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MEMORÁNDUM WYE: ASEGURANDO LA OCUPACIÓN http://nodo50.org/palestina/home.htm |
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Art. de Norman Finkelstein, trad. por Agustín Velloso, Tomado de Nación Árabe, nº 37, otoño 1998 |
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El acuerdo palestino-israelí firmado en Wye Plantation supone un grave retroceso respecto a anteriores documentos
En tanto que documento formal, el Memorándum del Río Wye, firmado el 23 de octubre pasado por Arafat y Netanyahu en EEUU, no contiene nada nuevo. Su propósito es meramente reafirmar y "facilitar la puesta en práctica de acuerdos anteriores". Sin embargo, el Memorándum ilumina el proceso iniciado en Oslo y hace desvanecer ilusiones que se mantenían. A continuación presentaré primero la historia de la cuestión, luego analizaré el documento y, finalmente, consideraré las perspectivas de un arreglo justo.
El fin de la principal corriente sionista desde sus comienzos hace un siglo ha sido crear un Estado judío en Palestina. En tanto que ideal, esto significaba un Estado con una población judía homogénea; por razones prácticas, un Estado con una gran mayoría de población judía que tolerase a una pequeña minoría árabe de quizás un 20%.
El principal obstáculo para la realización de este objetivo era la población árabe oriunda. En su recientemente publicada y casi oficial historia de Israel, el historiador británico Martin Gilbert defiende que "había un gran deseo entre los sionistas laboristas de vivir junto a los árabes, y no, como muchos de los extremistas esperaban, subordinarlos a las necesidades del nacionalismo sionista, o incluso echarlos de una vez de Palestina". Los estudios al respecto no dicen lo mismo. El laborismo sionista estaba comprometido en la "construcción de una sociedad judía exclusiva para los judíos, de principio a fin" en "toda Palestina" (Anita Shapira). Consecuentemente, como muestra Zeev Sternhell en un importante estudio, "nadie luchó con más vigor contra el trabajador árabe que (los sionistas laboristas); nadie predicó la segregación social, económica y nacional con más determinación que el movimiento laborista".
La creación de Israel
Enfrentados a la resistencia oriunda, los movimientos conquistadores europeos de la era postcolombina emplearon habitualmente la mayor fuerza bruta: la aniquilación. Pero esta opción extrema no era de recibo en los albores del siglo XX. El movimiento sionista, por tanto, puso sus miras en el traslado de la población –eufemismo de expulsión- de los nativos. Ciertamente, hasta después de la Segunda Guerra Mundial, la opinión internacional apoyaba la expulsión como un medio de resolver los conflictos étnicos. El historiador Benny Morris observa que, para los dirigentes sionistas, "el traslado de los árabes al exterior", era el medio principal de "asegurar la estabilidad y la condición judía del propuesto Estado judío". Durante la guerra de 1948 la población árabe fue efectivamente expulsada de las áreas conquistadas en Palestina, lo que completó la primera fase de la empresa sionista.
Durante la Guerra de junio de 1967, Israel conquistó las largamente ansiadas Cisjordania y Gaza (así como el Sinaí y los Altos del Golán). En esta segunda fase de conquista, los dirigentes sionistas se enfrentaron al mismo dilema que al comienzo del siglo: querían la tierra pero no sus habitantes. Las opciones disponibles para resolverlo, sin embargo, se habían reducido considerablemente. No sólo la exterminación, sino también la expulsión, era políticamente insostenible. El movimiento sionista optó entonces por llevar a cabo un cerco: apropiarse en lo posible de todos los recursos (especialmente el agua) y la tierra, y al tiempo mantener a la población árabe en reservas nativas. Esta es la esencia del Plan Allon, que se formuló por vez primera en 1967, y la estructura operativa del proceso de Oslo, que permite a Israel mantener aproximadamente la mitad de Cisjordania.
La retirada parcial de Israel, sin embargo, no se corresponde con el consenso internacional que se formó tras la Guerra de junio de 1967 para resolver el conflicto árabe-israelí. Representado en la Resolución 242 de NNUU, este consenso exigía la total retirada de los territorios árabes ocupados a cambio de un compromiso árabe por una paz total con Israel. Hay que recordar que el origen de la larga disputa de Israel con la comunidad internacional ha sido la petición, no de un Estado palestino, sino de una completa, en lugar de parcial, retirada. Ciertamente, la 242 no hace mención en absoluto de un Estado palestino, refiriéndose meramente a "un arreglo justo del problema de los refugiados". El Plan Allon no es incompatible con un Estado palestino: el término que se emplee para nombrar los pedazos de tierra árida cedidos a los árabes es una cuestión semántica. Para Israel, el quid de la cuestión ha sido siempre su reclamación de "revisión territorial" (Abba Eban).
