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Rincón de literatura

 

“El huertecico”

de Fernando de Juan del Olmo (1943)

 

 

 

Recogemos aquí el cuento“El huertecico”, el relato de Fernando de Juan que publico en su libro Estampas de Aragón (Zaragoza, 1943). La obra ha sido reeditada en versión facsimilar por la revista de la comarca de Valdejalón La Replaceta (número 15, septiembre de 2006).

Fernando de Juan nació en La Almunia alrededor de 1870 en el seno de una familia de terratenientes, de la que heredó tierras, molinos y edificios. Tal como lo define un estudioso, Fernando de Juan o “don Lamberto”, como también se le conocía –por el nombre de su padre- fue un “señor feudal contemporáneo”, ferviente católico, propietario rural y defensor del conservadurismo regionalista.

Tuvo afanes literarios, de los da cuenta el cuento “El huertecico”. En el presenta un mundo idílico en torno a un huerto y unos aparceros que lo cultivan. El narrador refiere la historia de su amigo y propietario del huerto, un patrón condescendiente que ampara a sus trabajadores y que vive el dolor de un fracaso matrimonial. Una proclama contra la II República y la apología del franquismo despliegan un horizonte ideológico coherente con el pensamiento del autor y de los personajes, que son dos voces de su misma personalidad.

La saga de los de Juan y la oligarquía que encarnaba acabó con la muerte de Fernando (Zaragoza, 1948). El cuento “El huertecico” adolece de una acción elemental y de una moraleja sonrojante, pero aporta una descripción colorista y atractiva de la vida rural en en la Almunia de doña Godina y el valle del Jalón. Y la historia contiene elementos apropiados para comprender una mentalidad ilustrativa de una época desaparecida.

 

 

El huertecico

Fernando de Juan del Olmo (1943)

 

¡Qué huertecico, más majo! Grande no era mucho, antes podía llamarse pequeño, una haneguica larga de tierra, porque aunque dentro de las tapias había cerca de dos hanegas; entre los anda- dores, la casica, el corrico del gallinero y algunas otras cosas, más la rasa que corría todo alrededor, junto a los andadores, se comían algoque.

Pero anda, anda, que como majo y bien administrao, ni qué decir tiene. Allí se encontraba de todo: un corrico de coles; su corico de lechugas grandes y lustrosas, de las de oreja de burro; otro de acelgas, otro de escarolas rizadicas y atadas pa que se blanqueasen por, dentro, unos surcos de judías de la manteca y otros de bisaltos bien enramadicos para que las tablillas no tacaran la tierra y se pudrieran, su campalico de melones blancos, dulces como la miel, otro de sandías verdes como esmeraldas por fuera, coloradicas por dentro como cara de recién casada, el de las calabazas y el de los pepinos, con  sus flores como yemas de huevo, sus cantericos de patatas, Unas tempranas, y otras tardías a medio nacer, que daban para todo el año entre unas y otras, sus caballones de alcachoferas, y otros de cardos envueltos en tierra que al primer vistazo parecían tapiales, y el campalico de nabos de Mainar, sembrados el día de San Agustín, y las tomateras, unas de los gordos y lisos, otras de los de ciruelica para confitar, y pimeritoneras y un caballón de guindillas de esas que miran al cielo y abrasan la entraña, y su esparraguera abrigadica con fiemo gordo... de todo, vamos, de todo, y todo bueno, majo y bien cuidado, rodeadico, por los rosales que crecían a lo largo de los anclado res, bajando sus raíces a buscar la tierra fresca y húmeda de la rasa, y en un, rincón un' banco, cerca de él dos horcachas, una a cada lado, de una a otra una tranca: y apoya- das en la tranca, y las tapias cañas reciecicas, sobre las que descansaban cubiertos de florecicas blancas y olorosas los vástagos de un jazminero que formaban dosel de blancura y aromas.

!Bien estaba aqueqo!

Pues ¿ y la casa? Un patio al que se subía por dos escalones de piedra de Calatorao " a mano derecha del patio la" cocina, con su .campana de chimenea grande para recoger bien el humo, sus aparadores para los vajillos, su tinaja para el agua, tapada con un paño blanco sujeto por el tape de madera, su mesica con cajón, sus sillas talladas en madera con tal1a primitiva y con asientos de trenza de esparto, sus dos bancos, U110 a cada lado del hogar y en el centro y al fondo de éste, defendiendo la pared contra las agresiones del fuego, su plancha de hierro con dos argollas de forja, trabajadas a lima y puntero en las cabezas de las maestras que bril1aban de limpias como troquel recién bruñido.

