PALESTINA EN LUCHA


30 de abril del 2002

El verdadero objetivo

Uri Avnery
Gush Shalom

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

El verdadero objetivo de la "Operación Escudo Protector" no fue "destruir la infraestructura del terrorismo".

Ésa fue simplemente una buena consigna para unir a los israelíes, que están encolerizados y temerosos después de los bombazos suicidas. También es un buen truco político, que permite que Sharon se monte en el carro de la "guerra contra el terrorismo internacional" del Presidente Bush. Bajo el paraguas de la "destrucción de la infraestructura del terrorismo" uno puede hacer prácticamente lo que le venga en gana.

Si Sharon hubiera querido realmente "destruir la infraestructura del terrorismo," habría actuado de manera muy diferente. Hubiera dado a las masas palestinas la esperanza de lograr su libertad nacional en un futuro cercano. Hubiera fortalecido la posición de Yasir Arafat, el único interlocutor efectivo para la paz. Hubiera reforzado las fuerzas de seguridad palestinas y mejorado radicalmente las condiciones económicas en los territorios palestinos.

Pero la destrucción de la infraestructura del terrorismo no es el objetivo de Ariel Sharon. Su programa es mucho más radical: quebrar la espina dorsal del pueblo palestino, aplastar sus instituciones gubernamentales, convertir a la gente en ruinas humanas con las que pueda hacer lo que quiera. Esto puede implicar encerrarlos en varios enclaves o incluso expulsarlos del país por completo.

Tal como lo ve Sharon, así terminaría el trabajo comenzado en 1948: establecer el verdadero Israel, del Mediterráneo al río Jordán, un estado habitado exclusivamente por judíos. No fue por accidente que apoyó abiertamente a Slobodan Milosevic, el inventor de la "limpieza étnica".

Cuando escribí esto hace un año, sonaba como una malvada calumnia. Sharon seguía siendo presentado como un hombre decidido a luchar contra el terrorismo, no como a una persona que utilizaba la lucha contra el terrorismo como un medio para lograr objetivos bien diferentes.

Ya no.

Hace cuatro días estuve en Ramala. Entré clandestinamente a la ciudad (el comando militar prohíbe a los israelíes que entren a los territorios palestinos) para ver por mí mismo. Visité los ministerios palestinos. Una visión espantosa, por cierto.

Tomemos, por ejemplo, el Ministerio de Educación palestino. Está ubicado en un edificio impresionante, que probablemente viene de la época británica, una mezcla de estilos neoclásicos europeos y orientales. Enfrente había una rosaleda –"había," porque un tanque pasó por encima en todas direcciones, sin razón evidente, dejando sólo un rosal en toda su gloria. Así no más. Para darles una lección.

En el piso superior, donde estaban los archivos y los ordenadores, la destrucción es total. Los ordenadores fueron destrozados y lanzados por el suelo, la caja de fondos fue hecha volar, los papeles están tirados por todas partes, los cajones vacíos, los teléfonos aplastados. En parte fue simple vandalismo. Se robaron el dinero de la caja de fondos, los muebles fueron volteados, los papeles desparramados. Pero al mirar más de cerca, queda en claro el auténtico objetivo de la operación. Sacaron todos los discos rígidos de los ordenadores, se llevaron todos los archivos importantes. Sólo dejaron los estantes vacíos. Se llevaron todo el contenido importante del ministerio: las listas de alumnos, los resultados de los exámenes, las listas de maestros, toda la logística del sistema escolar palestino.

El Ministerio de Salubridad sufrió la misma suerte. Se habían llevado los discos rígidos que contenían toda la información, el estado de las enfermedades, los ensayos médicos, las listas de médicos y enfermeras, la logística de los hospitales.

Incluso las personas más críticas de la Autoridad Palestina admitían que esos dos ministerios – Educación y Salubridad– habían estado funcionando bien. Han sido totalmente destruidos.

Esto sucedió en virtualmente todas las oficinas del gobierno palestino. Desapareció la información relativa al registro de tierras y viviendas, los impuestos y gastos del gobierno, ensayos de vehículos y permisos de conducir, todo lo que se requiere para la administración de una sociedad moderna.

Las listas de terroristas no estaban ocultas en los libros de registros de propiedades, el inventario de bombas no estaba escondido entre las listas de maestros de jardines infantiles. El verdadero objetivo es obvio: la destrucción no sólo de la Autoridad Palestina, sino de la sociedad palestina en sí: devolverla de un golpe de ser un estado moderno en formación a la sociedad primitiva del tiempo de los turcos.

Si esto vale para la sociedad civil, vale aún más para el sistema de seguridad. Los cuarteles de los servicios de seguridad fueron destruidos, quemaron sus archivos, aplastaron los ordenadores, eliminaron la información sobre las organizaciones clandestinas armadas y todos los demás detalles relativos a la guerra contra el terrorismo. No hay mejor evidencia de los verdaderos objetivos de esta operación: no fue la guerra contra el terrorismo, sino la destrucción de la sociedad palestina organizada.

A propósito, ese día pasé, junto con un grupo de activistas israelíes por la paz, por el centro de Ramala –desde la fosa común en el aparcamiento del hospital a las oficinas sitiadas de Yasir Arafat. Llevábamos pancartas en hebreo y encontramos mucha simpatía y ni un solo signo de hostilidad. Incluso en esta hora, los palestinos conocen la diferencia entre el campo de la paz israelí y aquellos que son responsables por este brutal ataque. Ése es, posiblemente, el único rayo de esperanza.

27 de abril de 2002