Tras la Guerra de junio, Israel ofreció una retirada parcial de todos los frentes árabes. Egipto ofreció en febrero de 1971 firmar un tratado de paz bilateral si Israel se retiraba completamente del Sinaí. Israel lo rechazó. En nombre de la seguridad exigió retener parte del Sinaí, cuando Moshe Dayan notoriamente declaró que "preferimos Sharm-el-Shayj sin paz que al contrario". Una vez Egipto demostró en la Guerra de octubre de 1973 ser una fuerza militar con la que había que contar, Israel se retractó aceptando en 1978 en Camp David, los acuerdos de paz que rechazó en 1971. Un postulado sionista fundamental, observa Zeev Sternhell, es "no ceder nunca una posición o un territorio a menos que uno se vea obligado por una fuerza superior". Israel mantuvo una posición negociadora dura en Camp David, exigiendo (sin éxito) retener el control de las refinerías de petróleo, los asentamientos y las pistas de aterrizaje que había construido en el Sinaí. Sin embargo, Sharm-el-Shayj no apareció en absoluto en estas intensas y a veces amargas negociaciones. Israel abandonó Sharm-el-Shayj –su consideración como punto estratégico esencial- sin rechistar. Es una lección importante respecto a la preocupación israelí -o su despreocupación- por su seguridad.
Israel consideró la posibilidad de una retirada total cuando se enfrentó a la vez a la fuerza de la resistencia civil palestina en los primeros años de la Intifada y a la condena internacional generalizada. Pero el desafío al poder israelí disminuyó pronto. Según la Intifada perdía impulso, una concatenación de acontecimientos –la destrucción de Iraq en la Guerra del Golfo, la caída del bloque soviético, el alineamiento abierto de los regímenes árabes con EEUU, la decadencia precipitada de la suerte de la OLP- convenció a Arafat de cerrar un trato con Israel, aceptando la retirada parcial a cambio de la parafernalia seductora del Estado. La capitulación de la OLP en Oslo no fue el resultado de la ineptitud política. La evaluación de Uri Savir sobre las negociaciones muestran que los negociadores palestinos, en cada elemento fundamental del proceso de Oslo, pusieron de manifiesto sus objeciones. El problema era que no tenían poder alguno.
Una vez que Arafat admitió, como hizo en Oslo, que Cisjordania y Gaza eran territorios en disputa, idéntico título para ambos territorios, era inevitable que en la siguiente batalla sobre los porcentajes, un reparto al cincuenta por ciento vendría a ser un compromiso legítimo. Aún Netanyahu merece más reconocimiento por su influencia en el cambio de opinión pública. Mediante su tenaz insistencia en que Israel tiene derecho a toda Cisjordania y los palestinos a nada, Netanyahu convirtió cualquier retirada en una concesión israelí. ¿Quién puede esperar entonces que Israel regale más del 50 por ciento de su tierra a cambio de paz? Antes de Netanyahu, una retirada total a cambio de una paz total era un compromiso legítimo, una retirada parcial del laborismo, uno ilegítimo; después de él, una retirada parcial a cambio de una paz total es un compromiso legítimo, ninguna retirada, un compromiso ilegítimo. Con su redefinición de los polos del debate mediante su teatro peleón, Netanyahu ha legitimado en efecto la posición de rechazo del Partido Laborista, al tiempo que en el proceso ha conseguido rebajar, como él dice, "el nivel de expectativas palestinas". Aparte de los extremistas, nadie más habla ya de retirada completa. Ciertamente, la demanda de retirada total se equipara hoy con la de ninguna retirada, mientras que los expertos condenan a los extremistas de ambos lados.