Debajo de patio y cocina su bodeguica con escalera de trampa y tragaluz que salía casi al rafe del andador, y encima de cocina y patio la salica con su bl1ena alcoba, otro cuarto con su cama y junto a él el amasador con su artesa, su panera, su saca de harina, y en un rincón las par ricas con los adobos y en otro los calajes pa los garbanzos, las judías, las lentejas... Como adorno substancioso dos pernilicos colgando del lecho, que recibían por la ventana el oreo del cierzo perfumado por las flores de sierra" y enriquecido este perfume por el aroma de las f1ores que en el huerto se criaban.

Junto a esta joya de casi ea subía el tronco de una parra cuyos sarmientos abrazaban las paredes con mimo de enamorado y entre cuyas hojas que el aire abanicaba, se veían colgando "unos mosca- teles que daban hambre.

Entrecavanclo en el huerto estaba un hombre con pelo blanco en la cabeza que acusaba edad a1go adelantada y también tenía blanco el pelo la mujer que, sentaba. sobre el banco cobijado bajo el jazmín, miraba con frecuencia la labor del hombre y atendía a la suya; labor de media.

Aquellos dos seres en aquel encantador escenario despertaron mi sentimiento artístico, ej erciendo sobre mi espíritu atracción de belleza aparente y atisbas de bellezas morales ocultas que oteaba mi imaginación wn ansia de revelaciones.

Mi amigo, complaciente, satisfizo este afán de investigador, el mismo amigo que, atento y obsequioso, me había invitado a visitar el huerto.

—¿ Es de el1os -le pregunté- este simpático huerto?

—Como si lo fuera. Es mío, pero viven aquí hace bastantes años y aquí seguramente terminarán sus días. Te conozco y sé que buscas la historieta. Oyela. El era jardinero de mis padres. Ella entró de niñera en casa cuando yo nací. Simpatizaron, festejaron y cuando llegó el día de la boda mis padres fueron sus padrinos. Recuerdo todavía con ternura y emoción el llanto de esa mujer cuando salió de mi casa y los abrazos y los besos con que se despedía de mí, como si temiese no volver a verme en su vida. Me quería como se quiere a un hijo.

Mi padre, que apreciaba las excelentes cualidades de esta pareja, pensó acertadamente que podrían vivir felices en este huerto, y construyó la casica, la choza, el conejar, el palomar y el gallinero. Al decides mi padre que viniesen a vivir aquí él le besó la mano con respeto, ella se arrodilló ante el señor para expresarle su gratitud con un sollozo y volvió a demostrarme su emoción con expansiones de cariño casi maternal. Pasaron años, los años de nuestros estudios, de nuestras ilusiones, de nuestra alegre mocedad... Murieron mis padres; otros seres queridos les siguieron por el ca- mino qué conduce a la verdad y uno de estos seres fué el que debía su existencia a los honrados amores de esta feliz pareja. El único hijo que tuvieron, guapo mozo, entró en quintas, fué al Ejército y el regimiento de que formaba parte entró en acción durante aquella. guerra de Marruecos que dejó entre chumberas y paqueos tantas vidas y tantos huesos de españoles, siembra generosa de energías y abnegaciones que tal vez lleguen algún día a dar cosecha de venturas para España, pero para estos .Infelices padres fué de momento causa de pesadumbre y de dolores morales que les hicieron encanecer, prematuramente y pusieron en su rostro esas huellas de sufrimiento resignado, tranquilo, heroico, que a tu vista de pensador y de psicólogo seguramente no se. ha ocultado.

—Tienes razón, desde que los ví me inspiraron simpatía y sentí hacia ellos esa atracción misteriosa que en mi espíritu ejercen las tragedias ocultas, que no se manifiestan en ruidosas exclamaciones ni en protestas dec1amatorias, pero se asoman a los ojos de los que padecen en silencio y ese silencio tiene frases elocuentes para las al- mas acostumbradas a paladear el dolor.

—Dices bien. Como sabes, yo aprendí a paladearlo desde que aquella mujer. que conoces me enseñó el camino de la adversidad, duro camino que sigo recorriendo con el bagaje de mis penas, apoyado en el báculo de mi fe exaltada y sostenida por el amor a nues- tra Virgen del Pílar y, como tú, sorprendo a veces agonías encubiertas en las que se debaten espíritus serenos que saben vencer contrariedades y sacar de ellas resignación suficiente para seguir tirando de esta vida... ¡Aquella mala pécora...!

