mundo tridimensional corriente. Me gustó Trópico de Cáncer
por tres cosas especialmente: primero por una peculiar calidad rítmica que
tiene su inglés; en segundo lugar por tratar hechos bien conocidos de todo el
mundo, pero nunca hasta ahora mencionados en letra impresa (por ejemplo, cuando
el tipo parece que le está haciendo el amor a la mujer, pero se muere de ganas
de orinar todo el rato); en tercer lugar por la manera en que se extravía en
una especie de ensueño donde se eluden las leyes de la realidad ordinaria un
poquito, pero no demasiado. Ud. vuelve a hacer esto mismo en Primavera
negra; por ejemplo me gusta mucho su meditación, que comienza en un
urinario público en las páginas 60-64, pero creo que, en conjunto, se ha
apartado Ud. mucho del mundo corriente adentrándose en una especie de universo
de Mickey Mouse donde ni las cosas ni las personas han de obedecer las leyes
del espacio y del tiempo. Me atrevería a decir que estoy equivocado y quizás es
que no he captado su rumbo en absoluto, pero mantengo una actitud de cuerpo a
tierra y siempre me siento desasosegado cuando salgo del mundo corriente donde
la hierba es verde, duras las piedras, etc. Sé que también es bastante cruel
que cuando Ud. ha escrito un libro tan inusual se le culpe por no escribir otro
exactamente igual. Pero no quiero que piense que no hay en Primavera negra
nada que me haya complacido. La calidad de la prosa, especialmente el pasaje a que
antes me he referido sobre los excrementos y los ángeles. Cuando leo algo
semejante me siento como se siente uno galopando sobre un caballo
verdaderamente bueno por un terreno en el que no han de buscarse madrigueras.
Haré lo que pueda en cuanto a recensiones. El Adelphi me dijo que podía
hacer algo corto sobre el libro, pero pronto va a convertirse en trimestral, y
también lo hará para el New English, aunque han cerrado la tienda
durante el mes de agosto, como hacen siempre, por lo que las recensiones se
retrasarán un poco; supongo que en su caso no tiene tanta importancia como en
las novelas corrientes de dos peniques y medio que son genios de una semana y
después han de saldarse. Ahora he de salir a ordeñar la cabra, pero continuaré
la carta cuando vuelva.
27/8/36. Me alegro de que haya podido hacerse con un ejemplar de Sin blanca en París y Londres. A mí no me queda ninguno y está agotado; iba a mandarle un ejemplar de la traducción francesa (supongo que era la versión inglesa que vio Ud.) cuando me llegó su carta. Sí, también se publicó en América, pero no se vendió apenas. No sé qué tipo de críticas tuvo en Francia —sólo vi un par de ellas, bien porque la gente que recorta prensa no la obtuvo o porque no me ocupé de mandar ejemplares con cartas aduladoras a los principales críticos, como se me ha dicho que se ha de hacer en Francia. También se han publicado en América algunos otros de mis libros. Mi segundo libro, Días birmanos, se publicó allí antes que en Inglaterra, porque mi editor temía que el Ministerio de Asuntos Indios intentase suprimirlo. Un año más tarde mi editor inglés publicó una versión con varias modificaciones de nombres, etc., de manera que la edición americana es la exacta. Es el único de mis libros que me complace —no porque valga nada como novela, sino porque las descripciones del escenario no están mal, aunque por supuesto eso es lo que el lector medio pasa por alto. Mi tercer libro, La hija del clérigo, que se publicó en Inglaterra hace aproximadamente un año, ha aparecido en América la semana pasada. Este libro es malo, pero en él hice experimentos que me fueron útiles. Mi último libro, Venciste, Rosemary, no creo que se publique en América porque es algo así como una historia doméstica con tema enteramente inglés y el público americano se está impacientando con lo que creo denomina "mariconadas británicas". También me di cuenta durante el tiempo que trabajé en la librería de que cada vez es más difícil vender en Inglaterra libros americanos. Los dos idiomas siguen rumbos cada vez más separados.
Sí, estoy de acuerdo en lo de la pobreza en Inglaterra. Es terrible. He estado viajando recientemente por las peores partes de las zonas del carbón en Lancashire y Yorkshire —trabajo actualmente en un libro sobre ello— y es espantoso ver cómo se ha derrumbado la gente y ha perdido los arrestos en los últimos diez años. He hecho una recensión de la novela de Connolly para el N.E.W., pero no la tengo en mucho, aunque me ha distraído. Me sorprendió que le trastornara tanto lo de "fechar" el libro —¡como si no se "fecharan" todos los libros que merecen leerse! Veo por la nota editorial de Primavera negra que ha obtenido Ud. buenas críticas de Eliot y cía.; también a mí me mencionan entre ellos. Es para mí un paso adelante; es la primera vez que estoy en la nota editorial de alguien. Así pues, es indudable que aún llegaré a ser Sir Eric Blair.
Escríbame cuando se sienta inclinado a ello.
Suyo
Eric A. Blair
Trad.: J. Javier Laborda, tomado de la misma revista.
© 1984 - 2002, J. Javier Laborda
Uploaded on February 1st, 2002.
“Con Orwell y sin Koestler”,
Quimera, 35 (I-1984) 43-5.
“Orwell: la biografía
imposible”, Quimera, 35
(I-1984) 32-6.
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