El Memorándum Wye
El Memorándum Wye se divide básicamente en dos partes, 'Nuevas Retiradas' y 'Seguridad'. (una tercera sección se ocupa del misceláneo 'Otros Asuntos'). Trozos y partes que alcanzan el 40% de Cisjordania formarán parte de la jurisdicción palestina total (área A) o parcial (área B) antes del comienzo de las negociaciones sobre el estatuto final. De acuerdo con Savir, Rabin admitía hasta un "50% aproximadamente" justo antes de esas negociaciones. La supuesta diferencia ideológica entre el Partido Laborista y el del Likud alcanza quizás un 10% de Cisjordania. Ciertamente, los diversos mapas del Likud sobre el estatuto final caen todos dentro de los parámetros del Plan laborista de Allon, en el que Israel retiene aproximadamente la mitad de Cisjordania. Para los que aprecian el conocer la verdad, la prensa israelí ha informado durante años acerca de que "no hay apenas diferencia entre los conceptos de Netanyahu y Peres sobre los acuerdos permanentes", Ciertamente, "Sharon y Peres no están tan lejos en lo que respecta a sus percepciones sobre éstos". Esta convergencia pragmática entre el Partido Laborista y el Likud pone de relieve, por cierto, que la retirada parcial era el máximo que Israel podía esperar de Oslo. Israel no llevó a cabo un compromiso histórico con los palestinos; sólo lo hizo con la realidad.
Técnicamente, Wye supone un retroceso respecto de acuerdos anteriores. Como mínimo, el Acuerdo Interino palestino-israelí sobre Cisjordania y la Franja de Gaza de 1995 (conocido como Oslo II, desde ahora Acuerdo Interino) estipulaba una "retirada total de las fuerzas militares israelíes del área B" antes de las negociaciones sobre el estatuto final (artículo XIII), colocando el 30 por ciento de Cisjordania en el área A. De todos modos, este racaneo sobre los porcentajes no es lo más importante. La Autoridad Palestina (desde ahora AP) no ejerce control real en ninguna parte de Cisjordania, excepto como vicaria de Israel. Las disposiciones sobre seguridad del Memorándum dejan esto más que claro.
La sección sobre seguridad de Wye observa inicialmente que "ambos lados reconocen que es su interés vital combatir el terrorismo y la violencia". Pero para llevar a cabo este protocolo, Wye especifica un plan de acción sólo para el lado palestino: "La parte palestina hará pública su política de no tolerancia del terror y la violencia (...) Un plan de trabajo desarrollado por ésta será compartido con EEUU (...) para asegurar la lucha sistemática y eficaz contra las organizaciones terroristas (...) Además de la cooperación bilateral sobre seguridad israelo-palestina, una comité palestino-norteamericano revisará (...) los pasos a tomar para eliminar los grupos terroristas (...) Además de esa cooperación bilateral, un comité del alto rango formado por las tres partes (...) dirigirá los pasos a tomar para combatir el terrorismo y sus organizaciones", etc., etc. Uno nunca podría sospechar leyendo este documento que, según la organización de derechos humanos B’Tselem "desde el comienzo del proceso de Oslo han muerto muchos más palestinos a manos de israelíes que al contrario" (356 palestinos y 251 israelíes hasta octubre de 1998). La "gran mayoría" de los muertos causados por Israel, según Amnistía Internacional, lo fue de forma ilegal.
Wye también enfatiza repetidamente la responsabilidad palestina en la decidida "investigación, persecución y castigo" de "sospechosos terroristas". Aunque según Amnistía, "continúa habiendo una impunidad casi total en las muertes ilegales de palestinos" por parte de Israel: "Las investigaciones son inadecuadas. Los funcionarios responsables raramente aparecen ante el jurado; si lo hacen rara vez son condenados; si lo son las sanciones son triviales en relación con la pérdida de vidas humanas". Para apreciar este punto, Amnistía cita el caso de cuatro soldados condenados por matar un conductor palestino: "El juez condenó a cada soldado al pago de una agora, el equivalente aproximado de un 0.03 de dólar americano" .
Wye apesta al rancio discurso israelí (y norteamericano) sobre el terrorismo. El terrorismo es una fuerza autogeneradora. Se origina la "estructura de apoyo al terror", "terroristas y su estructura", "organizaciones terroristas y su infraestructura", "células terroristas y la estructura terrorista que planea, financia y suministra e induce el terror", "organizaciones (o secciones de organizaciones) de carácter militar, violento, o terrorista", -y no hay que olvidar- "el apoyo exterior al terrorismo".