Mi amigo volvió la cabeza para ocultarme la debilidad de una lágrima que él creía vergonzoso derramar .por el recuerdo de una mujer que nunca mereció tan delicada y rica ofrenda. Lo cogí por el brazo, lo atraje para confortar su espíritu combatido al arrimo de una amistad nunca interrumpida y para sacarle del abismo en que su pena quería de nuevo sepultar su energía le pregunté: -¿ Y vi- ven de lo que da el huerto?

—Viven y ahorran. El ha sido siempre trabajador y aunque algo viejo puede perfectamente soportar un trabajo que más que labor dura y agotadora de energías, es gimnasia utilísima para conservar el vigor de músculos acostumbrados a esfuerzos mayores. Ese ligero trabajo de hortelano cuidadoso y mañosico es medio seguro para conservar su salud, por su convivencia constante con los elementos y la constante atención a las exigencias de planteros, remudes, entrecavas y pequeñas recolecciones que diestraen y alejan pensamientos tristes.

Ese régimen higiénico además de salud y entretenimiento proporciona alimento suficiente para los dos, sobrante para vender y el producto de las ventas de hortalizas, unido al de huevos, pollos, pichones y conejos, es ingreso saneadico al cual se une el de parte no despreciable de los dos cerdos que anualmente recrían y la otra parte la aprovechan para completar su a:1imentación. Viven holgadamente. y sin más contrariedad que la pérdida del hijo, dolorosa siempre para. los padres. Además tienen la certeza de que mientras vivan no les faltará ni hogar ni alimento y esta carencia de problemas economices contribuye mucho para que la vida sea tranquila. Con pan, cariño y fe se puede vivir. ¡Otros. tienen solamente fe y pan... y viven!

—Tú has resuelto atinadamente el problema de su vida.

—Es verdad. Aprendí de mi padre y seguí impulsos naturales; eso es todo. Esa es la labor del señorito, del tirano, como nos llaman algunos sociólogos que buscan a los obreros para envenenar su vida . aconsejándoles rebeldías y hablándoles de derechos sin enseñarles a cumplir deberes y les hacen soñar con prosperidad y riqueza que no pueden lograrse por medios ilícitos, sin percatarse de que tales predicaciones son semilleros de odios, envidias y malas pasiones que , algún día armarán contra los señores, brazos que nacieron para engrandecer a España con trabajo honrado y paz espiritual.

—No tengo noticia de que ni uno solo de esos agitadores de masas obreras haya hecho el menor sacrificio por el trabajador honrado. Andan todos ellos buscando a los amargados, a los rebeldes, a los, viciosos, carne de presidio, para lanzados a la lucha social, antisocial, debiera decir, y destruir la armonía y la paz indispensables para, h prosperidad de los pueblos. Esos falsos protectores de la clase obrera son incapaces de renunciar al bienestar que disfrutan en las ciudades para venir aquí, a las pequeñas poblaciones, a las aldeas, a convivir con esta pobre gente, a educarla, él protegerla con hechos en vez de extraviarla y aumentar su infortunio haciéndole creer en utopías y prometiéndoles lo que son incapaces de dar a cambio de 'las cuales promesas les obligan a cotizar para dedicar la mayor parte de lo cotizado a costear los vicios de esos salteadores de conciencias que enalteciendo el trabajo manual viven en ocio perpetuo, paseando en automóvil, habitando suntuosos hoteles, aclamados con el fruto de sus rapiñas y obligando a sus .servidores a que les presenten tarjetas en bandejas de plata. Más aún, hay legisladores que confían al articulado de una disposición oficial, casi siempre de aplicación difícil y resultado negativo, lo que sin más leyes que las del mutuo afecto supieron realizar nuestros antepasados incluyendo en el número de sus familiares a esos seres que nacían, vivían y morían a la sombra del amo, padre para ellos, que festejaba el bautizo del chiquillo, la boda del mozo, costeaba el entierro del viejo y atendía a la viuda 'en años de soledad y de infortunio.

—Hemos visto lo que ha sucedido a raíz de la proclamación de la República. Por una parte deseos de venganza, por otra afán de notoriedad y ansias de gobernar aprovecharon un supuesto fracaso en elecciones de concejales para derribar un trono y sustituirlo con figuras grotescas y repugnantes de vividores políticos incapaces, ineptos. Aquella proclamación fué hecha no por un pueblo convencido de sus derechos y dispuesto a ejercerlos, sino por una chusma de meretrices y guardias borrachos que, tripulando camiones, recorrían las calles de Madrid ante el estupor de las personas honradas y la indecisión del pueblo, no preparado para la repugnante algarada. Prueba de que faltaba esa preparación, prueba de la indecisión del pueblo, es el hecho de que muchos días después \c1e proclamado el anárquico régimen, para caldear ánimos y despertar entusiasmos, los dirigentes creyeron necesario comprar chusma indocumentada y pagarle para que se decidiera a quemar iglesias y conventos, meritísima iniciativa en cuyo desarrollo vergonzoso colaboró el hijo de cierto político monárquico juzgado hasta entonces por culto y discreto.

Si el deseo del pueblo hubiese sido acabar de una vez con los medios materiales que utilizaba la propaganda del catolicismo, las iglesias hubieran ardido el 14 de abril y a la vez que las iglesias hubiese ardido e1 Palacio Real. Pero no convenía esto Último porque era local propicio para futuras exhibiciones y francachelas de los jerifaltes y ,porque en él había joyas ;artísticas, colecciones y preseas que los farsantes podrían apropiarse en plazo más o menos breve. Más tarde, estabilizado ya el régimen republicano, el pueblo no mejoró de situación y para acallar su disgusto y distraer la tristeza de su desencanto, se le encauzó por el tortuoso camino del atentado y el crimen y funcionó la dinamita como argumento supremo y como medio para conseguir cI fin dc que sus estampidos no dejasen oír las protestas de los engañados, Una vez más fuimos los señoritos las víctimas predilectas de esos facinerosos que habían sustituido las ganzáas con páginas de Gaceta,

 

*        *        *

 

Habíamos llegado a casa de mi amigo, de la cual yo era huésped, y nos dirigimos a nuestras respectivas habitaciones para lavarnos y arreglarnos antes de que nos avisasen para cenar.

¡Qué bien cenamos!

Mi amigo no era sibarita, ni gastrónomo, pero, educado por padre aristócrata, conservaba esos delicados refinamientos que hacen agradable la vicia y su mesa sin pretensiones de grandeza ni alardes de prodigalidad, tan gratos para los nuevos ricos, tenía el encanto que la sencillez, la naturalidad y la finura comunican o los actos del bien vivir.

El primer detalle que observé sobre la mesa fué un jarroncito de porcelana antigua y de líneas artísticas en el cual lucían sus corolas hermosos claveles blancos estriados de color rosa y formaban conjunto gratísimo con aquel detalle de arte y buen gusto la vajilla, antigua también, los cubiertos de plata, que por su forma eran de hechura aragonesa, las servilletas y el mantel de fin hilo y todos los muebles del comedor, roble con cuero, muebles presidios por los ricos paños de raz que adornaban las paredes de los costados y en las otras dos completaban la ornamentación una magnífica chimenea, de igual madera con escudo heráldico y un aparador de lo mismo a cuyos lados, hábilmente colocadas, colgaban piezas de vajillas, fuentes, platos, mancerinas de Teruel, de Muel y de Alcora. Era un comedor prócer.

Un criado; vestido de negro, no de etiqueta, nos sirvió una excelente sopa a la cual siguieron unos huevos con espárragos y después: unas codornices estofadas que precedieron a un postre de compota y otro de magnífico moscatel romano. Para las primeras viandas,. el sirviente escanció un delicioso vino que daba a las copas aspecto de grandes amatistas y otras copitas más pequeñas tomaron color de- .topacio .cuando al llegar la compota se. llenaron de algo que olía a néctar. Supe por mi amigo, que aquél algo era un Cariñena hecho por su padre el año sesenta y ocho del siglo anterior. Al saborear aquella delicia pensé con tristeza que en muchas mesas españolas se sirven bebidas' traídas del extranjero.

Antes de levantamos, el criado se acercó a mi amigo presentándole un plato vacío y la fuente con las codornices sobrantes. De éstas mi amigo puso cuatro en el plato y al observar una interrogación en mi curiosa mirada, explicó:

—Son para la Tata Pilar, mi ex niñera. Sabiendo que las he cazado yo le parecerán más sabrosas.

En aquel acto había tal sencillez, tal espontaneidad y tal delicadeza espiritual, que me emocioné.