Separado de su marco israelí, el terrorismo palestino es siempre la causa, nunca el efecto del mal: el ataque a civiles israelíes inocentes no tiene nada que ver por definición con el dominio brutal israelí. De esta forma, para entender el terrorismo, es irrelevante que, desde los Acuerdos de Oslo, más de 600 casas palestinas hayan sido demolidas y que se hayan confiscado 140.000 dunums de tierra palestina. Es también irrelevante que, debido sobre todo a la imposición de la ilegal política de cierres impuesta desde Oslo, el nivel de vida palestino haya caído cerca de un 40%, que un 30% de la fuerza laboral esté desempleada y que un 40% de la población viva justo o por debajo del nivel de la pobreza.
Dado que el terrorismo es una fuerza negativa implacable, el único medio para combatirlo es una fuerza positiva implacable: la represión. Y en esta lucha maniquea entre el bien y el mal, cuanto más represión, mejor: cualquier contención va en contra de la lucha. De acuerdo con esto, Wye apenas se ocupa de los derechos humanos, despachándolos en una frase: "sin menoscabo de lo anterior, la policía palestina (...) llevará a cabo este Memorándum con el respeto debido a las normas aceptadas internacionalmente sobre los derechos humanos y el respeto a la ley(...)". Se puede suponer, a la vista de su ejemplar historial sobre derechos humanos, que a Israel ni siquiera se le exige hacer esto. Ciertamente, su historial es impresionante. Según Amnistía, incluso tras Oslo, Israel ha seguido practicando "arrestos masivos palestinos", utilizando la detención administrativa sin cargos ni juicio contra "miles de palestinos", a veces "durante años (muchos pueden haber sido presos de conciencia"); "el uso sistemático de la tortura contra políticos palestinos sospechosos (...) un procedimiento legalizado, algo sin precendentes internacionalmente (y que, en cualquier caso, se ha intensificado durante los últimos cinco años en el sistema que afecta a los palestinos"); empleando el recurso a la "brutalidad, que se convierte en tortura y maltrato (...) en los pasos fronterizos"; llevando a cabo "juicios injustos (...) penas que se basan siempre y exclusivamente en la confesión del acusado, habitualmente extraída bajo tortura y el maltrato." .
El deplorable historial sobre derechos humanos de la AP ha sido ampliamente documentado. Sin disminuir la responsabilidad de ésta, hay que recordar que Israel reclutó a Arafat precisamente para facilitar la represión. Así, Rabin se vanagloriaba de que la AP apagaría la resistencia palestina "sin los problemas que causan los recursos al Tribunal Supremo realizados por [la organización de derechos humanos] B’Tselem, y sin los problemas desgarradores de padres y madres y de todo tipo". Para decir la verdad, la Autoridad Palestina es un nombre equivocado. Aparte de lo que Israel y EEUU le autorizan a hacer, la AP no ejerce en absoluto ninguna autoridad: en todos los aspectos está a su servicio. El proceso de Oslo marcó, en palabras de Meron Benvenisti, la continuación de "la ocupación(...) por control remoto". A cambio de los beneficios por su colaboración, la AP ha de acabar sin piedad con toda oposición a la continuada ocupación israelí. Human Rights Watch observa que "no se debe infravalorar el papel de Israel, de EEUU y de la comunidad internacional en influenciar la actuación de la AP... Las exigencias exteriores de que la AP acabe con la violencia antiisraelí se han hecho de forma que permite un olvido de los derechos humanos de los palestinos. Tal presión es muy poderosa debido en parte a la situación de extrema dependencia económica y política en la que se encuentra la entidad de autogobierno".
Sigue recordando que "el Gobierno de Netanyahu (...) condicionó la apertura de Cisjordania y Gaza al cese de la puesta en libertad de presos por parte de la AP"; "que Clinton exigió a Arafat que actuase con más decisión a la hora de reprimir la violencia anti-israelí, pero que no hizo mención de la necesidad de un proceso adecuado, incluso aunque (...) se estaban efectuando redadas masivas y arbitrarias"; que "mientras Arafat perseguía a la oposición, particularmente a grupos islamistas, mediante arrestos arbitrarios, detenciones sin cargos y la aplicación de la tortura, Israel y EEUU alababan estas acciones al tiempo que silenciaban los hechos", y que "a pesar de las pruebas sobre las prácticas ilegales sistemáticas de los jueces de la seguridad estatal, ni el vicepresidente Al Gore ni ningún otro alto funcionario estadounidense se ha retractado públicamente de esa alabanza" .
La principal violación de Oslo es el tamaño de su fuerza policial, que "sobrepasa en exceso" (Human Rights Watch) la ya extraordinaria cifra de 30.000 permitida en el Acuerdo Interino (Anexo I, Artículo IV). Curiosamente, Israel no ha ejercido ninguna presión real sobre Arafat para corregir esto. Ciertamente, en 1978, con la vista en el porvenir, los negociadores israelíes de Camp David estipularon que la "autoridad de auto-gobierno" en Cisjordania y Gaza, ha de contar con una "fuerza policial poderosa" para asegurar la seguridad israelí (Estructura, párrafo A2). La misma amenazadora frase que estipula una "fuerza policial poderosa" reaparece en la Declaración de Principios de septiembre de 1993 (artículo VIII), en el Acuerdo sobre la Franja de Gaza y Jericó de mayo de 1994 (artículo VIII), y dos veces en el Acuerdo Interino (artículos XII, XIV). El Memorándum de Wye únicamente exige a la "parte palestina" que "facilite una lista de sus policías a la parte israelí". En tanto que Israel pueda controlar en qué dirección apuntan los rifles, cuanto más policía, mejor, especialmente si las ilusiones palestinas desaparecen y la resistencia sube de tono. La fórmula de Wye de tierra por seguridad significa, por cierto, que a cambio de cualquier tierra, los palestinos abandonan su derecho a toda resistencia, incluyendo la básica de desobediencia civil no violenta que caracterizó los primeros años de la Intifada, condenada por Israel y por EEUU como "actos terroristas". Nelson Mandela renunció al derecho a la resistencia armada únicamente después de que el Gobierno sudafricano reconoció el derecho de la población oriunda no a un Bantustán, sino a todos los derechos humanos. La población oriunda de Palestina ha sido forzada a abandonar su derecho a la resistencia a cambio de un Bantustán.
El modelo bantustán
Como con los bantustanes sudafricanos, la entidad palestina fragmentada que resulte del proceso de Oslo, acabará sin duda en un Estado. Y como los bantustanes será un Estado sólo de nombre. Hay que recordar que la viabilidad de un Estado palestino que resulte de una retirada total nunca estuvo asegurada; mucha energía intelectual se empleó en vencer esta duda. ¿Qué cabe esperar entonces de un Estado palestino que resulte de una retirada israelí parcial? Israel se ha resignado ahora a la perspectiva de un Estado palestino independiente porque no existirá. Hay que recordar, para los críticos de los bantustanes, que el asunto no es sólo viabilidad, sino también igualdad: los blancos diseñaron una división muy desigual de los recursos de Sudáfrica, guardando para ellos todo lo que tenía valor. Todo lo que los bantustanes recibieron fue el derecho –en palabras de un oponente- "a controlarse a sí mismos y a administrar su propia pobreza" . Este es también el único derecho que los palestinos pueden esperar de Oslo.
El propósito del prolongado período transitorio en el proceso de Oslo no es generar confianza entre Israel y Palestina, sino consolidar estructuralmente el dominio de Israel sobre Palestina. Además de los asentamientos -y las carreteras- ello lleva consigo reclutar a las elites palestinas, refinar la colaboración sobre seguridad, etc. La supuesta mayor amenaza a la seguridad israelí en junio de 1967 no era Cisjordania, sino el Sinaí. En octubre de 1973 Egipto lanzó un ataque sorpresa que pareció amenazar la existencia israelí y que costó entre 2.000-3.000 vidas israelíes (muchas más veces, por cierto, que el total de víctimas del terrorismo palestino). Sin embargo, una vez que Israel decidió la retirada total, la confianza no supuso ninguna dificultad: apenas tres años pasaron entre Camp David y la total retirada israelí del Sinaí. Pero el proceso de Oslo está ya en su quinto año sin un final a la vista del pretendido proceso de "fomento de la confianza". El Acuerdo de Camp David y el subsiguiente Tratado de Paz egipcio-israelí ocupan juntos menos de doce páginas. El Acuerdo Interino israelo-palestino por sí solo ocupa cientos de páginas. Israel no termina su ocupación; pone todos los puntos sobre las íes necesarios para asegurarlo.