Nos sirvieron café en la biblioteca, fumando y charlando terminamos la velada y nos retiramos a nuestros dormitorios.

El mío era acogedor y cómodo;. cómoda también la cama que. brindaba ,descanso y sueño reparador, pero yo no podía dormir. La loquita de mi cerebro, mi imaginación exaltada por emociones y' recuerdos de aquel día, empezó a diablear y yo a dar vueltas sobre el amplio lecho sin conseguir cerrar los ojos. ¿ Contribuiría a ello d solera del sesenta y ocho? Creo que no. Porque he tenido siempre la cabeza bastante segura para no turbarse fácilmente por una libación y la que había, ingerido ni era excesiva ni podía ser perturbador:).:- Contribuyeron al trastorno, indudablemente, la serie de observaciones que había hecho, la de emociones que me habían impresionado, las frases y los razonamientos de mi amigo, la actuación de señores como su padre, contrapuesta y en pugna con las argucias de demagogos y sociólogos de menor cuantía, las luchas sociales, las necedades de los libertarios, el choque de pasiones de baja estofa contra los arranques ya más nobles, la pugna entre el afán de agitar la masa para lograr fines reprobables, y la noble actuación inspirada sobre el .amor al prójimo, por el verdadero amor predicado en Judea y rubricado en el Calvario.

Ya piaban los gorriones en. el alero cuando me quedé dormido pensando en que si ese amor imperase en vez de predominar el odio, la humanidad encontraría resueltos muchos problemas que parece imposible resolver.

Aquella tarde paseamos por la vega. Paseo encantador, durante el cual cruzamos entre tablas de remolacha, tapices de intensa verdura, altos y rectos panizos que ostentaban orgullosos el pompom de sus flores fecundantes, surcos de judías que se humillaban por el peso de sus tahillas o se enramaban traviesas. por las cañas atinadamente colocadas a su lado para que trepasen como... enredaderas, látigos verdes de ajos o cebollas, grumos de coles magníficas, melocotoneros enjoyados con sus carnosos frutos, oscuros manzanos en que ponían el contraste de su piel pintada las de verde doncella, las ca- muesas, las horteles, las asperiagas, perales gigantes, nogales robustos, olivos oscuros o platedos a medida que el viento agitaba sus' bicromadas hojas, todas las magnificencias vegetales de vega bañada y fecundada por el padre Jalón, el Nilo aragonés.

Terminó nuestro paseo en el huertecico. A1lí vi por segunda vez la escena atrayente y simpática que en la tarde anterior me había emocionado.

La tata Pilar expresó con rústica ternura. la gratitud que le ins- piraba el obsequio de mi amigo, las ricas codornices cazadas por él y tuvimos que subir a la casica para saborear un rico chocolate con bizcochos y magdalenas con que quiso agasajarnos, sirviéndolo en la salica, el estrado de la casa.

Mientras. saboreábamos el ágape pasé revista a los muebles y objetos que en la estancia había, presidiendo los cuales, en lugar preferente, sobre la cÓmoda y entre dos jarros llenos de rosas bellísimas, vi una imagen de la Virgen cld Pilar. Mirando a mi amigo, pregunté:

¿De plata?

—Sí, de plata. No te extrañe. Fué regalo de mi madre y es reliquia que la tata y yo veneramos uniendo a nuestra fe aragonesa el recuerdo de aquella santa que seguramente nos sonríe desde arriba.

Cuando bajamos al huerto descendía el sol escoltado por nubes de ensueño; esas nubes ricas en policromía, inimitables en sus formas caprichosas, opulentas en cambiantes, magníficas en irisaciones increíbles si no se ven, y aquella luz soberbia del crepúsculo aragonés .iluminaba con vigor y enriquecía con bellezas inimitables la misma escena que tanto me había impresionado en la tarde anterior. El hombre, arreglando sus rosales y sus hortalizas; la mujer, moviendo, acompasadamente, las agujas bajo el solio de jazmines.

Pensé que la humanidad podría ser dichosa si en todas las almas brotasen flores tan sencillas, tan humildes, tan fragantes, como los jazmines del huerto de mi amigo.

 

Fernando de Juan del Olmo (Estampas de Aragón , 1943).

 

Nota: El texto es la transcripción de la edición facsimilar de Los Cuadernos de La Replaceta (número 15, septiembre de 2006; pág. 18-26).

 

 

 

 

 

 

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