Arafat ha de elegir al final entre dos alternativas igualmente malas. Puede declarar unilateralmente un Estado palestino en el 40% de Cisjordania, afirmando, como los dirigentes de los bantustanes, que es sólo el primer paso. De hecho, la principal lección de la experiencia sudafricana es que la emancipación se consiguió a pesar y no gracias a los bantustanes: Ciertamente los bantustanes dificultaron la lucha por la justicia. Si declara que Oslo está muerto, los israelíes entonces se anexionarán unilateralmente el resto de Cisjordania. Cuanta más indignación muestra Netanyahu al referirse a una posible declaración unilateral palestina, mejor es su pretexto para, en caso de que Arafat la llevase a cabo, anexionar Cisjordania. Totalmente dependientes, las elites palestinas continuarán cumpliendo con Israel, reprimiendo a los disidentes mientras que disfrutan de los beneficios de la colaboración. Los expertos hablarán sin duda con elocuencia sobre la ironía de la historia: aunque el proceso de paz murió, cada lado consiguió lo que quería: los palestinos un Estado, e Israel unas fronteras seguras.
Seducido por una retirada ligeramente mayor de Israel y un aumento de la ayuda estadounidense, Arafat, de forma alternativa, puede llegar a un acuerdo final con Israel. Este tendrá entonces un derecho oficial a casi toda Palestina: será la joya de la corona de la diplomacia sionista. "En su corazón", escribe el historiador Martin Gilbert, "el sionismo ha luchado durante cien años por el reconocimiento de su derecho por los palestinos" . Ciertamente, a pesar de todo su desprecio por la ley internacional y la opinión de los Goyim, Israel siempre ha buscado una aprobación oficial de su derecho sobre Palestina. La Declaración de Balfour y especialmente la Resolución de Partición de NNUU de 1947 (181), ocupan lugares preponderantes en la historia sionista . La propiedad puede ser, como dijo memorablemente Proudhon, un robo, pero es también un robo investido con el poder de la legitimación. De aquí la insistencia en Wye y desde Wye de que el Consejo Nacional Palestino, democráticamente y sin ninguna ambigüedad anule la Carta. Desde siempre Israel explotó la Carta para desacreditar al liderazgo palestino: "era una mina de oro para la propaganda israelí". Ahora que esa misma elite está dispuesta a colaborar, Israel quiere que todos los documentos oficiales estén completamente en orden. No ha de existir ni una duda de que Palestina pertenece por derecho a los judíos, y en absoluto a la población oriunda.
Perspectivas
El proceso de Oslo no puede dar lugar a un acuerdo permanente del conflicto palestino-israelí. La población entre el Mediterráneo y el Jordán pronto será mitad judía israelí, mitad árabe palestina. Lincoln entendió hace mucho tiempo que un estado de cosas en que la mitad de la población es libre y la otra es esclava no puede durar eternamente. Israel sin duda lo sabe. Edward Said observa con acierto que los éxitos del sionismo se deben en gran medida a su disciplina pragmática del detalle ("otro dunum, otra cabra"). Pero finalmente, el sionismo siempre ha dependido del milagro de escapar de un atolladero. Ciertamente, aprovechó la disciplina del detalle para hacer posible el milagro. El "problema insoluble de la demografía árabe" se resolvió en 1948 por la "evacuación milagrosa de la tierra" (Chaim Weizmann). La pérdida del espíritu sionista a comienzos de los años sesenta se recuperó mediante el milagro de la Guerra de junio. El resurgido problema demográfico árabe en los setenta se superó gracias al milagro de los judíos rusos. Israel sin duda espera otro milagro para resolver los conflictos inherentes al proceso de Oslo. Un acuerdo entre Israel y Arafat llevaría consigo la legitimidad internacional. Si los palestinos continúan resistiendo, Israel puede efectuar -con impunidad- otra evacuación milagrosa de la tierra. La opinión pública israelí no sería problema, más bien al contrario: las encuestas indican que, si no fuera por las repercusiones internacionales, un 65% de israelíes apoyaría la expulsión de todos los árabes".
Excepto por un milagro, el futuro inevitable aunque distante es uno en que los árabes palestinos y los judíos israelíes, con iguales derechos individuales y colectivos, coexistan en una entidad unitaria. Pero, así como el centro de gravedad de la lucha palestina cambió del sur de Líbano a los Territorios Ocupados tras la derrota de junio de 1982, el centro de gravedad de la lucha palestina puede cambiar de nuevo de éstos a Israel, tras la derrota sufrida en Oslo. Únicamente los palestinos israelíes tienen ahora un objetivo claro -derechos individuales y colectivos totales- y un liderazgo para articularlos (26). Paradójicamente, el fruto de Oslo será quizá que la lucha palestina por la justicia, en palabras de Amilcar Cabral, "vuelta al origen".
(Traducción del inglés de Agustín Velloso, N.Á.)